Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

—¿Milord? Su prometida ha venido a verlo.

—No sabía que tuvieras una prometida.

—Yo tampoco.

De hecho, no recordaba que hubiese concedido tal título a una mujer, por lo que el anuncio era tan ridículo como sorpresivo.

—Hazla pasar, Evelyn.

—Sí, milord. —Dio un paso atrás y escuchó como le decía a quien estuviese del otro lado de la puerta «Puede pasar».

—Estoy intrigado.

—No más que yo —admitió y, acto seguido, se llevó el dedo a los labios, mandándole callar. Aunque poco importaba, realmente, ya que solo él sabía que estaba allí.

No era como si los humanos pudiesen ver a los fantasmas.

Él no lo era. De hecho, no tenía una pizca de humanidad en su sangre, pero eso no importaba en un mundo en el que mandaban las apariencias.

Mientras se pareciese a uno de ellos, vistiese y hablase como uno de ellos y tuviese poder y dinero suficientes, todo lo demás les traía sin cuidado.

A la humanidad le importaba un bledo que fuese realmente un demonio de alto rango, todo lo que veían es lo que Jason Baylor quería que viesen y eso era al presidente de Baylor Corp.

Una de las compañías hoteleras más importantes del país.

Y eso hacía que estuviese aún más intrigado por ver quién tenía la osadía de plantarse en su edificio y presentarse como su prometida.

No escuchó tacones. Solo pasos regulares, firmes, que precedieron la entrada de una pequeña y curvilínea humana cuyo pelo parecía haber tenido un encuentro desastroso con su último peluquero o con el viento. No sabía cuál de las dos opciones resultaba más aterradora.

La recorrió de un vistazo. No es que hubiese mucho que ver, la verdad.

Era menuda, con curvas y llevaba deportivas.

Toda ella parecía un anuncio andante de «Hola, soy la empleada de una ferretería y no tengo idea de dónde están los tornillos».

No debía medir más de metro sesenta y cinco, siendo generosos.

Era diminuta, sobre todo para alguien que pasaba del metro ochenta, pero había cierta actitud en su postura.

Blusa, una americana y vaqueros, un reloj con correa de plástico, nada de joyas o maquillaje, era como si se hubiese levantado de la cama, se hubiese vestido y salido por la puerta. Sin peinarse.

—No sabía que hiciesen muñecas a tamaño real —escuchó mencionar a Elvis, todavía a su lado—. ¿Qué le ha pasado a su pelo? Debería matar a su estilista.

Lo fulminó con una mirada soslayada y el fantasma dio un paso atrás. Se llevó la mano a la boca e hizo el gesto de «cerrar cremallera. Lo tengo».

—Buenos días, señor Baylor. —Lo saludó con voz suave, pero firme. Incluso pareció enderezarse un poco, como si le impusiese verle detrás del escritorio.

—Dudo que lo sean —respondió recostándose contra el respaldo, cruzando los dedos sobre su abdomen.

—¿Disculpe?

—Dudo que sean «buenos días» cuando acabo de recibir la sorprendente noticia de que tengo una prometida —replicó con sequedad.

No le gustaban los humanos. No se le daba bien hablar con ellos, sobre todo con las mujeres.

¿Acaso podía haber criaturas más cansinas que las mujeres humanas?

Prefería las hembras de cualquier otra raza, al menos sabías a qué atenerte con ellas.

Las humanas eran imprevisibles—. Desde luego, no me esperaba alguien de su… altura.

—¿Perdón? —No sabía si la había ofendido o cabreado con su comentario, pero sí podía decir una cosa, sus ojos verdes eran mucho más interesantes de lo que le parecieron en un principio. Los había abierto lo bastante como para que pudiese apreciarlos.

—¿Qué puedo hacer por usted, quien quiera que sea? —preguntó con desapasionado interés—. Está claro que si ha dicho abajo que era mi prometida y alguien le ha creído, es porque o es una gran actriz o tiene una determinación encomiable.

—¿Quieres saber qué la ha traído hasta aquí o hacer que se desmaye? —preguntó Elvis, quien era incapaz de mantener la boca cerrada. Volvió a fulminarlo por el rabillo del ojo. Era una habilidad que había perfeccionado con los años, igual que prender fuego alrededor de sus pies sin quemar nada más.

La mujer, por su parte, se dio el lujo de recorrerlo con el mismo desapasionamiento con el que lo había hecho él.

—Me llamo Alison Page y soy la propietaria de la tetería por la que acaba de hacer una oferta —le informó, al tiempo que arrastraba el bolso bandolera que llevaba sobre la cadera hacia delante, descorría la cremallera y sacaba de su interior un sobre—.

De hecho, es la… ¿Tercera? No, la cuarta vez que envía a alguien a mi establecimiento con una ridícula oferta para…

—¿Ridícula? —Enarcó una ceja y volvió a mirar a la mujer, esta vez con renovado interés.

Así que esta criatura era la piedra en el zapato que le había estado dando problemas estos últimos seis meses.

—…comprar mi propiedad —concluyó ella, ignorándole.

Dio un par de pasos, acercándose al escritorio. Lo primero que notó fue el aroma que desprendía, una mezcla de hierbas y un toque cítrico, seguido de una presencia paladeable. Su alma era fuerte, luminosa y se encontró relamiéndose ante la posibilidad de poseerla.

Volvió a mirarla ahora de otra manera, una que encajaba con su parte más oscura, una a la que no le importaría pactar con ella de otra forma, una menos convencional.

Sacó unos folios doblados a la mitad y algo arrugados. ¿Eso que había en una esquina era una mancha de café? ¿De té?

—Y, dado que mi respuesta no parece haberles quedado clara a sus abogados, quería comunicársela a usted personalmente —añadió ella, ajena a sus pensamientos.

El rasgar del papel atrajo de nuevo su atención.

La vio romper el contrato delante de sus narices hasta convertirlo en pedacitos de papel que dejó caer sobre su escritorio—.

Es «métase su oferta por donde le quepa».

No voy a venderle mi tienda, ni hoy, ni mañana, ni nunca.

Y cómo siga asustando a mis clientes y enviando gente a amenazarme…

—¿A amenazarla?

—…lo denunciaré a la Policía.

—¿Considera una amenaza presentarle una oferta más que generosa por un inmueble que cuyo alquiler cuesta más de lo que vale el suelo en el que se ha edificado?

—le preguntó, inclinándose ahora hacia delante, cruzando de nuevo las manos sobre la mesa de caoba del escritorio—.

Si es así, me aseguraré de que esos hombres no vuelvan a ofenderla de esa manera, señora…

—Señorita —lo interrumpió con sequedad.

—Que mis hombres no vuelvan a ofenderla, señorita Page. —Hizo hincapié en el trato con una pequeña sonrisa ante el finísimo resoplido que acompañó la puntualización femenina—. De hecho, seré yo el único que trate a partir de ahora ese tema con usted.

—No hay ningún tema que tratar —siseó ella, posando ambas manos de golpe sobre la mesa—. No voy a vender, así que manténgase alejado de mi propiedad.

—Oh, no tenía intención de ofrecerle un nuevo contrato de venta —admitió, mirándola a los ojos—. Dado que se ha presentado como mi prometida , estaba pensando en que podríamos llegar a un acuerdo… más provechoso.

—Genial, añadiré acoso sexual cuando presente la denuncia en comisaría —replicó ella inclinándose un poco más hacia delante, hasta que solo les separaban unos pocos centímetros—. Ande y que le folle un pez.

Con esa última y divertida declaración, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.

—¿Seguro que no quiere escuchar mi nueva oferta, señorita Page?

La respuesta de ella fue levantar el brazo y enseñarle el dedo corazón mientras atravesaba la puerta de su despacho y la cerraba tras de sí con un portazo.

—Bueno, diría que eso ha salido… la mar de bien.

Jason ladeó la cabeza, entrecerró los ojos y lo siguiente que se oyó fueron los insultos y maldiciones de Elvis mientras le ardían los pies.

—¡Quema! ¡Hijo de puta! —El fantasma empezó a dar saltitos en el lugar, intentando apagar el fuego infernal que bailaba entre sus pies—. ¡Quema, quema, quema!

—Así aprenderás a quedarte calladito.

—¡Ella tenía razón! —siseó el fantasma, continuando con su particular baile—. ¡Que te folle un pez!

—Ya lo hizo una sirena —le soltó—. Supongo que eso cuenta como un pez.

—¡Apaga esto, por tus muertos!

—No tengo muertos.

—¡Pues por los de alguien!

Ignoró al fantasma y volvió la mirada hacia la puerta cerrada.

Diminuta, insolente y condenadamente testaruda.

Encantador para una humana, aunque también poco frecuente.

Oh, sí. Había conocido humanos arrogantes, maleducados, estúpidos y pagados de sí mismos.

En ocasiones las cuatro cosas a la vez, pero Alison Page no parecía ninguna de esas cosas, lo suyo era carácter.

Y eso, contra todo pronóstico, le resultaba inesperadamente interesante.

—Regresará —auguró, agitando la mano para retirar las llamas de los pies del fantasma.

—¿Qué te hace estar tan seguro?

—No dijo todo lo que tenía que decir —aseguró, reclinándose de nuevo en el sillón.

—¿Guardaba más insultos en el bolso?

Un repentino intercambio de voces fuera de su despacho y la puerta se abrió de golpe.

—Señorita, no puede…

Alison estaba de nuevo en el umbral, con su secretaria mirándola como si quisiera prenderle fuego ella misma y, no dudaba que podría, dado que era un espíritu elemental de ese mismo elemento.

—Está bien, Hécate —anunció, sin apartar la mirada de la chica—. Retírate.

La elemental lanzó una mirada desdeñosa a la recién llegada, pero esta ni se inmutó. Sus ojos verdes seguían fijos en él, con esa expresión de pocos amigos y el pelo igual de desastroso, o incluso peor; parecía haber conseguido que algunos mechones se rebelasen por sí mismos.

—He olvidado algo.

Enarcó una ceja ante la manera en la que pronunció aquellas tres palabras. Podría decirse que casi había tenido que arrancárselas de la garganta ella misma.

—¿Su dignidad? —Se empujó lentamente con los pies, haciendo girar un poco la silla, lo justo para cambiar su perspectiva.

La mirada verde refulgió, diría que incluso apretó un poco la mandíbula, pero finalmente contestó: