Capítulo 7
El barro le ensuciaba las manos a Vivienne cuando se rio por primera vez en toda la tarde. No fue una risa controlada. Se le escapó, breve y sorprendida, cuando el cuenco que intentaba levantar se desplomó sobre sí mismo y le salpicó la muñeca.
—No es tan fácil como parece —dijo Corinne.
—No parecía fácil.
Jade, en el torno del medio, las observaba con la concentración de quien finge no observar.
Llevaba quince minutos sin hablar, lo cual en Jade era un acontecimiento geológico.
Cuando Vivienne se limpió las manos con un trapo y consultó la hora en un reloj que no llevaba, Jade sonrió hacia su propia pieza.
La clase terminó a las nueve. Jade se despidió en la puerta de la nave con un beso en la mejilla de Corinne y un apretón de manos para Vivienne que duró exactamente lo que debía durar.
—Cuídala —le dijo a Vivienne. No esperó respuesta.
Quedaron solas en el aparcamiento de tierra, bajo una farola que zumbaba. El río sonaba detrás de los árboles. Vivienne tenía barro seco en el antebrazo y no se lo había quitado.
—¿Vienes a mi casa? —preguntó Corinne.
No fue una invitación elegante. Fue lo que era.
—Sí.
El piso de Corinne estaba al oeste, cerca del lago, en un edificio bajo de los años setenta que ella había elegido precisamente porque no impresionaba a nadie.
Vivienne entró despacio, leyendo la habitación como leía todo: los estantes con cuencos imperfectos, la fotografía sin marco apoyada contra la pared, la ausencia deliberada de cualquier cosa que dijera quién había sido Corinne antes.
—Vives con muy poco —dijo Vivienne.
—Vivo con lo que quiero.
Vivienne se volvió hacia ella. El barro del antebrazo, la camisa gris arrugada, el cabello negro suelto por primera vez. Corinne había visto a esta mujer dominar una sala de cristal con una sola frase. Ahora estaba en su salón, descalza sobre la madera, sin saber del todo qué hacer con las manos.
—Puedes lavarte —dijo Corinne—. El baño es...
—No he venido a lavarme.
El aire de la habitación se volvió más denso.
Corinne lo notó en la garganta antes que en cualquier otro sitio, esa contracción que llevaba tres semanas fingiendo no sentir.
Bajo el fresno, el jueves, Vivienne la había besado y se había ido.
Le había dejado el deseo en la boca como una factura sin pagar.
—Llevas tres semanas mirándome así —dijo Corinne.
—Tú llevas tres semanas devolviéndome la mirada.
Corinne cruzó la distancia. No la cruzó toda. Dejó el último paso para Vivienne, que lo dio.
El segundo beso no fue como el primero. El primero había sido una declaración, una toma de posición.
Este fue una pregunta y su respuesta al mismo tiempo.
Vivienne tenía las manos manchadas y las puso en la cara de Corinne sin pensar en el barro, y Corinne sintió la frescura del torno seco contra su mandíbula y no le importó.
—Te vas a manchar —murmuró Vivienne contra su boca.
—Cállate.
Se rio. Las dos se rieron, un instante, contra los labios de la otra, y luego la risa se cerró en algo más serio.
Corinne había planeado tantas cosas a lo largo de su vida.
Reuniones, fusiones, su propia salida del mundo.
Esto no lo había planeado. Esto era lo contrario de un plan.
Sus dedos encontraron los botones de la camisa gris y los abrieron uno a uno, despacio, no porque controlara el ritmo sino porque no quería que terminara la espera demasiado pronto.
Vivienne la dejó hacer. Eso fue lo que la desarmó: que Vivienne Hartwell, que no cedía el control en nada, lo cediera ahora, que se quedara quieta con la respiración alterada mientras Corinne le quitaba la camisa de los hombros.
—Nunca dejas que nadie te lleve —dijo Corinne.
—No.
—¿Y ahora?
Vivienne la miró con los ojos grises muy oscuros bajo la luz baja.
—Ahora no quiero llevar nada.
Fue Corinne la que la condujo al dormitorio, pero no fue Corinne la que mandó.
Eso no existía ya entre ellas. En cuanto cayeron sobre la cama estrecha, en cuanto la piel encontró la piel, la jerarquía se evaporó.
No había jefa. No había administrativa. No había la mujer que había vendido un imperio ni la mujer que había construido otro.
Solo dos cuerpos que llevaban demasiado tiempo conteniéndose.
Vivienne tenía la piel cálida y firme, y el pulso le latía con una urgencia que Corinne podía sentir bajo su palma.
La besó en el cuello, en la clavícula, en el espacio entre los pechos donde el latido era más fuerte, y Vivienne dejó escapar un sonido bajo que no había planeado dejar escapar.
Eso prendió algo en Corinne. La idea de que ella, con la boca, con las manos, podía deshacer parte del blindaje de esta mujer.
—Corinne.
—Estoy aquí.
—Lo sé. Por eso lo digo.
No había nada más que añadir a eso. Corinne entendió la frase entera sin pedir que la completara.
Bajó por el cuerpo de Vivienne con una lentitud que era casi reverencia, sintiendo cómo se tensaba bajo ella, cómo se le entrecortaba el aire, cómo las manos de Vivienne buscaban algo a lo que aferrarse y encontraban la sábana, el cabello de Corinne, su propio muslo.
Cuando Corinne la tocó por fin, de verdad, Vivienne arqueó la espalda y soltó el nombre de Corinne como si fuera lo único que recordara decir.
Corinne había olvidado esto. No el acto.
El acto lo recordaba. Había olvidado lo que era importarle el otro cuerpo más que el propio placer, querer escuchar cada inhalación, querer ser la causa de cada temblor.
Llevaba años protegida tras una eficiencia que aplicaba a todo, incluso al sexo, cuando lo había.
Esto no era eficiente. Esto era atender, y la palabra le llegó de un lugar que creía clausurado.
Vivienne tenía la frente perlada de sudor cuando se acercó al borde. Intentó callar, por costumbre, por la disciplina de catorce años de no mostrar nada que no quisiera mostrar.
—No —dijo Corinne contra su piel—. No te calles. Conmigo no.
Y Vivienne no se calló.
El sonido que hizo cuando se quebró no se parecía a nada de lo que mostraba en una sala de juntas.
Era crudo, era humano, era de ella sola.
Corinne lo sostuvo entre los brazos, sintió cómo el cuerpo entero de Vivienne se contraía y luego se aflojaba, cómo se quedaba temblando con la respiración rota y los ojos cerrados.
Tardó en hablar. Cuando lo hizo, su voz sonó desnuda de un modo que el cuerpo desnudo no alcanzaba.
—Hacía mucho que no... —empezó, y no terminó.
—¿Que no qué?
—Que no perdía el control con alguien delante.
Corinne se incorporó sobre un codo para mirarla. La luz de la calle entraba por la persiana a medio cerrar y le rayaba la piel.
—¿Y?
—Y no se ha acabado el mundo.
—No se ha acabado el mundo —repitió Corinne.
Vivienne abrió los ojos. La miró con una franqueza que en otra mujer habría sido vulnerabilidad sin más, pero que en Vivienne era casi una hazaña.
—Te toca.
—No tienes que...
—Quiero. —Vivienne ya se estaba moviendo, ya invertía el peso, ya empujaba con suavidad a Corinne contra la almohada—. No me has dejado decidir nada en toda la noche. Esto lo decido yo.
Corinne podría haber resistido. Era buena resistiendo.
Llevaba años haciéndolo: desviando, controlando, manteniéndose un paso por delante de cualquiera que intentara conocerla.
Pero las manos de Vivienne le recorrían el cuerpo con una atención metódica, casi estudiosa, como si memorizara cada reacción para usarla después, y Corinne notó que dejaba de resistir sin haber tomado la decisión de dejar de hacerlo.
—Estás temblando —dijo Vivienne.
—No estoy temblando.
—Mentirosa.
La palabra la atravesó por sitios que no debían. Corinne se rió, una risa nerviosa, y la risa se cortó cuando la boca de Vivienne encontró su pecho.
Lo que la desarmó no fue la técnica. Vivienne hacía todo con técnica; era la única forma en que sabía hacer las cosas.
Lo que la desarmó fue la atención. Que esta mujer, que tenía una empresa entera reclamándole hasta el último minuto del día, le dedicara cada gramo de su concentración a leer el cuerpo de Corinne, a registrar qué la hacía respirar más rápido, qué la hacía abrir las manos sobre la sábana, qué la hacía olvidarse de seguir siendo Corinne Ashford, la mujer que nunca pierde el hilo.
—Suéltate —dijo Vivienne.
—No sé hacer eso.
Lo dijo en serio. Le salió más verdad de la que pretendía. Vivienne se detuvo un instante, levantó la cabeza, y la miró desde abajo con algo que no era triunfo sino reconocimiento.
—Yo tampoco sabía. Hace una hora.
Y siguió.
Corinne se soltó. No de golpe. Fue un derrumbe lento, capa por capa, como un edificio que se rinde por dentro antes de mostrarlo por fuera.
El calor le subió desde el centro del cuerpo hasta la garganta, las pulsaciones disparadas, el hormigueo en las piernas.
Quiso callar, igual que Vivienne había querido callar, por el mismo viejo reflejo de no entregar nada que no pudiera recuperar después.
—Conmigo no —le devolvió Vivienne, usando sus propias palabras.
Corinne no se calló.
Cuando llegó, lo hizo con un sonido que no reconoció como suyo, agarrada al hombro de Vivienne con una fuerza que dejaría marca, y por un instante muy largo no fue nadie.
No fue la CEO que había sido ni la asistente que fingía ser ni la mujer que se escondía en una ciudad ajena con cuencos imperfectos en los estantes.
Fue solo un cuerpo abierto en la oscuridad, sin defensas, sin historia, sin secreto.
Tardó en volver. Vivienne se quedó tumbada a su lado, una mano sobre el vientre de Corinne, el pulso de las dos buscando un ritmo común.
El silencio que vino después no fue incómodo. Fue de los que pesan en el buen sentido.
—No esperaba esto —dijo Corinne al techo.
—¿Esta noche?
—Nada de esto. —Giró la cabeza para mirarla—. Tres semanas. Tú. Esto.
Vivienne tenía el cabello negro extendido sobre la almohada y la cara más limpia de cualquier blindaje que Corinne le hubiera visto nunca. Aún tenía barro seco en el antebrazo. Corinne se fijó en eso y algo en el pecho se le apretó de un modo que no tenía que ver con el sexo.
—Yo tampoco —dijo Vivienne—. Hace mucho que no espero cosas que no controlo.
—¿Y esta la controlas?
—No. —Lo dijo sin esfuerzo, como una constatación—. Y es lo más raro de todo.
Corinne se quedó callada. Sabía algo de eso.
Sabía lo que era pasar la vida entera diseñando el resultado de cada cosa, sabía el precio de hacerlo, sabía lo que se perdía por el camino aunque no fuera a decírselo a esta mujer todavía.
Quizá nunca. La idea le pasó por la mente como una sombra rápida y la apartó.
—Tengo hambre —dijo en su lugar.
Vivienne se rio. Otra vez esa risa que se le escapaba.
—Son las once y media.
—Tengo huevos. Y pan. No prometo nada elegante.
—No he venido por la elegancia.
Corinne se levantó y buscó una camiseta en el suelo. Era de ella; se la puso. Vivienne la observó cruzar la habitación, y Corinne lo notó, esa mirada en la espalda, y no le incomodó. En otro tiempo le habría incomodado que alguien la mirara tanto. Que viera demasiado.
—¿Vienes? —preguntó desde la puerta.
Vivienne se incorporó, se puso la camisa gris arrugada sin abotonarla, y la siguió a la cocina descalza.
Comieron huevos revueltos de pie junto a la encimera, compartiendo un único plato porque Corinne no tenía dos limpios. La luz de la cocina era amarilla y demasiado fuerte después de la oscuridad del dormitorio, y bajo ella las dos parecían más reales, más cansadas, más ellas.
—Mañana es lunes —dijo Vivienne, masticando.
—Mañana es domingo.
—El lunes, entonces. —Dejó el tenedor—. Vas a entrar en mi edificio y vas a sentarte en tu mesa de la décima planta y vas a archivar lo que sea que archivas, y yo voy a pasar por delante.
—Sí.
—Y nadie va a saber esto.
Corinne la miró. No había acusación en la frase de Vivienne, solo el reconocimiento de un hecho que las dos habían acordado tácitamente bajo el fresno.
—¿Eso te molesta? —preguntó Corinne.
Vivienne lo pensó. Pensaba las respuestas como pensaba las decisiones de negocio: midiendo lo que costaría cada una.
—No lo sé todavía —dijo—. Esta noche, no. Pregúntame en un mes.
Era una respuesta honesta. Más honesta que cualquier cosa que Corinne le hubiera dado a cambio en tres semanas, y Corinne lo sabía. El secreto que cargaba se le movió dentro, incómodo, como una piedra en un zapato que sigues sin quitarte porque pararte cuesta más que cojear.
—Te queda barro —dijo, en lugar de todo lo demás. Le tocó el antebrazo con el pulgar, frotó la mancha seca.
Vivienne miró el sitio donde Corinne la tocaba. No retiró el brazo.
—No me importa —dijo.
—Ya lo veo.
Se quedaron así, junto a la encimera, el plato vacío entre las dos, sin prisa por que la noche terminara y sin saber del todo cómo prolongarla. Fuera, el lago estaba quieto y oscuro. Dentro, por primera vez en mucho tiempo, ninguna de las dos estaba gestionando nada.
Vivienne se quedó hasta la madrugada. Cuando por fin se vistió para irse, lo hizo despacio, y en la puerta se volvió.
—Corinne.
—¿Qué?
Lo que fuera a decir, no lo dijo. La besó otra vez, breve, distinto a todos los anteriores, y salió a la noche de Austin con la camisa gris arrugada y el barro todavía en el brazo.
Corinne cerró la puerta y se apoyó en ella. Tenía las pulsaciones tranquilas por fin. Y, sin embargo, en algún sitio bajo el esternón, donde había guardado durante dos años todo lo que no decía, algo se había abierto que no sabría volver a cerrar.
Se preguntó en un mes, había dicho Vivienne.
Corinne apagó la luz de la cocina y supo que en un mes habría más que ocultar, no menos.