Una taza de té para el demonio PRÓLOGO
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Una taza de té para el demonio

Una taza de té para el demonio

Por Kelly Dreams

© inepub.com

PRÓLOGO

—Dios, lo estrangularía si pudiera.

—¿A quién?

—Al imbécil que no deja de mandarme a sus esbirros pensando que va a conseguir lo que quiere.

—¿Esbirros? No me digas que ese gilipollas no ha aceptado que no quieres tener nada con él.

—Ese imbécil ya es historia. —Hizo un aspaviento con la mano y comprobó en el espejo que su maquillaje estaba intacto—. Esto… no tiene nada que ver con él… Ni tampoco con… ella.

Señaló su propio reflejo, como si fuese otra persona y, en cierto modo, así era.

La mujer que le devolvía el reflejo era nada más y nada menos que la sobrina de Simon Page, heredera de Rosemont Holding. Soltera, con carrera universitaria, un máster en dirección de empresas y cero ganas de estar aquí en este mismo instante.

Si había venido, era solo porque no podía ausentarse de la audición benéfica que realizaban cada año en nombre de sus padres. La había establecido su padre y su tío quiso mantenerla en su memoria, así que se suponía que debía estar aquí, sonreír y alternar con gente que le importaba un bledo.

Este era el precio del poder, de ser hija de, sobrina de y, en todos los aspectos, la heredera de un poderoso holding. Y era también parte del trato al que había llegado con su tío a principios de año.

«Un año. Puedes dedicarte a lo que quieras durante el próximo año, pero en cuanto termine, pasarás a formar parte de la directiva del holding. Y asistirás a los eventos que requieran de tu asistencia, sin excepciones».

Era más de lo que había pensado conseguir.

Un año para sí misma, para vivir según sus propias reglas y lejos de todo esto.

Solo tenía que volver a ser la heredera del holding los fines de semana, pues durante los otros cinco días podía dedicarse a ser solo Alison Page, la flamante propietaria de una pequeña tetería en la calle Eve.

Era el local en el que se habían conocido sus padres, uno de los pocos recuerdos nítidos que le quedaban de ellos.

Cuando vio el cartel en el que anunciaba el cierre por jubilación, no se lo pensó dos veces.

Hizo una oferta y compró el inmueble, quedándose con la tetería y allí era donde llevaba pasando buena parte de sus días en estos últimos meses.

Y todo había ido maravillosamente hasta que el insistente propietario del hotel que, maldita fuera su suerte, lindaba con su propiedad, se empeñó en que quería comprarle el inmueble.

Jason Baylor no dejaba de enviarle a sus abogados para negociar una venta en la que ella ni siquiera estaba interesada. Las ofertas habían empezado a ser escandalosamente altas, hasta el punto de que la última casi la hizo reír a carcajadas por lo absurdo de todo aquello.

¿De verdad pensaba que iba a comprarla con dinero? ¿A ella?

Se acarició la garganta, el collar que lucía esa noche costaba más que su tetería.

El reloj que llevaba en la muñeca era de una famosa marca de joyería, un artículo estúpido y obscenamente caro que su tío le regaló en su dieciocho cumpleaños…

Y, sin embargo, nada de esto la representaba.

Ni el maquillaje, ni el peinado de peluquería, ni el vestido de alta costura o sus exclusivos zapatos.

Aquello no era más que una fachada, lo que la gente de su círculo social quería ver, pero no era la realidad. No era ella.

No era una persona dada a la excentricidad ni a los lujos.

Su tío la había educado para conocer el valor del trabajo.

Sabía lo que costaba ganarse un sueldo, lo que era pasarse horas detrás de la barra de un bar o sirviendo mesas mientras estudiaba en la universidad.

Había sido lo bastante afortunada como para no tener que estar pensando en cómo llegar a final de mes o si tenía la nevera vacía, en cómo pagaría la matrícula del año siguiente o las mensualidades de su alojamiento, pero no por ello desconocía lo que significaba ganarse el pan.

Le gustaba la sencillez, prefería comerse una pizza o disfrutar en un restaurante de comida casera, que pagar una obscenidad por una reserva en uno de esos locales exclusivos y de moda.

Como solía decirle su tío, su mayor ambición en la vida era probar todas las napolitanas de chocolate que se encontrase en su camino.

Una dulce verdad, sí señor.

—Lo que daría ahora mismo por una napolitana de chocolate —murmuró para sí, diciéndoselo a su reflejo.

—Calla, loca. ¿Tienes idea de las calorías que tiene eso? Y calorías de las malas, Ali, de las malas.

Miró de reojo a Erin, su mejor amiga y una auténtica adicta a las dietas y al fitness . Se habían conocido en la universidad y, a pesar de ser muy distintas, habían acabado congeniando.

—En estos momentos, me dan igual las calorías, si son malas o buenas, Erin —aseguró con una mueca—. Mataría por cualquier cosa distinta a esos canapés que están sirviendo. Si alguien me ofrece otra ostra más, vomitaré, en serio.

La chica se rio por lo bajo y asintió, señalándola a continuación con el labial que tenía entre los dedos.

—Hoy no es la mejor noche para eso, Ali —le aseguró y, lo peor de todo, es que tenía razón—. Si haces algo como eso, saldrías en las crónicas sociales y no volverían a dejarte en paz hasta que alguien hiciese algo peor.

Dejó escapar un pequeño suspiro, cogió su bombonera y se giró hacia ella.

—Solo quiero que llegue el lunes y volver a mi rutina de siempre —admitió. Aunque eso significase tener que enfrentarse de nuevo a los insistentes abogados del señor Baylor y sus cada vez más absurdas ofertas de compra.

Jason Baylor. Solo sabía su nombre y que era el propietario de una renombrada cadena hotelera, un empresario de éxito, según se había informado, pero que no se prodigaba demasiado por las altas esferas.

Era un hombre reservado, con una agenda tan apretada que nadie conseguía una cita con él, a menos que el señor Baylor estuviese interesado en concedértela.

Y ella lo sabía de primera mano, pues llevaba esa última semana intentando conseguir entrevistarse con él sin éxito.

—Necesito colarme en el Baylor.

—¿Perdona? Creo que no he oído bien. —Su amiga a duras penas pudo contener un resoplido de risa.

—Sí. Has oído perfectamente —admitió con un profundo resoplido, apoyó el bolsito contra la cadera y señaló la puerta del baño de mujeres—. Pero tendrá que esperar. Esta noche, toca seguir rehuyendo a las ostras y actuar como la heredera de Rosemont Holding.

—A por ellos, tigresa. —Su amiga le rodeó la cintura con el brazo y la instó a caminar—. Vamos, yo te cubro.

Sonrió, posiblemente la única sonrisa verdadera que alguien vería en sus labios aquella noche.