Capítulo 8
Corinne se despertó sin saber qué hora era y, por primera vez en años, sin que le importara.
La luz entraba oblicua por la persiana mal cerrada, una franja amarilla que cruzaba la cama estrecha y caía sobre el hombro desnudo de Vivienne.
Estaba de espaldas, respirando despacio, el cabello negro extendido sobre la almohada que era de Corinne pero que ahora parecía pertenecer a otra geografía.
Corinne se quedó quieta. Memorizó la línea de la columna, el modo en que la sábana se enredaba en la cadera, la quietud de alguien que no estaba calculando nada.
Era domingo. Eso sí lo sabía.
No tenía que ir a ninguna parte. No había reunión, ni archivo, ni planta décima esperando. Solo aquella habitación de techo bajo y la mujer que la noche anterior había perdido la compostura entre sus manos y se había reído después, en la oscuridad, de algo que ninguna recordaba ya.
Vivienne se movió. Abrió un ojo gris, lo cerró, volvió a abrirlo.
—Me estás mirando —dijo, con la voz áspera del sueño.
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Lo suficiente para reconsiderar varias decisiones de mi vida.
Vivienne sonrió contra la almohada. Un gesto perezoso, sin filtro, muy distinto de la sonrisa medida que repartía en las salas de Helixare.
—Eso suena a arrepentimiento.
—No lo es.
Se giró del todo, quedando de costado, frente a ella. Estaban tan cerca en aquella cama que cualquier movimiento era una negociación. Corinne notó el calor del cuerpo de Vivienne antes de tocarlo, esa frontera invisible que el sueño compartido había vuelto irrelevante.
—Tienes una arruga aquí —dijo Vivienne, y le pasó el pulgar por el entrecejo—. Justo aquí. Te la he visto en las reuniones.
—Es de fruncir el ceño ante la incompetencia ajena.
—Mentirosa. Es de pensar demasiado.
Corinne le atrapó la muñeca. No con fuerza. Solo la sostuvo, como quien comprueba un pulso.
—¿Y tú? ¿Qué piensas tú demasiado, los domingos por la mañana?
Vivienne lo consideró. Tardaba siempre un instante de más, una pausa donde otros habrían contestado de inmediato.
—Los domingos no suelo pensar en nada porque suelo estar trabajando.
—Hoy no estás trabajando.
—No. —Volvió la mano, entrelazó los dedos con los de Corinne—. Hoy estoy en una cama demasiado pequeña, con una empleada subalterna, evaluando si esto es una infracción del código de conducta.
—Lo es.
—Lo es —repitió Vivienne, y la besó.
Fue distinto del beso bajo el fresno, distinto de los de la noche anterior. No tenía prisa ni hambre. Era un beso que no iba a ninguna parte, que existía solo por existir. Corinne lo sintió en la base del estómago de todas formas, ese calor antiguo que creía haber jubilado.
—¿Tienes café? —preguntó Vivienne cuando se separaron.
—Tengo café.
—¿Bueno?
—Defínelo.
—Que no sea de cápsula.
—De grano. Lo muelo yo.
Vivienne arqueó una ceja, impresionada a su pesar.
—La mujer de los cuencos imperfectos también muele su propio café. Empiezo a entender el sistema.
—No hay sistema. Hay tiempo. Es distinto.
Algo cruzó el rostro de Vivienne, breve, como una nube sobre un campo. Corinne lo registró sin nombrarlo. Lo dejó pasar.
Se levantó. El suelo de madera estaba frío bajo los pies descalzos y eso, también, le pareció una pequeña victoria del cuerpo: sentir el frío, sentir cualquier cosa.
Recogió la camiseta del suelo, una camiseta gris vieja, y se la puso.
Cuando se volvió, Vivienne la observaba desde la cama con una expresión de franca apreciación, sin disimulo.
—¿Qué?
—Estaba decidiendo si prefiero que te vistas o que no.
—El café requiere vestimenta. Es una regla de la casa.
—No me has dejado ninguna camiseta.
—No es problema mío.
Vivienne se rió. Una risa de verdad, de pecho, que llenó la habitación pequeña.
Salió de la cama envuelta en la sábana, dramática, como una emperatriz que ha decidido conceder una audiencia.
Corinne fue a la cocina y empezó a moler los granos.
El ruido del molinillo, el olor, el agua hirviendo: la liturgia diaria que durante dos años había sido la única forma de marcar el paso del tiempo.
Ahora había otra persona en su apartamento, descalza, arrastrando una sábana sobre los azulejos baratos de los setenta, y la liturgia parecía menos solitaria sin dejar de ser suya.
—¿Esto qué es? —Vivienne se había detenido ante la estantería.
—Un cuenco.
—Está torcido.
—Lo sé.
—¿Y lo guardas?
—Es el primero que hice. Salió fatal. —Corinne vertió el agua despacio, en círculos—. Jade dice que parece un sombrero deformado.
—Jade tiene razón.
—Jade casi siempre tiene razón. Es insufrible.
Vivienne cogió el cuenco. Lo giró entre las manos con el mismo cuidado con que Corinne imaginaba que firmaba documentos de ocho cifras. Pasó el dedo por el borde irregular, por la pared más gruesa de un lado que del otro.
—¿Por qué lo guardas si es feo?
Corinne le tendió una taza. Café solo, porque era lo que tenía, y porque algo le decía que Vivienne lo tomaba así.
—Porque lo hice yo. Porque no estaba intentando que fuera perfecto. Solo estaba intentando hacerlo.
Vivienne dejó el cuenco en su sitio. Aceptó la taza. Sus dedos rozaron los de Corinne en el traspaso y ninguna de las dos retiró la mano de inmediato.
—Eso suena a frase de calendario motivacional —dijo Vivienne.
—Lo sé. Me da vergüenza.
—Pero lo crees.
—Empiezo a creerlo. —Corinne bebió—. Es un proceso.
Se quedaron de pie en la cocina diminuta, hombro con hombro, mirando por la ventana que daba a un fragmento de cielo y a la copa de un roble. El café estaba bueno. Vivienne lo dijo con una inclinación de cabeza, no con palabras, y a Corinne le bastó.
—¿Sabes qué llevo sin hacer años? —dijo Vivienne.
—Sorpréndeme.
—Esto. Beber café de pie en una cocina sin pensar en lo siguiente.
—¿Qué haces normalmente?
—Lo siguiente. Siempre lo siguiente. —Bebió—. Hay una pantalla en mi cocina. La instalé yo. Da las cotizaciones, las noticias, la agenda. Desayuno mirándola.
—Eso es deprimente.
—Es eficiente.
—Es deprimente y eficiente.
Vivienne la miró de reojo. Había algo desafiante en su postura, algo que esperaba la réplica.
—Tú también tenías una pantalla así —dijo. No fue una pregunta. Fue una sonda, lanzada con suavidad.
El reflejo viejo le subió por la garganta. La evasión, lista. Pero la mañana era demasiado clara, demasiado tibia, y la sábana arrastraba por el suelo, y por una vez no quiso desviar la conversación con un golpe de ingenio.
Así que solo dijo:
—Sí. Tenía una.
—¿Y la quitaste?
—La regalé. Junto con casi todo lo demás.
Vivienne la observó. Esperó, como esperaba siempre, sin presionar, dándole espacio.
Era esa paciencia suya la que más la desarmaba, más que cualquier pregunta directa.
Vivienne no exigía. Acumulaba. Y luego, en algún momento, usaría lo acumulado, y Corinne lo sabía, y aun así no podía dejar de darle pedazos.
—No vas a contarme el resto —dijo Vivienne.
—Hoy no.
—¿Habrá un día?
Corinne dejó la taza en la encimera. Se volvió hacia ella, le quitó la sábana del hombro donde se había deslizado y se la subió de nuevo, un gesto pequeño, casi doméstico.
—Puede que sí.
Vivienne dejó pasar el resto. Lo dejó pasar como dejaba pasar las evasiones de Corinne en los almuerzos, en los ascensores, en la cena: con un asentimiento mínimo y una mirada que decía lo recuerdo . Pero esta vez había también otra cosa, algo más blando, y Corinne prefirió no nombrarlo.
—Tu sábana se está cayendo otra vez —dijo.
—Es tu sábana.
—Da igual de quién sea. Se está cayendo.
—Pues quítala del todo.
El aire cambió. Apenas. Un grado de temperatura, una décima de segundo. Corinne sintió el cosquilleo conocido en la nuca, ese aviso del cuerpo.
—Es muy temprano —dijo, aunque no lo creía.
—Son las once.
—Es domingo.
—Precisamente. —Vivienne dejó su taza junto a la de Corinne, despacio, con cuidado, como quien aparta una copa antes de un brindis—. ¿Qué mejor que un domingo?
Y dejó caer la sábana.
Corinne se rió. No supo por qué exactamente.
Por la cara de Vivienne, quizá, por lo absurdo de aquella seducción a plena luz en una cocina que olía a café, por el contraste entre la ejecutiva que firmaba documentos millonarios y la mujer desnuda que ahora la miraba con una ceja arqueada esperando reacción.
—No te rías —dijo Vivienne, pero ya sonreía.
—Lo siento. Es que esto es muy poco propio de ti.
—No sabes lo que es propio de mí. Llevamos tres semanas.
—Tres semanas y media. Y sé bastante.
—No sabes nada. —Vivienne dio un paso. La cocina era pequeña; un paso bastaba—. ¿Sabes que rompo mis propias reglas? ¿Sabes lo grave que es eso?
—Cuéntame.
—No me acuesto con empleadas.
—Ya lo hiciste anoche.
—Eso fue un lapso. —Otro paso. Estaban a un palmo—. Esto sería reincidencia.
—Suena serio.
—Despido procedente.
—¿Para quién de las dos?
Vivienne se rió de nuevo, y esa risa fue la que terminó de deshacer cualquier resistencia que Corinne fingiera tener.
La besó, y el beso ya no era el de la mañana, sin destino.
Tenía dirección. Corinne la tomó por la cintura, sintió la piel cálida bajo las manos, la espalda larga, la forma exacta del cuerpo que ya empezaba a aprenderse de memoria.
—La cocina no —murmuró Corinne contra su boca.
—¿Por qué no?
—Porque tengo cuarenta y tres años y la encimera es de los setenta.
Vivienne soltó una carcajada que le vibró en el pecho a Corinne.
—¿Eso es un no o un vamos al dormitorio ?
—Es un vamos al dormitorio . Con dignidad.
—No quiero dignidad.
—La dignidad es opcional. La cama no.
Fueron al dormitorio entre risas, tropezando con la sábana abandonada en el pasillo, y aquello también fue distinto.
No había la urgencia de la noche anterior, esa tensión de tres semanas que había estallado de golpe.
Había tiempo. Había luz, una luz franca de mediodía que no escondía nada, y por una vez Corinne no quiso esconder nada.
Cayeron sobre la cama estrecha y Vivienne se rió cuando casi se cayó por el borde, y Corinne la sujetó, y esa risa de Vivienne —la verdadera, la que no aparecía en ninguna sala de juntas— le pareció a Corinne la cosa más imprudente que había permitido en años: querer oírla otra vez.
—Te ríes mucho hoy —dijo Corinne.
—Es tu culpa.
—Lo acepto.
—No suelo reírme.
—Lo sé. Lo he visto. —Corinne le apartó un mechón de la cara—. En las reuniones eres aterradora.
—Bien.
—Aquí no.
Vivienne se quedó muy quieta un instante. Algo se le movió detrás de los ojos grises, algo que parecía sorpresa, o tal vez gratitud, o tal vez las dos cosas que en el fondo eran la misma. Luego tiró de Corinne hacia abajo y no hubo más palabras durante un rato largo.
Corinne se tomó su tiempo. No tenía nada que demostrar, nada que gestionar.
Recorrió a Vivienne despacio, con la boca y con las manos, atenta a cada respiración que se entrecortaba, a cada vez que los dedos de Vivienne se cerraban sobre la sábana.
Aprendió dónde tensarse y dónde detenerse, dónde una caricia hacía que el aliento se le rompiera.
Y Vivienne, que en todo lo demás tenía que tener el control, lo entregó otra vez, lo soltó entre risas que se convertían en suspiros, en una rendición que parecía costarle menos cada vez.
—Para —dijo Vivienne en un momento, sin aliento—. Para o esto se acaba ya.
—No quiero que se acabe.
—Yo tampoco. Esa es la cuestión.
Corinne levantó la cabeza, la barbilla apoyada en el vientre de Vivienne, y la miró con una sonrisa lenta.
—¿Estás dándome instrucciones?
—Estoy haciéndote una observación de gestión.
—Dios. Hasta en la cama.
—No puedo evitarlo.
—Lo voy a evitar yo por ti.
Y volvió a bajar, y Vivienne soltó la sábana y soltó el control y soltó todo, y dijo el nombre de Corinne una vez, despacio, como si lo descubriera, y luego no dijo nada más que tuviera forma de palabra.
Después se quedaron las dos boca arriba, mirando el techo, con los pies de una rozando la pantorrilla de la otra. La cama era demasiado estrecha para no tocarse y a ninguna le importó.
—Voy a tener que quedarme aquí para siempre —dijo Vivienne—. No puedo moverme.
—Hay sitio peor para morir.
—¿Tu cama de soltera de los setenta?
—Es una cama digna.
—Es del tamaño de un cajón.
—Tú la has elogiado hace cinco minutos.
—Estaba bajo coacción. —Vivienne se volvió de costado y le pasó un brazo por encima, posesiva, somnolienta—. ¿Tienes algo de comer? Porque ahora tengo hambre, y la culpa es enteramente tuya.
—Tengo huevos. Tengo pan. Tengo medio aguacate de dudosa procedencia.
—El aguacate es un riesgo que no estoy dispuesta a correr.
—Cobarde.
—Estratega.
Corinne se rió contra su pelo. Olía a sueño y a ella misma y, vagamente, al jabón barato del baño de Corinne, y ese detalle —que Vivienne Hartwell oliera a su jabón de farmacia— le resultó tan inverosímil que tuvo que cerrar los ojos un momento.
—Te hago los huevos —dijo.
—Todavía no.
—¿No tenías hambre?
—Sí. Pero todavía no.
Vivienne la sujetó más fuerte, y Corinne se quedó.
Dejó que la sujetara. No miró el reloj. No pensó en el lunes, ni en la planta décima, ni en la mesa ordenada sin objetos personales donde escribía cada mañana fingiendo ser alguien que nunca había dirigido nada.
No pensó en lo que Vivienne todavía no sabía, en la conversación que algún día tendría que tener, en la pregunta que latía bajo cada evasión.
Por una vez, no pensó en lo siguiente.
Solo estaba la franja de luz, ahora más alta, ahora dorada.