CAPÍTULO 2 #3
—El chirrido le da carácter al local —chasqueó ella.
—Estoy seguro de que sí, pero querrá asegurarse de que se mantiene en su sitio y no acaba viniéndose abajo, ¿no?
—¿Eso es una amenaza?
—No. Se llama paso del tiempo y suele afectar a los edificios antiguos que no han sido reformados en cientos de años —le soltó con evidente sorna—. No se preocupe, señorita Page. Procuraremos que las reformas no afecten a su negocio.
—Los fines de semana —le dijo.
—¿Disculpe?
—Las reformas han de llevarse a cabo los fines de semana. —Era el único momento en el que podía permitirse cerrar—. Y eso no es negociable.
—De acuerdo.
—Y nadie cambiará nada hasta que yo le haya dado mi visto bueno —añadió. No se oponía a que se sanease el lugar, de hecho, había estado en su lista de pendientes, pero se negaba a permitir que le arrebatasen su esencia.
—Por supuesto.
Llegados a este punto, ya habían tratado todos y cada uno de los pormenores de aquel contrato y sus añadidos, así que solo quedaba estampar su firma y darle curso.
—Me quedaré con esto para leerlo detenidamente esta noche —le informó, cogiendo su propia copia de los documentos.
Jason no había dejado nada al azar, era un hombre sumamente meticuloso, por lo que había podido ver en esos papeles—.
Se los haré llegar firmados en cuanto me haya asegurado de que todo está en orden.
—No querría que fuese de otra manera —respondió él con ese tono de voz que le provocaba tanto escalofríos como deliciosos estremecimientos.
Se miraron unos segundos a los ojos y Ali fue la primera en apartar la mirada. No sabía qué tenía ese hombre, pero la inquietaba lo bastante como para no ser capaz de mirarle durante mucho tiempo.
Era demasiado intenso. Poseía una seguridad abrumadora, de las que hacen que te replantees la tuya misma y, para su desgracia, resultaba también era atractivo, de una manera peligrosa.
Jason era del tipo de hombre que hacía que una mujer olvidase sus propias normas y estuviese dispuesta a lanzarlas por la ventana.
Y ella no podía permitírselo, no con alguien como él.
—Entonces creo que hemos terminado —declaró, volviendo a mirarle fugazmente.
—Por hoy, sí —confirmó el hombre, recogiendo sus propios documentos y devolviéndolos al portafolios que había traído consigo.
El suelo volvió a crujir cuando se movió. Ali vio cómo se llevaba la mano al interior del abrigo y sacaba una billetera.
—No, invita la casa —rechazó su dinero—. Podrá pagar el próximo… si es que regresa.
—Creo que lo haré… Ali .
Escuchar el diminutivo de su nombre en su boca fue tan extraño como agradable. Se despidió con un gesto de la cabeza y, acto seguido, soltó un buenos días dirigido a la señorita March, y salió por la puerta, dejando que el sonido del carrillón tintinease tras él.
—Entonces, ¿él es el ricachón que quería comprar tetería? —La voz de la señorita March acompañó a la propia mujer cuando se presentó delante de la barra y dejó su taza y platos vacíos sobre la superficie.
—La tetería no está a la venta —le recordó a la mujer, quien chasqueó la lengua en respuesta.
—El tipo se me hace conocido, aunque todos los que visten de traje me parecen iguales —admitió la mujer con un ligero encogimiento de hombros.
—Este no. Este no es un demonio cualquiera… —insistió Lola, quien ya había decidido bautizar al hombre como «el demonio».
—Ese era Jason Baylor, el propietario del hotel de aquí al lado —respondió a su interlocutora, al tiempo que fulminaba a la fantasma con la mirada durante un breve segundo.
—¿El del incendio?
—Todavía recuerdo ese hotel en sus buenos tiempos —mencionó la fantasma, llevándose su taza de té a los labios—. Qué lujo y esplendor. Y a cuántos imbéciles daba cobijo. Uno de ellos fue el responsable de semejante debacle.
—El incendio ocurrió hace casi cien años —resopló la señorita March—. Mi abuela llegó a trabajar como doncella. Se escapó por los pelos. Un imbécil le prendió fuego a las cortinas de su habitación, decían que estaba haciendo vudú o alguna cosa de esas. Al final tuvo suerte y fue el único en morir.
—No sé yo si eso podría considerarse suerte.
—Mejor un único imbécil frito que cientos de personas —declaró la octogenaria y no podía estar más de acuerdo con ella.
—Así que era el señor Baylor quien estaba interesado en hacerse con el local —murmuró Bella, mirando a su alrededor —. Tiene sentido. Los dos inmuebles que lo flanquean le pertenecen.
—Pero no has vendido, ¿no es así, Ali? —preguntó el señor Ross, el hombre cuya risa había muerto bajo la mirada de Jason.
—No, señor Ross —confirmó y los miró a todos al añadir—. La tetería no se va a ir a ningún sitio. Seguirá estando aquí y ustedes podrán seguir viniendo a tomar el té y hablarme de todas sus batallitas.
Un nuevo coro de risas inundó el pequeño local.
—Bien, muchacha, eso está muy bien —le dijo la señorita March, dejando un billete y unas monedas sobre el mostrador—. Que tengas buen día, Ali.
—Lo mismo le deseo.
El carrillón volvió a sonar una vez más y con ello, Ali volvió a su trabajo.