CAPÍTULO 1 #2
—No. Esa la perdí en el momento en que decidí que sería buena idea hablar directamente con usted.
Elvis se rio entre dientes, aunque esta vez tuvo el buen sentido de quedarse lejos de él.
—¿Qué ha olvidado, entonces? —preguntó, ignorando por completo al fantasma.
Pareció tomarse un par de segundos más antes de dar un paso dentro y cerrar la puerta, ahora con cuidado, detrás de sí.
—El motivo por el que me llevó cinco minutos convencer al idiota que tiene en la recepción de que era su prometida y venía a darle una sorpresa desde Australia.
—No tiene acento australiano.
—Tampoco soy su prometida —replicó con un bajo siseo. Entonces, como si recordase que un nuevo enfrentamiento no era lo que estaba buscando, respiró hondo y avanzó hacia su escritorio.
—Me tiene intrigado, señorita Page, ¿cuál es entonces el motivo por el que ha venido? Creí que era para informarme de que no deseaba aceptar mi oferta, entre otras cosas.
—Ese era uno de ellos.
—¿Tenía usted alguno más?
—Sí, unos cuantos, de hecho —replicó, clavando los ojos sobre él—. Quiero negociar.
—¿Negociar el qué? —Devolvió la silla a su posición inicial.
—Le diría las condiciones de su rendición, pero no parece un hombre que vaya a dar su brazo a torcer con facilidad, así que, estoy dispuesta a que lleguemos a un acuerdo que sea ventajoso para ambos.
—¿No era suficiente dinero el que le ofrecí? —Sonrió de soslayo. Los humanos y su codicia—. Bien, dígame la cifra.
Abrió el cajón superior de su derecha y sacó el talonario.
—No voy a venderle la tetería, mentecato.
Jason levantó ligeramente la mirada del talón que ya había empezado a garabatear y enarcó de nuevo una ceja. Esa mujer tenía una facilidad pasmosa para el insulto.
—Temo que estoy confundido —admitió, reteniendo todavía el bolígrafo en la mano—. ¿Si no desea vender, entonces…?
—No le venderé mi negocio, pero estoy dispuesta a dialogar a fin de encontrar una solución que sea satisfactoria para los dos —le comunicó con una determinación encomiable en una hembra tan pequeña.
Jason la observó durante unos segundos. Desde luego, la chica no estaba hablando por hablar, había decisión en su mirada, así como testarudez.
—¿Y ha tardado todos estos meses en llegar a esa conclusión? —No pudo evitar sonar irónico.
—No —entrecerró los ojos—. He tardado todos estos meses en comprender que usted no iba a rendirse. Por no hablar de que no es fácil conseguir que alguien como usted me reciba.
—Solo habría tenido que decir en la recepción que era la dueña de la tetería y habría bajado yo mismo a ponerle la alfombra y darle la bienvenida. —Sí, el sarcasmo era su segundo nombre.
—Como si no lo supieran de sobra —rezongó ella por lo bajo—. Sus empleados fueron muy claros al respecto. El señor Baylor no recibe a nadie que no tenga cita o una relación estrecha con él. Así que, descartada la cita, opté por decir que era su prometida.
—Interesante.
—Deberías aumentarle el sueldo al recepcionista —le dijo Elvis—. Consiguió lo que tus enviados no consiguieron en seis meses, que la dueña de la tetería se prestase a dialogar.
Lo fulminó por el rabillo del ojo y volvió a centrarse en ella.
—¿Y cuál sería la solución satisfactoria que prevé usted, señorita Page?
Ella respiró hondo, como si estuviese haciendo un esfuerzo por recordar que había ido allí a conseguir algo y no para discutir con él.
—Entiendo que los dos edificios que están a ambos lados de mi tetería son suyos —comenzó, haciendo énfasis en el posesivo—. El hotel Baylor Inn y el edificio residencial.
—Así es —corroboró viendo cómo, una vez más, llevaba el bolso bandolera hacia delante y sacaba de su interior un sobre. Esta vez parecía bastante impoluto, sin manchas ni arrugas de gran consideración.
Lo colocó en el escritorio con cuidado y lo empujó con los dedos hacia él.
—Sus abogados… —Utilizó la palabra con cierta sorna, como si más que letrados pensase que le había hecho llegar a sus matones. Él no tenía de eso. No los necesitaba—. Dejaron claro que su interés radicaba, básicamente, en que mi local está ubicado en la parcela entre sus propiedades.
—Le informaron bien —admitió, pero no se molestó en tocar el sobre, prefirió dejarla hablar para ver hasta dónde quería llegar—. Deseo hacerme con esa parcela intermedia por pura comodidad. Es absurdo contar con una pequeña propiedad en medio, un negocio que coarta mi libertad…
—¿Qué coarta su libertad?
—Reformas, ampliaciones, acondicionamiento de las fachadas… —Empezó a enumerar—. Su tienda rompe la armonía del lugar. Es como… una casita de muñecas en medio de dos torres.
—Sí, pero es mi casita de muñecas —le soltó ella y vio que hacía un verdadero esfuerzo por contener su lengua. Se inclinó sobre la mesa, recuperó el sobre y lo abrió, dejando a continuación las páginas que había en su interior delante de él—. Léalo. Es mi propia oferta. La toma o la deja.
—¿No me dará margen a la negociación? —preguntó burlón.
—No. —Se incorporó, cruzándose de brazos—.
Le ofrezco que integre el inmueble en su proyecto de unificación a cambio de mantener la titularidad sobre el negocio.
Es decir, le cedo la titularidad de la parcela, a condición de que la tetería y el negocio sigan siendo míos y pueda seguir explotándolos a mi conveniencia.
Jason entrecerró los ojos, no podía decir que aquella no fuese una oferta tentadora. Desde luego, solventaría el problema principal que tenía. Como propietario legal de la parcela en discordia, podría extender su protección por todos los inmuebles, aumentando así su seguridad.