Una tarde cualquiera Capítulo 12
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Capítulo 12

Vivienne llegó tarde, pasadas las nueve.

Corinne lo supo por el sonido de la llave en la cerradura, ese tanteo breve de quien todavía no se sabe el mecanismo de memoria.

Había dado una copia hacía solo una semana.

Vivienne había mirado la llave en la palma de la mano como si pesara más de lo que pesaba, y luego se la había guardado sin decir nada.

—Hay vino abierto —dijo Corinne desde la cocina.

—No quiero vino.

Lo dijo desde la puerta, sin avanzar. Corinne se giró. Vivienne seguía con el abrigo puesto, el bolso colgando todavía del hombro, y la postura no encajaba con la frase. Como si las palabras hubieran salido de un sitio y el cuerpo de otro.

—¿Día largo?

—Todos lo son.

Corinne dejó la copa que estaba sirviendo.

Caminó hasta ella. Le quitó el bolso del hombro con cuidado, lo dejó en la silla, y empezó por el primer botón del abrigo.

Vivienne no la ayudó. Tampoco la detuvo.

Se dejó hacer con los brazos a los costados, mirándola, y esa quietud decía más que cualquier cosa en voz alta.

—¿Qué pasa? —preguntó Corinne.

—Nada.

—Mientes mal para alguien que lee a la gente en cinco segundos.

Vivienne sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos grises. Levantó una mano y la apoyó en la mejilla de Corinne. El contacto fue tibio y deliberado, casi un examen.

—No quiero hablar —dijo.

Y la besó.

No fue un beso de los suyos. Los de Vivienne solían empezar con intención, con un cálculo de hacia dónde iban.

Este empezó sin destino. Empezó como quien busca algo que se le ha caído al suelo a oscuras, las manos antes que los ojos, la urgencia antes que el plan.

Corinne lo notó en la espalda: una corriente que le subió por las vértebras y le cerró la garganta.

Algo iba mal. Pero las dos eligieron no decirlo.

El abrigo cayó al suelo. Lo dejaron ahí.

Llegaron al dormitorio tropezando con los marcos de las puertas, sin encender ninguna luz.

La única claridad venía del ventanal, del reflejo del lago abajo y de las luces dispersas de la otra orilla, una luz azul y baja que recortaba las formas sin revelar las caras.

Corinne lo prefirió así. Vivienne, también, aunque por razones que ninguna de las dos preguntó.

—Ven aquí —dijo Vivienne.

Corinne fue.

Se desnudaron despacio, lo cual era nuevo.

Las otras veces había habido prisa, esa hambre de dos mujeres adultas que sabían lo que querían y no veían motivo para fingir lo contrario.

Esta vez Vivienne se tomó su tiempo con cada botón de la camisa de Corinne, los dedos lentos, la respiración audible en el silencio del cuarto.

Como si memorizara. Como si fuera a tener que reconstruir esto más tarde, de memoria, con los ojos cerrados.

Corinne le apartó el pelo negro de la nuca y la besó ahí, en el punto donde la columna empieza. Vivienne tembló. Fue un temblor pequeño, contenido, pero Corinne lo notó contra los labios y se quedó quieta un segundo, alarmada sin saber de qué.

—¿Estás bien?

—Sigue.

No era una respuesta. Era una orden. Corinne la conocía lo suficiente para entender que insistir sería cerrar la única puerta que Vivienne había dejado entreabierta. Así que siguió.

La llevó a la cama. Vivienne se dejó caer de espaldas y tiró de ella, y por un momento se quedaron así, Corinne sobre ella, las dos respirando el mismo aire denso y caliente, mirándose en la penumbra azul.

Corinne le buscó los ojos. Vivienne le sostuvo la mirada un instante y luego la apartó, hacia el techo, hacia ninguna parte.

—No me mires tanto —murmuró.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Corinne entendió que había cosas que no iba a saber esa noche.

Y entendió, también, que ese era el trato que ella misma había impuesto sin decirlo: yo no te cuento lo mío, tú no me pides lo tuyo.

El trato funcionaba. El trato era una pared muy bien hecha, y las dos vivían a un lado de ella, juntas, sin asomarse jamás al otro.

La besó otra vez para no pensar en eso.

Las manos de Vivienne le recorrieron la espalda, los costados, las caderas, con una atención casi reverente.

No había nada brusco en ella esa noche. Vivienne, que dirigía cada cosa de su vida con la precisión de un instrumento de medición, esa noche no dirigía.

Solo seguía. Solo tocaba como si tocar fuera suficiente, como si el placer fuera secundario al simple hecho de que la otra estuviera ahí, viva y cálida bajo las manos.

Corinne le besó el cuello, la clavícula, el centro del pecho donde el corazón le latía rápido y desordenado. Notó bajo la boca esa carrera del pulso y se quedó ahí, escuchando, la mejilla apoyada contra la piel.

—Tu corazón va a mil —dijo en voz baja.

—Cállate.

Pero la mano de Vivienne le sujetó la nuca, suave, manteniéndola ahí, contra el pecho, como si quisiera que se quedara escuchando ese latido toda la noche.

Corinne se quedó. Un minuto entero, quizás más, sin moverse, los dos cuerpos quietos en la oscuridad, solo la respiración y el corazón que no se calmaba.

Algo se le apretó a Corinne en la garganta. No supo nombrarlo. No quiso.

Después se movió hacia abajo.

Vivienne abrió las piernas para recibirla con un suspiro que era casi un sollozo, y Corinne se tomó su tiempo, más del que solía, porque esa noche pedía despacio.

La conocía ya. Conocía los puntos exactos, el ritmo que la deshacía, los pequeños sonidos que delataban cuándo estaba cerca y cuándo había que retroceder un poco para prolongarlo.

Esa noche no quiso prolongar nada por crueldad ni por juego.

Quiso hacerlo porque temía, sin razón clara, que cuando terminara, algo terminaría también.

Vivienne se aferró a las sábanas, luego a su pelo, luego a su hombro.

El cuerpo se le tensó como un arco. Corinne sintió bajo la lengua el temblor que empezaba en las caderas y subía, imparable, y la sostuvo cuando rompió, las manos firmes en los muslos, anclándola, mientras Vivienne arqueaba la espalda y dejaba escapar un sonido que no era de placer solamente.

Había algo más en ese sonido. Algo que se parecía al llanto.

Corinne subió enseguida. Le tomó la cara entre las manos. En la penumbra le pareció ver brillo en las mejillas, pero no quiso encender la luz para comprobarlo, porque comprobarlo habría obligado a las dos a nombrarlo.

—Eh —dijo, apenas un susurro—. Estoy aquí.

—Lo sé.

Vivienne la atrajo y la besó, y Corinne se dejó besar, y el sabor de sí misma en la boca de Vivienne las unió de un modo que no tenía nada de pudoroso y todo de íntimo. Después Vivienne la giró con una fuerza repentina, la puso de espaldas, se colocó encima.

—Ahora tú —dijo.

—No hace falta.

—Cállate.

Era la tercera vez que se lo decía esa noche, y las tres veces había sonado distinto. La primera, defensa. La segunda, ruego. Esta, súplica disfrazada de orden. Corinne no volvió a protestar.

Vivienne la tocó como si quisiera dejar marca.

No brusca —nunca brusca esa noche— pero sí precisa, intencional, leyendo cada respuesta del cuerpo de Corinne con esa inteligencia suya que no se apagaba nunca, ni siquiera en la cama, ni siquiera con los ojos cerrados.

Corinne sintió la boca de Vivienne en su garganta, en el pecho, los dedos que encontraban el ritmo sin titubear, y se entregó de un modo que ella misma reconoció como peligroso.

Porque entregarse así era abrir una puerta. Y ella tenía muchas puertas cerradas.

—Mírame —dijo Vivienne ahora, invirtiendo la orden de antes.

Corinne abrió los ojos. En la oscuridad solo distinguió la forma de la cara de Vivienne, el destello de los ojos, el pelo cayéndole hacia delante.

Mantuvo la mirada mientras el placer empezaba a construirse, lento y luego no tan lentamente, y le costó —le costó muchísimo— no cerrar los ojos cuando llegó.

Pero no los cerró. Le sostuvo la mirada a Vivienne hasta el final, hasta que el cuerpo entero se le tensó y se rompió contra los dedos de ella, y aun entonces, temblando, jadeando, no apartó los ojos.

Vivienne la sostuvo. La rodeó con los brazos y la atrajo contra su pecho mientras Corinne recuperaba el aliento, y se quedaron así, enredadas, el sudor enfriándose despacio, la respiración buscando un ritmo común.

Pasó un rato largo. Ninguna habló.

Fuera, una sirena lejana cruzó la otra orilla del lago y se apagó.

El aire de la habitación olía a las dos.

Corinne tenía la cabeza apoyada en la clavícula de Vivienne, una pierna entrelazada con la suya, y notaba bajo la mejilla que el corazón por fin se le había calmado.

Bien. Ese latido tranquilo le pareció lo más cercano a la paz que había sentido en mucho tiempo.

Casi se había dormido cuando Vivienne habló.

—Te quiero.

Lo dijo bajito. Lo dijo a la oscuridad, no a Corinne, los ojos clavados en el techo invisible, la voz tan serena que parecía haber ensayado durante horas para que no temblara.

No se giró a mirarla. No buscó su mano. Lo soltó como quien deja caer una piedra en un pozo para escuchar cuánto tarda en llegar al fondo.

Corinne dejó de respirar.

El cuerpo entero se le quedó quieto. Tuvo el reflejo de moverse, de levantar la cabeza, de decir algo, lo que fuera, y no hizo ninguna de las tres cosas. Se quedó contra la piel de Vivienne con el pulso disparándosele otra vez, y esta vez no de placer. De miedo. De un miedo viejo y muy concreto.

Porque ella también lo sentía. Eso era lo terrible.

Lo sentía con una claridad que la asustaba, lo había sentido hacía un rato escuchando ese corazón desbocado, lo sentía ahora mismo en la garganta apretada y en la mano que quería buscar la de Vivienne y no se atrevía.

Pero decirlo —decir te quiero— era abrir todas las puertas a la vez.

Era dejar entrar a Vivienne en las habitaciones que ella mantenía cerradas.

Y en esas habitaciones había una mujer que había dirigido un imperio y lo había vendido y había huido hasta una orilla de Austin para aprender a respirar de nuevo.

En esas habitaciones había todo lo que Vivienne no sabía.

No se podía decir te quiero a medias. No se podía amar a alguien con una pared en medio.

Y Corinne no estaba lista para tirar la pared.

Así que no dijo nada.

El silencio se estiró. Fue un silencio físico, casi audible, que ocupaba el cuarto entero.

Corinne sintió que cada segundo sin responder pesaba el doble que el anterior.

Y Vivienne, que leía a la gente en cinco segundos, que medía el mundo con instrumentos de precisión, debió de leer ese silencio entero, de principio a fin, sin que faltara una sola línea.

No volvió a hablar.

No se apartó tampoco. Eso fue lo que rompió a Corinne por dentro: que Vivienne no se apartara.

Que siguiera abrazándola, que su mano siguiera trazando despacio un círculo en la espalda de Corinne, como si nada hubiera pasado, como si no acabara de decir lo más grande que había dicho en años y de recibir a cambio el vacío.

La mano seguía dibujando ese círculo lento, paciente, generoso.

Y esa generosidad fue peor que cualquier reproche.

Corinne cerró los ojos. La garganta le dolía. Quiso decir lo siento, y no era lo correcto. Quiso decir es complicado, y era una cobardía. Quiso decir dame tiempo, y no tenía derecho a pedirlo.

Lo que hizo fue girar la cabeza y besar la piel sobre el corazón de Vivienne. Despacio. Una vez. Un beso largo, como una respuesta que no llegaba a ser respuesta, como todo lo que era capaz de dar esa noche.

Vivienne suspiró. La mano se detuvo un instante en la espalda de Corinne, luego siguió.

—Está bien —murmuró Vivienne.

No estaba bien. Las dos lo sabían.

—Vivienne...

—Duérmete.

Y otra vez la orden, suave, definitiva, cerrando la conversación que nunca había llegado a abrirse.

Corinne entendió que insistir ahora sería peor, que cualquier palabra que dijera con la pared en medio sería una mentira por omisión más, que el único acto honesto que le quedaba era el silencio.

Un silencio que era, también, su mayor cobardía.

Las dos cosas a la vez. Honestidad y cobardía vestidas con la misma ropa.

Se quedaron despiertas mucho rato, las dos, fingiendo cada una que la otra dormía.

Corinne escuchó la respiración de Vivienne hacerse lenta, y luego pesada, y luego de verdad dormida, mucho después de medianoche.

Solo entonces se permitió abrir los ojos en la oscuridad y mirar el techo, el mismo techo invisible al que Vivienne había confiado su te quiero.

Le subió por el pecho un calor antiguo, un calor que no era cómodo, que escocía, que se parecía demasiado a la felicidad para ser otra cosa.

Te quiero, pensó. No lo dijo. Ni siquiera dormida Vivienne podía oírlo, y aun así no lo dijo en voz alta, porque tenía la certeza supersticiosa de que en cuanto lo dijera, todo cambiaría.

Y todo estaba a punto de cambiar de todos modos.

Lo sentía. Lo sentía en el aire de la habitación, en el modo en que Vivienne había llegado esa noche, en la quietud rara de su cuerpo, en el sabor a despedida que había tenido cada caricia sin que ninguna de las dos supiera de qué se estaban despidiendo.

Como si las dos hubieran sabido, en algún lugar bajo la piel, que estaban en la cima de algo. Que después de esa noche el camino solo bajaba.

Hacia las tres se quedó dormida sin darse cuenta.

Cuando despertó, gris y temprano, la luz del lago entraba ya por el ventanal, fría y limpia, sin las clemencias de la noche.

El otro lado de la cama estaba vacío. Las sábanas aún guardaban un resto tibio.

Corinne se incorporó sobre un codo y escuchó: ni ducha, ni cafetera, ni pasos. Vivienne se había ido sin despertarla.

Sobre la almohada, en el hueco donde había estado su cabeza, no había nota. Vivienne no era de notas. Pero había dejado la llave —la llave que Corinne le había dado hacía una semana, la que había mirado como si pesara— sobre la mesilla, junto al despertador.

Corinne la miró un rato largo.

Quizá no significaba nada. Quizá Vivienne se la había quitado del bolsillo para que no le molestara y la había dejado ahí sin pensarlo.

Quizá. Pero Corinne había dirigido empresas durante veinte años leyendo señales que otros no veían, y sabía reconocer una decisión cuando la tenía delante, aunque viniera disfrazada de descuido.

La cogió. La cerró en el puño. El metal estaba frío.

Fuera, sobre el agua, un pájaro cruzó bajo y rápido, rozando la superficie.