Capítulo 10
Daniel entró en el despacho de Vivienne sin llamar, como llevaba haciendo desde hacía años. Traía dos cafés y un dossier bajo el brazo. Lo que no traía era prisa, y eso, en un martes a las nueve de la mañana, era casi una declaración.
—Te he traído el tuyo —dijo, dejando un vaso de cartón sobre la mesa—. Solo, sin azúcar. Como te gusta.
—Gracias. —Vivienne ni levantó la vista de la pantalla.
Daniel se sentó. No abrió el dossier. Cruzó las piernas y dejó que el silencio hiciera el trabajo que él no quería hacer todavía.
Conocía ese despacho mejor que el suyo. Conocía el ángulo exacto en que Vivienne inclinaba la cabeza cuando algo le interesaba y el modo en que tensaba la boca cuando algo la incomodaba. Llevaba años leyéndola.
Y desde hacía unas semanas, había dejado de saber qué leía.
—Estás distinta —dijo.
Vivienne levantó la vista entonces. Solo un instante.
—Estoy igual.
—No.
Ella volvió a la pantalla. Tecleó algo, lo borró. El cursor parpadeaba en una frase a medias.
Daniel bebió de su café. La conocía lo suficiente como para no insistir de frente. Con Vivienne, las puertas no se empujaban; se dejaban entreabiertas y se esperaba a que ella decidiera si salía.
—El jueves —continuó él, con calma— retrasaste la reunión de roadmap cuarenta minutos. La de roadmap. Tú.
—Tenía una llamada.
—No tenías ninguna llamada. Lo comprobé.
Vivienne dejó las manos quietas sobre el teclado. Fue un gesto pequeño, pero Daniel lo registró como quien registra un cambio de temperatura. Las manos de Vivienne nunca estaban quietas.
—¿Has venido a auditarme la agenda? —preguntó ella.
—He venido a traerte café.
—Y a husmear.
—Eso también. —Sonrió un poco—. Es un servicio combinado. No cobro extra.
Vivienne no sonrió, pero algo en la línea de su boca cedió medio milímetro. Daniel lo vio. Se lo guardó.
Fuera, la oficina empezaba a llenarse. El zumbido de las impresoras, el roce de las sillas, voces que se cruzaban sin escucharse. La décima planta despertaba como cada mañana, ajena a la conversación que ocurría tras el cristal esmerilado.
—Hay alguien —dijo Daniel.
No era una pregunta. Por eso costaba responderla.
Vivienne tardó. Cogió el café, lo sostuvo entre las dos manos sin beberlo. El vapor le subía por la cara.
—¿Por qué dices eso?
—Porque te conozco. Porque hace tres semanas mirabas el reloj para echar a la gente de la sala y ahora lo miras para irte tú.
—Eso no significa nada.
—Vivienne. —Lo dijo despacio, sin reproche—. Llevo muchos años contigo. Te he visto cerrar rondas de financiación a las cuatro de la mañana sin pestañear. Te he visto despedir a gente que querías. Sé cómo es tu cara cuando algo te importa y cómo es cuando finges que no.
Ella dejó el café. El vapor siguió subiendo.
—¿Y cuál es esta?
—Esta es nueva.
El silencio se asentó otra vez. Vivienne miró hacia la cristalera, hacia la planta entera que dirigía, y por un momento Daniel tuvo la sensación de que no veía nada de lo que tenía delante.
—Hay alguien —dijo ella al fin.
Lo dijo sin mirarlo. Lo dijo como quien deja caer un objeto que llevaba demasiado tiempo en la mano.
Daniel no celebró tener razón. No hizo ningún gesto. Sabía que cualquier reacción brusca cerraría la puerta de golpe.
—Bien —dijo, solo eso.
—No es bien. Es complicado.
—Lo complicado y lo bien no se excluyen.
Vivienne soltó una media risa, breve, casi sin aire.
—Eres insoportablemente sensato a las nueve de la mañana.
—Es el café. —Bebió—. ¿La conozco?
Y ahí estaba. La pregunta directa. Daniel la dejó en el aire con la naturalidad de quien pregunta por el tiempo.
Vivienne lo miró. Hubo un cálculo en sus ojos, rápido, el de siempre, el de medir qué costaba cada palabra. Pero esta vez el cálculo se interrumpió a mitad. Y eso era lo más raro de todo.
—No quiero hablar de quién es —dijo.
—No te he preguntado quién es. Te he preguntado si la conozco.
—Es lo mismo.
—No lo es. —Daniel se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas—. Vivienne. No te voy a juzgar. No voy a ir corriendo al consejo. No soy ese. Lo sabes.
Lo sabía. Por eso pesaba.
Vivienne se levantó. Fue hasta la cristalera, dándole la espalda. Desde allí se veía la planta entera, las hileras de mesas, las cabezas inclinadas sobre las pantallas. Su empresa. Lo que había construido durante catorce años de su vida, renunciando a casi todo lo demás.
—¿Sabes lo que más miedo me da? —dijo, sin volverse.
—No.
—Que se acabe.
Daniel no dijo nada. Aquella era la frase más desnuda que Vivienne le había dicho en años, y él lo sabía, y sabía que no debía pisarla.
—No que salga mal —continuó ella—. Eso casi lo entendería.
Lo que me da miedo es que vaya bien. Que me importe tanto que no sepa hacer otra cosa.
—Apoyó la frente un instante en el cristal frío—.
Sé querer cosas, Daniel. Lo único que sé es querer cosas hasta consumirlas.
Helixare. La expansión. Todo. No sé querer algo y dejarlo respirar.
—¿Y ella respira?
Vivienne tardó.
—Ella es todo respiración. —Una pausa—. Por eso me desconcierta. No la puedo agarrar. Cuando creo que la entiendo, se escurre. No miente. Solo… se va a otro sitio sin moverse.
Daniel la observó desde la silla. La conocía de muchas formas: implacable, brillante, agotada, furiosa. No la conocía así. No la conocía con la voz un poco más baja, las palabras un poco más lentas, como si las estuviera descubriendo al decirlas.
—Eso no suena a problema —dijo él—. Suena a que has encontrado a alguien que no puedes gestionar.
Vivienne se volvió. Lo miró largo.
—Esa es exactamente la palabra que usaría ella.
—Entonces a lo mejor tiene razón.
Vivienne volvió a su silla. Cogió el café por fin, bebió, hizo una mueca: se había enfriado. Lo dejó.
—No has venido a traerme café —dijo.
—He venido a ver cómo estás. El café era el pretexto.
—Ya lo suponía.
—Lo sé. —Daniel se levantó, recogió su dossier intacto—. Por eso he tardado tres semanas en venir.
Se detuvo en la puerta. Vivienne ya había vuelto a la pantalla, pero él sabía que no leía.
—Vivienne.
—¿Qué?
—Sea quien sea. No la analices como analizas una operación. No vas a encontrar el riesgo y mitigarlo. Algunas cosas solo se viven.
Ella no respondió. Daniel salió y cerró la puerta con cuidado, como se cierra la puerta de una habitación donde alguien duerme.
Vivienne se quedó mirando el cursor parpadear en la frase a medias. No lo terminó.
Corinne llegó a su piso poco después de las siete.
Encendió una sola lámpara. El piso recibía la última luz de la tarde en franjas largas que cruzaban el suelo de madera y morían contra la pared, donde la fotografía sin marco seguía clavada con cuatro chinchetas.
Era una vida austera por elección, no por necesidad, y a Corinne le gustaba el silencio que producía.
Vivienne llamó al telefonillo a las ocho menos cuarto. No habían quedado. Habían dejado de quedar formalmente hacía dos semanas; aparecía, o no aparecía, y las dos fingían que no era un acuerdo.
—No me has avisado —dijo Corinne al abrir.
—No quería darte tiempo a inventarte una excusa.
—No me hacen falta excusas. Tengo un repertorio fijo. —Se hizo a un lado—. Pasa.
Vivienne entró. Llevaba aún el traje del día, pero se había quitado los tacones en el coche; los traía en una mano, colgando de los dedos. Era un gesto que Corinne había aprendido a reconocer. Vivienne con tacones era la CEO. Vivienne descalza era otra cosa, más reciente, más frágil.
—¿Has cenado? —preguntó Corinne.
—No.
—Hay pasta de ayer. Y vino, si no te importa que sea barato.
—No me importa.
Corinne fue a la cocina. Vivienne dejó los zapatos junto a la puerta y se sentó en el sofá bajo, las piernas recogidas.
Observó el piso como hacía siempre, como quien busca pistas.
Los cuencos imperfectos sobre la estantería.
Los libros sin lomo a juego. La fotografía clavada en la pared, demasiado lejos para distinguir qué mostraba.
—Hoy Daniel ha venido a mi despacho —dijo Vivienne, alzando la voz hacia la cocina.
—¿Y?
—Sabe que hay alguien.
Corinne apareció en el umbral con la botella y dos copas dispares.
—¿Le has dicho quién?
—No.
—Bien.
Vivienne la miró servir el vino. Lo dijo con cuidado:
—No lo he dicho porque no quería. No por miedo a que se sepa.
—Es lo mismo, al final.
—No lo es. —Vivienne cogió la copa que le tendía—. Tú siempre dices que las cosas son lo mismo cuando no quieres mirarlas de cerca.
Corinne se sentó en el otro extremo del sofá. La luz se había apagado del todo; solo quedaba la lámpara, una poza amarilla en mitad de la sala.
—Eso ha sonado a acusación.
—Es una observación.
—Las tuyas son lo mismo. —Corinne bebió—. Tú siempre dices observación cuando no quieres llamarlo lo que es.
Vivienne sonrió a su pesar. Era el problema con Corinne: le devolvía sus propias frases con un giro de muñeca, y la pelota volvía con efecto.
Comieron en el sofá, los platos en el regazo, la pasta recalentada y sin embargo buena.
Hablaron de cosas pequeñas. De un proveedor imposible.
De la clase de cerámica del jueves, a la que Vivienne había empezado a ir sola, sin admitir que iba por Corinne.
De Jade, que había mandado un mensaje incomprensible con seis emojis.
La conversación era fácil. Demasiado fácil, pensó Vivienne, y por eso la inquietaba: porque cuando algo era tan fácil, costaba más recordar todo lo que no se estaba diciendo.
Dejó el plato vacío en la mesa baja. Recogió las piernas otra vez.
—¿Dónde te ves dentro de un año? —preguntó.
La pregunta cayó en mitad de la poza de luz como una piedra en un estanque.
Corinne, que tenía la copa a medio camino de la boca, la dejó.
—Qué pregunta de entrevista de trabajo.
—Contéstala igual.
—Aquí, supongo. —Corinne hizo un gesto vago hacia la sala—. Me gusta esto.
—No te he preguntado dónde vivirás. Te he preguntado dónde te ves.
—Es lo mismo.
—Otra vez.
Corinne la miró. La luz le caía de lado, dejándole media cara en sombra.
—¿Qué quieres que te diga, Vivienne?
—Quiero que me digas qué quieres. De esto. —Movió un dedo entre las dos, despacio—. De nosotras.
El aire de la sala se volvió más denso. Corinne lo notó en la garganta, una tirantez pequeña, conocida. La conocía bien. Era la sensación que precedía a la maniobra, al cambio de tema, al humor seco que dejaba la pregunta atrás sin tocarla.
—Quiero esto —dijo—. Lo que tenemos ahora. Esto está bien.
—Esto está bien —repitió Vivienne, sin tono.
—¿Y qué tiene de malo que esté bien?
—Nada. —Vivienne dejó la copa—. Salvo que no me has contestado.
—Te he contestado.
—Me has dicho que ahora está bien. Te he preguntado por dentro de un año.
Corinne se levantó. Recogió los platos, los apiló, los llevó a la cocina. Tardó más de lo necesario con el agua corriendo. Vivienne la observó desde el sofá, sin moverse, y vio exactamente lo que era: una salida. Un cuerpo en movimiento para no tener que estar quieto frente a una pregunta.
Cuando Corinne volvió, se quedó de pie junto a la estantería de los cuencos.
—Mira —dijo, más suave—. No soy buena con eso de proyectar. Hubo una época en que lo planificaba todo. Cinco años vista. Diez. Tenía hojas de cálculo para mi propia vida. —Tocó el borde de un cuenco torcido—. Y al final esas hojas de cálculo se cumplieron y yo no estaba en ellas. No de verdad.
Era lo más que había dicho jamás sobre su pasado, y las dos lo supieron. Vivienne se inclinó hacia delante, atenta, sin querer espantar el momento.
—¿Qué pasó? —preguntó, muy bajo.
Corinne soltó el cuenco.
—Pasta recalentada, sobre todo. Y tú haciéndome preguntas de entrevista de trabajo en mi propio sofá.
Y ahí estaba. La puerta, entreabierta un instante, cerrada con una broma. Vivienne lo vio cerrarse en tiempo real. Vio la mano de Corinne soltar el cuenco. Vio cómo el humor llegaba justo a tiempo, ni un segundo tarde, para tapar el hueco por donde había empezado a salir algo verdadero.
No insistió. Nunca insistía dos veces. Pero lo guardó, igual que guardaba todo lo demás: la evasión en la cena, la respuesta lateral en el ascensor, el modo en que Corinne hablaba de Austin con una precisión que solo tienen los que han huido de otro sitio.
Lo guardó junto a lo demás, en el lugar donde almacenaba lo que aún no entendía.
—Vale —dijo.
—¿Vale?
—Vale. No insisto.
Corinne la miró con cierta desconfianza, la de quien espera el segundo asalto y no lo recibe.
—Normalmente insistes.
—Normalmente la gente no se me escapa tan bien. —Vivienne se levantó, recogió sus tacones del suelo, no se los puso—. Eres muy buena en esto, ¿sabes?
—¿En qué?
—En irte sin moverte.
Corinne no respondió. La frase la atravesó y se quedó dentro, en el mismo sitio donde estaba la tirantez de la garganta.
Vivienne se acercó. Le puso una mano en el costado, despacio, sin urgencia. La luz de la lámpara las recortaba a las dos contra la oscuridad del resto de la sala.
—No te lo reprocho —dijo—. Solo lo veo.
—No hay nada que ver.
—Hay muchísimo que ver. —Lo dijo sin dureza, casi con ternura, que era peor—. Y lo veré entero. Tarde o temprano. Te aviso.
Corinne sostuvo la mirada gris. Quiso decir algo afilado, algo que devolviera la pelota con efecto como siempre. No le salió. Por una vez, no le salió.
—¿Te quedas? —preguntó, en cambio.
Era la pregunta de siempre, la fácil, la que sabía contestar. Vivienne entendió que era también una rendición y un cambio de tema a la vez.