Capítulo 11
El estudio de cerámica olía a barro húmedo y a café quemado, como siempre los jueves por la tarde. Corinne tenía las manos hundidas en una masa que se negaba a centrarse. El torno giraba y la arcilla se desviaba hacia un lado, terca, igual que un pensamiento que no quiere alinearse.
—La estás ahogando —dijo Jade desde el torno de al lado—. Demasiada presión.
—No es eso.
—Es exactamente eso.
Corinne quitó las manos y dejó que la rueda perdiera velocidad. El cilindro se había convertido en algo informe, un bulto inclinado que ya no servía. Lo aplastó con la palma sin ceremonia y empezó de nuevo.
Jade la observaba. No con disimulo, que no era su estilo. La miraba directamente, las cejas un poco levantadas, esperando.
—¿Qué? —preguntó Corinne.
—Nada. Te miro trabajar. Es relajante. Como ver a alguien fracasar despacio.
Corinne sonrió a su pesar y volvió a mojar las manos en el cubo. El agua estaba tibia. Fuera, la tarde de Austin caía en ese tono dorado de finales de septiembre, esa luz que entraba oblicua por los ventanales y encendía el polvo de arcilla suspendido en el aire.
—Llevas dos semanas con una sonrisa rara —dijo Jade.
—No tengo ninguna sonrisa.
—Esa. La que acabas de hacer cuando dije lo de fracasar despacio. Antes no te reías de mis chistes. Te aguantabas, por educación. Ahora se te escapa.
Corinne no contestó. Centró la arcilla, esta vez bien, y empezó a abrirla con los pulgares. El barro cedía bajo la presión, subía, formaba paredes. Eso sí le salía. Eso lo controlaba.
—¿Sigue siendo la del trabajo? —preguntó Jade.
—Sí.
—¿Va en serio?
Corinne mantuvo los ojos en el torno.
—Va deprisa.
—Eso no es lo que pregunté.
—Va en serio.
Jade dejó su propia pieza, una taza torcida que llevaba media tarde sin progresar, y se limpió las manos en el delantal. Acercó su taburete unos centímetros. El torno de Corinne seguía girando, el zumbido bajo y constante de siempre.
—Cuéntame —dijo.
—No hay mucho que contar.
—Mentirosa.
Corinne se rió por la nariz. Subió las paredes de la pieza un poco más, le dio forma de cuenco, lo que no había planeado pero estaba quedando bien.
—Es inteligente —dijo—. Es la persona más inteligente que he conocido en mucho tiempo. Y eso ya es decir.
—Para ti es decir mucho.
—Lee a la gente en cinco segundos. Salvo a mí.
—Salvo a ti.
Corinne asintió despacio. Detuvo el torno. El cuenco quedó ahí, mojado, brillante, todavía vivo en su simetría.
—No sabe quién soy —dijo.
Jade no respondió enseguida. En el estudio, alguien al fondo dejó caer una herramienta y soltó una maldición tranquila. El día seguía su curso, ajeno.
—¿Cómo que no sabe quién eres?
—Sabe que me llamo Corinne. Sabe que trabajo en administración. Sabe que hago café de grano. Sabe que vivo junto al lago.
—Corinne.
—Sabe lo que le he dejado saber.
Jade se quedó muy quieta. Era raro verla quieta. Jade era ruido, gestos, manos que volaban al hablar. Pero ahora tenía las manos paradas sobre las rodillas y la miraba con una expresión que Corinne no le había visto antes.
—¿No sabe lo de Ashford?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Le has dicho que vendiste una empresa por una cifra con muchos ceros y te viniste aquí a hacer cuencos torcidos?
—El cuenco no está torcido.
—No me cambies de tema.
Corinne se levantó. Fue al fregadero del fondo y se enjuagó las manos bajo el agua fría, mirando cómo el barro se deshacía y se escurría por el desagüe en hilos color tierra. Tardó más de lo necesario. Cuando volvió, Jade seguía esperando, exactamente igual de quieta.
—Es complicado —dijo Corinne.
—No, no lo es.
—Jade.
—Es una de las cosas menos complicadas que existen. Le dices: oye, fui directora ejecutiva de una empresa enorme, la vendí, ahora hago esto. Punto. Treinta segundos.
—No es treinta segundos.
—¿Por qué no?
Corinne se sentó. No en el torno. En el borde de la mesa larga del fondo, donde se ponían las piezas a secar. Cogió una esponja seca y la apretó entre los dedos sin darse cuenta.
—Porque ella es lo que yo era —dijo.
Jade ladeó la cabeza.
—Explícate.
—Dirige una empresa. La fundó. Es suya, late en ella, no puede separarse de eso. La he visto hablar de su trabajo y he visto mi propia cara hace diez años. La misma intensidad. La misma manera de no apagarse nunca.
—¿Y eso qué tiene que ver con que le mientas?
—No le miento.
—Le mientes.
—No le miento —repitió Corinne, y esta vez la voz salió más firme—. No le he dicho una sola cosa que sea falsa. Todo lo que sabe de mí es verdad.
Jade la miró largo rato.
—Eso es lo que te dices.
El sol había bajado un poco más. La luz ya no entraba oblicua sino casi horizontal, y un rectángulo dorado cruzaba el suelo del estudio hasta los pies de Corinne. Afuera se oía el tráfico lejano, el zumbido de la ciudad que ella había elegido y que todavía a veces le resultaba ajena.
—Hay una diferencia —dijo Jade— entre no contar todo y esconder lo que eres. Tú sabes cuál es. La sabes mejor que nadie.
—No quiero que me mire diferente.
—Ya está.
—¿Qué?
—Eso. Por fin algo honesto. —Jade se inclinó hacia adelante—. No le cuentas porque tienes miedo de que te mire distinto.
Corinne soltó la esponja sobre la mesa. Se cruzó de brazos. Era un gesto de defensa y lo sabía y no le importaba.
—Cuando alguien se entera de quién fui —dijo—, deja de verme a mí. Empieza a ver el cargo. El número. La historia. Dejan de preguntarme qué pienso y empiezan a preguntarme qué haría una persona en mi posición. Como si yo fuera un puesto y no una persona.
—Ella no es alguien cualquiera.
—Por eso es peor.
Jade frunció el ceño.
—¿Por qué peor?
—Porque ella entiende ese mundo. Lo respeta.
Lo admira. —Corinne descruzó los brazos, los volvió a cruzar—.
Si descubre que dirigí Ashford, no va a verme como una rareza.
Va a verme como una igual. Y entonces todo cambia.
Todo lo que tenemos ahora, esto despacio, esto sin cargas, esto donde soy solo Corinne…
deja de existir. Se convierte en otra cosa.
En dos ejecutivas. En estrategia. En lo de siempre.
—Lo de siempre.
—Lo de siempre.
Jade se levantó. Caminó hasta el ventanal, miró la calle un momento, las manos en los bolsillos traseros del vaquero, y volvió. Cuando habló, la voz le había bajado un tono.
—¿Te acuerdas de Renata?
Corinne cerró los ojos un segundo.
—No empieces.
—Renata, con la que estuviste tres años. La de Chicago.
—Sé quién es Renata.
—Tres años, Corinne. Tres años saliendo con una mujer que pensaba que tu vida entera era el trabajo, porque eso era lo único que le dejabas ver.
Llegabas tarde, te ibas pronto, contestabas llamadas en la cena.
Y un día te dijo que no te conocía y tú te enfadaste porque pensabas que sí, que se conocían perfectamente.
—Eso era distinto.
—¿En qué?
—Entonces yo era el trabajo. No había nada más que mostrar. No estaba escondiendo nada, es que no había otra cosa.
—Y ahora hay otra cosa —dijo Jade— y la estás escondiendo igual. Antes escondías que no tenías vida. Ahora escondes que sí tienes pasado. Es el mismo movimiento, cariño. La misma mano. Le das a la gente la versión recortada y luego te sorprende que solo te quieran la mitad.
Corinne no dijo nada. La frase se le quedó dentro, fría, como una piedra tragada. Tenía las pulsaciones en la garganta. Quiso replicar y no encontró el argumento, y la falta de argumento la enfureció más que la propia acusación.
—No es lo mismo —dijo, pero la convicción ya no estaba ahí.
—Vale. No es lo mismo. —Jade levantó las manos—. Pero deja que te diga lo que pasa después. Porque esto ya lo hemos visto, tú y yo. No con ella, pero lo hemos visto.
—Jade.
—Lo construyes así, sobre lo que callas, y un día se entera.
Porque siempre se enteran, Corinne. Siempre.
La verdad no se queda quieta esperando a que estés lista.
Sale por su cuenta, en el peor momento, por la peor boca.
Y entonces lo que se rompe no es que fueras ejecutiva.
Lo que se rompe es que se lo escondiste.
—No me voy a enterar de cómo terminan las cosas por ti.
—No estoy adivinando el final. Te estoy diciendo lo que ya sé.
Corinne se apartó. Fue de nuevo al torno, se sentó, encendió la rueda. El cuenco seguía ahí, esperando. Le pasó la esponja húmeda por el borde, alisando, buscando algo que hacer con las manos para no tener que mirar a Jade a la cara.
—Es pronto —dijo—. Llevamos pocas semanas.
—Le dejas dormir en tu cama.
—Eso no significa…
—Le haces café de grano. —Jade volvió a sentarse en su taburete, frente a ella, separadas por los dos tornos—. No me cuentes que es pronto. A ti nunca te ha dado miedo que sea pronto. Te da miedo otra cosa.
El torno giraba. El cuenco daba vueltas, mojado, perfecto en su simetría inútil, y Corinne lo miraba como si en él hubiera una respuesta.
—Si se lo digo ahora —dijo en voz baja—, va a preguntarme por qué no se lo dije antes. Cada día que pasa es un día más de respuesta a esa pregunta.
—Entonces el momento es hoy. Mañana ya es peor.
—No es tan fácil.
—No he dicho que sea fácil. He dicho que es sencillo. No es lo mismo.
Corinne detuvo el torno. El zumbido se apagó de golpe, y se quedaron las dos en ese hueco repentino, el estudio casi vacío ya, la luz casi ida.
—Hay algo que no entiendes —dijo Corinne—.
Cuando ella habla de su empresa, le brillan los ojos de una manera que conozco.
Y sé exactamente adónde lleva ese brillo.
Lleva a comer en el escritorio, a trabajar los domingos, a despertarse a las tres de la mañana pensando en márgenes.
Lleva a no tener nada más. Yo viví ahí dentro cuarenta años, Jade.
Cuarenta. Y salí. Me costó una muerte salir, ya lo sabes.
Jade asintió, despacio. Esa parte la conocía. Era de las pocas que la conocían.
—Y ahora me enamoro —siguió Corinne, y la palabra le salió sin permiso, y la oyó como si la dijera otra— de alguien que sigue ahí dentro.
De alguien que es lo que yo era. Y si le cuento quién fui, le doy un mapa.
Le doy permiso para arrastrarme de vuelta.
Porque querrá que la entienda, y la entiendo demasiado bien, y entenderla es volver.
—Eso no es esconder un pasado —dijo Jade—. Eso es esconderte de ti misma.
Corinne la miró.
—Tú decides quién eres ahora —dijo Jade—. No el cargo. No ella. Tú. Y si no tienes claro quién eres lejos de todo eso, entonces el problema no es lo que ella vaya a pensar. El problema es que tú todavía no te lo crees.
El golpe llegó limpio. A Corinne se le cerró la garganta, el calor le subió por el cuello, y por un instante odió a Jade con la intensidad limpia con la que solo se odia a quien tiene razón.
—Es tarde —dijo Corinne—. Quiero meter esto a secar.
—Corinne.
—Te he oído. ¿Vale? Te he oído.
Jade la miró un momento más. Luego asintió, sin insistir, que era su manera de respetar cuando una puerta se cerraba. Se quitó el delantal, lo colgó del gancho, recogió la taza torcida y la dejó en el estante de las piezas a medio terminar.
—Solo una cosa más —dijo, ya en la puerta.
—¿Qué?
—Cuando estabas en Chicago, cuando todo lo de Renata, me dijiste una frase. ¿Te acuerdas?
—No.
—Me dijiste: «No la perdí porque mintiera. La perdí porque no la dejé conocerme.» —Jade se ajustó la chaqueta—. Te la repito por si te sirve. Buenas noches, cariño.
Y se fue. La puerta del estudio se cerró con su campanilla pequeña, y Corinne se quedó sola con el torno apagado, el cuenco brillante, el rectángulo de luz ya consumido en el suelo.
Se levantó. Llevó el cuenco con las dos manos, despacio, hasta el estante de secado, y lo colocó entre las demás piezas. Lo miró un momento. Era simétrico, limpio, bien hecho. No tenía un solo defecto a la vista.
Por dentro, sin embargo, sabía que estaba hueco. Todos lo estaban. Era lo que eran. Un recipiente solo es la forma de un vacío.
Esa noche, en el piso junto al lago, Corinne se sirvió una copa de vino que no se terminó. Se sentó frente a la ventana, las luces de la ciudad temblando sobre el agua negra, y dejó el teléfono boca arriba en la mesa.
Pensó en escribirle a Vivienne. Lo pensó de verdad. Compuso el mensaje en la cabeza varias veces, palabra por palabra. Hay algo que debería contarte. Demasiado dramático. ¿Estás libre mañana? Quiero hablarte de mí. Falso, prometía menos de lo que daría. Antes de que pase más tiempo.
Cogió el teléfono. La pantalla se iluminó. Vio el último mensaje de Vivienne, de esa misma tarde, mientras ella estaba en cerámica: Reunión hasta las nueve. Pienso en ti más de lo razonable. Y debajo, su propia respuesta, mandada horas antes: Eso no es nada profesional, señora Hartwell.
Las pulsaciones se le habían disparado otra vez. Tenía el dedo sobre la pantalla, sobre la casilla de escribir. La verdad estaba ahí, a un par de frases de distancia. A treinta segundos, como había dicho Jade. Sencillo, no fácil.
Pensó en el brillo de los ojos de Vivienne cuando hablaba de Helixare. Pensó en cómo cambiaría ese brillo cuando supiera. Pensó en la palabra igual , en dejar de ser solo Corinne, en el mapa que le estaría entregando para volver a un sitio del que había escapado dejándose la piel.
Apagó la pantalla.
La dejó boca abajo sobre la mesa, y el cristal hizo un golpecito seco contra la madera, y la habitación se quedó en penumbra, solo las luces de la ciudad sobre el agua y su propio reflejo borroso en el ventanal.
Mañana, se dijo. Mañana o pasado. Cuando fuera el momento. Cuando supiera cómo decirlo bien.
Sabía que se estaba mintiendo.