CAPÍTULO 2
Lunes. Ocho y media de la mañana. Nada más levantar la persiana del Marguerite´s Tea, Alison Page dejaba de existir. Al menos durante algunas horas.
La mujer que los fines de semana acudía a fiestas en las que nadie parecía saber muy bien por qué estaba allí y podía subirse a un avión privado con la misma naturalidad con la que otra persona cogía un taxi, desaparecía en cuanto cruzaba la puerta de la pequeña tetería.
Allí no era la heredera Rosemont, sino solo Ali.
—¿Un fin de semana difícil?
Ali levantó la mirada de la tetera que estaba colocando sobre la barra.
—Oh, ya lo creo. Fui a la semana de la moda en París y, como me aburría como una ostra, me subí a mi avión privado y me fui a Londres a ver el Museo Británico —respondió a su clienta con una amplia y traviesa sonrisa.
—Mientes fatal.
Sonrió por pura inercia. Si ella supiese que lo que le acababa de decir era verdad, se moriría.
—Y tú preguntas demasiado, Bella.
La mujer que tenía delante soltó una carcajada y se sentó en la mesa de siempre.
—Ponme un té negro, anda —pidió su clienta de los lunes. Llevaba viniendo a tomarse un té cada semana a la misma hora como si fuese un ritual—. Y una de esas galletitas con chispitas de chocolate.
—Sí, señora —respondió burlona mientras se volvía a coger una taza y preparaba el pedido.
El local no era muy grande, ni especialmente moderno, pero resultaba acogedor.
Las paredes habían estado algo desconchadas cuando compró el local, así que las lijó bien y les dio una nueva capa de imprimación con la que pudiesen aguantar un poco más.
Algunas mesas habían visto tiempos mejores y la barra de madera original había tenido que sustituirla por esta de segunda mano, pero había sido, sin duda, una buena decisión.
No quería que la tetería perdiese su esencia, no quería reformarla por completo y convertirla en otra cosa, quería preservar los recuerdos de la gente que había entrado por esa puerta y se había enamorado aquí.
Al final iba a ser una romántica y todo.
Había plantas por todas partes, una estantería llena de cajas de té con algunos adornos ya de Halloween y un pequeño mostrador con dulces que preparaba ella misma al final de cada jornada.
Era uno de sus hobbies , el único que conseguía que se relajase.
Quizá porque si golpeaba un pedazo de masa, no tenía que hacerlo con un ser humano.
Y, Dios. En esos momentos tenía uno en mente al que no le importaría darle con un rodillo en la cabeza.
¿Cómo podía enfurecerla tanto un hombre ante el que solo había estado cinco minutos?
La había puesto tan furiosa que había salido por la puerta solo para tener que volver menos de dos minutos después. Se había detenido en el ascensor, recordándose a sí misma que había venido allí por un motivo.
Haría lo que fuese por conservar su tetería y, sobre todo, porque la dejase en paz.
Por supuesto, podría haber ido por las malas, meterse en abogados y destrozarle, pero eso haría que saliese a la luz quién era realmente y su personal implicación con aquella pequeña tienda.
Y no quería eso. Este lugar era su refugio, aquí nadie esperaba que fuese una heredera, nadie le preguntaba cuánto le había costado el último vestido que llevaba puesto o cuál era el diseñador.
Nadie le hablaba de negocios ni le recordaba que le quedaba medio año de libertad antes de tener que hacer frente a esa otra realidad.
Aquí solo era Ali, la chica que preparaba un Earl Grey demasiado cargado y recordaba qué cliente quería miel en lugar de azúcar. La que sabía quién tenía hijos, quién se había divorciado y quién llevaba tres semanas fingiendo que no estaba enamorado de la mujer de la mesa cinco.
Y le gustaría que siguiera siendo así.
—Té negro y una galleta con pepitas de chocolate —recitó, dejando el pedido sobre la mesa con una sonrisa—. Que lo disfrutes.
—Gracias, querida. Ten por seguro que lo haré.
—Ali, ¿han vuelto a venir esos pesados del traje?
La pregunta llegó desde una de las mesas del fondo. No podía decir que le sorprendiese, ya que se trataba de la cotilla número uno de la tetería y del barrio, por lo que había oído. A esa mujer no se le escapaba ni una. No en vano vivía además en frente, al otro lado de la calle.
—Buenos días, señorita March.
Casi le había montado un pollo cuando la llamó señora la primera vez que la vio delante de la barra. Era menuda, delgada como un junco y debía tener al menos ochenta años.
—¿Eso significa que sí? —inquirió la mujer, quien era como un perro con un hueso. No lo soltaba ni a tiros.
—Eso significa que la dejes en paz, March —le dijo su primera clienta. Si bien era unos veinte años más joven, parecía conocer bien a la mujer—. Deja de meter las narices en lo que no te concierne.
—Pero es que me concierne, Bella —aseguró la dama con un bufido—. Si la niña vende esto a algún ricachón, el barrio se quedará sin su tetería de toda la vida. ¡Eso sería un crimen!
—El crimen sería que se lo quedase ese demonio…
Posó la mirada en la mujer que había hecho tal comentario y que ocupaba, como siempre, su mesa junto a la ventana.
Lola era, sin lugar a dudas, la clienta más antigua en ese lugar. Y no solo por edad, si es que los muertos todavía podían seguir cumpliendo años, sino porque ya estaba en el edificio cuando ella lo compró.
Se mordió la lengua para no responderle delante de todo el mundo. Lo último que necesitaba era que su clientela pensase que le faltase un tornillo o que averiguasen que, además de heredera de un holding, era también una bruja verde.
Una herencia materna de la que se había enterado a través del diario de su madre al llegar a la adolescencia.
Lo cierto es que al principio se lo tomó como una rareza de las muchas que se le conocían a su progenitora, pero con el paso de los años empezó a comprobar por sí misma que quizá Evelyn Page no fuese una excéntrica amante de las plantas y los tés y sí una bruja.
Lo poco que recordaba de ella la ubicaba siempre entre plantas, susurrándoles como si la entendiesen.
Algo que ahora entendía, sobre todo después de haber llenado su casa de plantas y haber hecho un pequeño huerto de hierbas aromáticas en la terraza de atrás.
Y aquel era otro de los motivos por los que no quería vender el local, ni a Baylor, ni a nadie.
Este lugar era como un antiguo punto de encuentro, un local que siempre había estado allí, que contenía las historias de mucha gente, no solo de sus padres.
La insistencia de esos pesados abogados que semana tras semana cruzaban su puerta y se plantaban ante ella con una oferta de compra, la había llevado a tener que encontrar alguna salida tranquila y poco ruidosa.
El último de ellos lo había dejado caer como si fuese una amenaza y fue la gota que colmó el vaso.
Había estudiado a su oponente, sabía que se trataba de alguien bien posicionado en los negocios, que tenía varios en la ciudad, incluyendo la prestigiosa cadena de hoteles Baylor Inn, y que había pocas cosas que no consiguiese.
No había encontrado gran cosa de su vida privada, ni tampoco parecía ser alguien que asistiese a grandes eventos, de hecho, solía rechazarlos.
Por otra parte, el antiguo edificio que hospedaba el hotel junto a su tienda era completamente distinto a lo que había visto de la cadena.
Este mantenía su aspecto de los años veinte.
La fachada no había sido alterada y su interior tenía ese aire clásico y puede que incluso un poco anticuado.
Había podido constatarlo la primera vez que entró por la puerta buscando cómo contactar con el hombre.
Al final había conseguido que le diesen la dirección de su oficina, pero conseguir llegar a él no fue fácil.
«Preséntate como su prometida. Sé autoritaria, di que has venido desde Australia y que no te irás sin ver a tu amorcito. Se te dan bien los acentos. Finge».
Pensó que Erin estaba loca, pero la verdaderamente desquiciada fue ella al presentarse en las oficinas de ese hombre y soltarle eso al recepcionista.
Bien. Al final consiguió lo que quería, ver a ese tipo cara a cara. Y quedarse también sin aire, ¿para qué iba a negar lo evidente? No esperaba que Jason Baylor fuese un hombre tan atractivo y con tanta presencia, ni que fuese aún más obtuso que los tipos a los que mandó a negociar con ella.
¡No había dudado en sacar el talonario a la primera oportunidad!
Conocía bien a los de su clase. Creían que podían acceder a todo con dinero.
Y si no podían, era cuando venían las amenazas, las extorsiones o te asfixiaban tanto que al final acababas malvendiendo.
Estaba lista para enfrentarse a alguien así y apretarle los huevos si era necesario, pero entonces él había aceptado sin más el acuerdo que le había puesto sobre la mesa y no volvió a tener a nadie tocando a su puerta desde entonces.
Una semana. Había pasado una semana desde entonces y todavía no había tenido noticias de ninguno de sus abogados o de él mismo. Suponía que estaría mirando su propuesta con lupa y que antes o después le presentaría un contrato adecuado a sus términos.
Oh, ella también iba a mirarlo con lupa, ya lo creía que sí.
Dejó escapar un pequeño suspiro y se dirigió a la mujer que había hecho aquella insinuación.
—No tiene por qué preocuparse ya por eso, señorita March, la tetería se va a quedar donde está —le aseguró—. Ya he hablado con la parte interesada y hemos llegado a un acuerdo ventajoso para ambos. El Marguerite´s Tea seguirá aquí como siempre.
—¿El millonetis ha entrado en razón? —se interesó la mujer.
—Ha sabido ver una buena oportunidad cuando se la han puesto sobre la mesa —le dijo, volviendo tras la barra.
—¿Le has amenazado?
—¿Le parezco alguien capaz de amenazar a otra persona?
La mujer torció los labios.
—Niña, el tamaño es lo último que debería preocuparte cuando tienes una tetera y agua hirviendo a mano —declaró con total seguridad.
—¿Esperaba que le diese con una tetera en la cabeza?
—Habría sido más satisfactorio escaldarle los huevos.
—Tengo que darle la razón —admitió Lola.