Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Por primera vez desde que había entrado en su oficina, no veía a una pequeña humana de dudosa procedencia que se las había ingeniado para colarse en el lugar haciéndose pasar por su prometida.

Veía a una mujer que había estudiado el problema, llegado a una posible solución y había tenido el valor suficiente para volver y exponerlo después de haberlo mandado a la mierda.

Interesante. Alison Page era de lo más interesante.

Y teniendo en cuenta que era una humana, eso era mucho decir. Pero aquí estaba ella, despertando su interés por primera vez en, ¿siglos?

—Así que, está dispuesta a venderme el terreno, siempre y cuando yo le permita el derecho de seguir ocupando y explotando el local —resumió con tranquilidad.

—Y que corra con los gastos de las obras de reacondicionamiento en caso de ser necesarias —añadió, señalando con un gesto los papeles—. Está todo ahí detallado.

—Diría que acaba de ponerte la solución en bandeja —mencionó Elvis, quien se había mantenido en silencio hasta ese momento.

La miró fijamente y ella le sostuvo la mirada.

Otro punto positivo para esa curiosa criatura. No era de las que se amilanaba fácilmente.

Jason se inclinó entonces hacia delante y ojeó los papeles, parecía estar todo en orden e incluir exactamente lo que acababa de mencionarle.

—¿Esto sería todo, entonces? —preguntó, mirándola una vez más.

—Hay una última cosa… —mencionó, y, tras revolver entre los papeles que había sobre la mesa, cogió uno, lo examinó y finalmente se lo puso delante—.

Quiero que quede por escrito que nadie de su empresa o que tenga relación con usted se presentará de nuevo en mi negocio para presionarme, extorsionarme u obligarme a venderle mi tetería.

Enarcó una ceja ante el tono en su voz y lo que este no decía.

O si no, lo denunciaré a la Policía .

O alguna cosa similar e igual de absurda.

—No tendrá que preocuparse por ello si decido aceptar sus condiciones, ¿no le parece?

—Después de meses del asedio de sus esbirros, no pienso aceptar menos que eso firmado y sellado ante notario —replicó ella con total convicción—. Lo toma o lo deja, señor Baylor.

—¿Y no le basta con mi juramento?

—Solo si está firmado y sellado ante un notario —repitió con total tranquilidad.

Sonrió soslayadamente. Fue casi involuntario, motivado por ella y su extraño talento para sorprenderlo.

—Y bien, ¿acepta? —insistió ella.

Sabía cuál era la respuesta. Puede que no fuese lo ideal, lo que había tenido en mente, pero esto era lo mejor que había conseguido en los últimos seis meses y no iba a dejarlo pasar.

Se levantó del asiento y empezó a rodear el escritorio con absoluta calma. Ahora que estaba de pie ante ella, la diferencia de altura era incluso más notable y, aun así, ella no se amilanó lo más mínimo.

—Acepto —pronunció, tendiéndole la mano.

Miró la mano extendida, respiró hondo y se la estrechó.

El momento en que sus manos se tocaron, notó un inmediato chispazo y pudo saborear la calidez de su alma.

Esa mujer no se parecía en nada a las humanas que había conocido, ni su alma a aquellas que había saboreado en el pasado.

No, ella tenía algo especial, algo que no podía definir, pero que hacía que quisiera descubrirlo.

—¿Ve? No era tan difícil —le dijo ella, sus ojos verdes encontrándose con los suyos—. Al final va a resultar que es un hombre razonable, señor Baylor.

—¿Usted cree?

Le soltó la mano y se llevó ambas manos a los bolsillos de los pantalones. Mejor mantenerse alejado de esa tentadora alma.

—Hace cinco minutos no lo creía. Ahora… —Lo miró de arriba abajo y sonrió en respuesta—. Quiero pensar que he tenido la suerte de cogerle en un buen día. Ah, por cierto… —Volvió a hurgar en el bolso y sacó un paquetito—. Para usted. Té de pasiflora. Va genial para los nervios. Buenos días.

Se marchó de la misma manera que llegó, con rapidez y decisión. Esta vez, al menos, no cerró la puerta de golpe.

—¿Té de pasiflora? —Elvis se acercó para mirar el paquetito que le había entregado la mujer—. ¿Los demonios tomáis de eso?

—No.

—Ya decía yo.

Jason volvió a mirar la puerta, como si todavía pudiese verla allí.

—Te ha intrigado, ¿eh?

—Es una humana —respondió con sequedad, dándole la espalda a la puerta para regresar a su lugar detrás del escritorio.

—Una humana a la que le has mirado el culo más de lo que se consideraba educado en mis tiempos —replicó Elvis, cruzándose de brazos.

Lo fulminó con la mirada mientras se sentaba.

—Voy a expulsarte del hotel.

El fantasma sonrió con esa petulancia que conocía bien.

—Llevas intentándolo desde 1927.

—Algún día lo conseguiré —aseguró sin darle mayor importancia. Llevaban con aquel juego desde prácticamente el momento en que se habían conocido.

—Buena suerte con ello.

Volvió a ignorarlo, algo en lo que se había hecho un experto, y echó un nuevo vistazo a los documentos que la señorita Page había dejado sobre su escritorio.

Alison Page.

Aquella mujer iba a darle problemas, lo sabía y, aun así, era incapaz de encontrar un solo motivo para no desear que lo hiciera.