Una tarde cualquiera Capítulo 6
29%

Capítulo 6

El beso ocurrió bajo el fresno, al final, cuando Corinne ya había decidido que no iba a ocurrir.

Fue breve. Vivienne no preguntó permiso ni se disculpó después.

Solo se apartó unos centímetros, la miró con esos ojos grises que medían todo, y dijo: «Buenas noches, Corinne.

» Y se fue caminando hacia su propio coche con una calma que a Corinne le pareció una provocación.

Eso fue el jueves.

El sábado por la mañana, Corinne despertó con un mensaje en el móvil. Tres palabras. «¿Estás libre hoy?»

Lo leyó tres veces antes de contestar. No porque dudara de la respuesta —ya estaba decidida desde el fresno—, sino porque le sorprendió el modo en que el cuerpo respondía antes que la cabeza. El pulso en las muñecas. A los cuarenta y tres años creía haber jubilado todo eso.

«Sí —escribió—. Pero tengo cerámica a las once.»

La respuesta llegó en segundos. «¿Puedo ir?»

Corinne se quedó mirando la pantalla. Fuera, el calor de Austin ya empezaba a apretar contra los cristales. El lago, a lo lejos, devolvía la luz como una lámina de metal.

No era una buena idea. Lo sabía con la misma claridad con que sabía que iba a decir que sí.

«Jade estará allí —escribió—. Te va a interrogar.»

«Bien. Yo también interrogo.»

Corinne dejó el teléfono boca abajo sobre la encimera y se quedó un momento de pie en la cocina, con el café enfriándose en la mano. Lo tomaba siempre solo, sin azúcar, desde hacía veinte años. Hoy le supo distinto sin razón aparente.

—Mierda —dijo en voz alta, a nadie.

El estudio de cerámica estaba en una nave reconvertida al este del río, entre un taller de tatuajes y una tostadora de café que vendía sacos de grano a precio de joyería. Corinne llegó a las once menos diez. Vivienne ya estaba allí.

La vio antes de que ella la viera. Vivienne, de pie junto a la entrada, con vaqueros y una camiseta lisa, leyendo los avisos de la pared con la concentración con que probablemente leía contratos.

Sin chaqueta. Sin tacones. El cabello negro recogido de cualquier manera.

Corinne se detuvo un segundo en el umbral, calculando lo extraño de la imagen: la mujer que dirigía un edificio de cristal de catorce plantas, mirando un cartel sobre clases de iniciación al torno.

—Has llegado pronto —dijo Corinne.

Vivienne se giró.

—Siempre llego pronto.

—Lo sé.

Algo pasó entre ellas, breve, eléctrico. La misma cosa del fresno, sin el fresno.

—Jade no ha llegado todavía —añadió Corinne—. Cuando llegue, lo sabrás.

—¿Por qué?

—Porque se oye.

Jade llegó cuatro minutos después, exactamente como Corinne había prometido. Entró por la puerta de la nave hablando ya, con una bolsa de tela colgando de un hombro y un termo en la mano, y la voz le precedía como un anuncio.

—¡Perdón, perdón, el puente estaba imposible, hay no sé qué carrera solidaria cortando media ciudad, gente corriendo en agosto, los muy locos, quién corre con este calor, eh, eh, ¿y tú quién eres?!

Lo último lo dijo frenándose en seco a dos metros de Vivienne, con la franqueza absoluta de quien no conoce el concepto de antesala.

—Soy Vivienne —dijo Vivienne.

—Vivienne —repitió Jade, midiéndola de arriba abajo sin disimulo—. Vivienne. —Se giró hacia Corinne—. ¿Esta Vivienne?

—Esta Vivienne —contestó Corinne.

Hubo un silencio de medio segundo. El calor le subió a Corinne por el cuello.

—Ajá —dijo Jade.

Y entró a por su delantal.

Corinne conocía a Jade desde hacía año y medio, desde una clase de iniciación a la que había llegado huyendo de su propia casa vacía.

Jade le había prestado un trapo el primer día y le había dicho que tenía manos de contable, lo cual, sin saberlo, había estado más cerca de la verdad de lo que ninguna otra persona en Austin había estado.

Era la única que sabía lo que Corinne había sido. Y la quería igual. Quizá por eso.

Las tres se sentaron a los tornos. Jade en medio, porque Jade siempre estaba en medio. Corinne le pasó a Vivienne un trozo de arcilla.

—No sabes hacer esto —dijo. No era una pregunta.

—No.

—Entonces vas a estropearlo. Es la idea.

Vivienne miró la arcilla en sus manos como si fuera un problema que pudiera resolver leyendo el documento adecuado. Corinne reconoció la mirada. La había tenido ella misma, frente a este mismo torno, año y medio atrás. La mirada de quien cree que la competencia es transferible.

No lo es. Esa fue la primera lección de Corinne en Austin.

—No lo controles —le dijo en voz baja—. La arcilla nota el control. Se desvía.

Vivienne la miró de reojo.

—¿Eso es una metáfora?

—No —dijo Corinne—. Pero quédatela.

Jade, al otro lado, soltó una carcajada que rebotó en las paredes de la nave.

Trabajaron media hora. Vivienne destrozó tres piezas con una determinación admirable, sin frustrarse, repitiendo el gesto con la paciencia de quien ha fracasado durante dos años antes de facturar un dólar.

Corinne la observaba de reojo entre vuelta y vuelta del torno.

Había algo casi indecente en ver a Vivienne Hartwell con barro hasta los codos, concentrada en un cuenco torcido que no le iba a servir para nada.

—¿Por qué te gusta esto? —preguntó Vivienne en un momento, sin levantar la vista.

Corinne tardó en contestar.

—Porque no me importa hacerlo mal.

—No te creo.

—Es verdad.

—No te creo que no te importe hacerlo mal —matizó Vivienne—. Creo que te importa muchísimo no tener que hacerlo bien.

Corinne se quedó con las manos quietas sobre la arcilla. El torno siguió girando bajo sus dedos, vacío.

Jade, que fingía no escuchar mientras escuchaba todo, le lanzó a Corinne una mirada de soslayo que significaba exactamente lo que Corinne temía que significara: esta te ha calado en hora y media.

—Voy a por agua —dijo Corinne, y se levantó.

Fue una retirada. Las dos lo supieron.

En la zona del fregadero, mientras se lavaba las manos más despacio de lo necesario, Corinne oyó la voz de Jade bajar a un registro que casi era confidencial, casi, porque Jade no sabía susurrar.

—¿Sabes lo que hacía antes? —le estaba preguntando a Vivienne.

Corinne cerró el grifo.

—Logística —dijo Vivienne—. Eso me ha contado.

—Ajá —dijo Jade.

Otra vez ese «ajá». El suelo se movió un par de milímetros bajo Corinne.

—¿Por qué lo dices así? —preguntó Vivienne.

—Lo digo como lo digo todo —contestó Jade, y se rió, y el momento pasó.

Corinne volvió con el vaso de agua y la cabeza demasiado clara. Se sentó. No miró a ninguna de las dos.

Pero después, cuando recogían, cuando Vivienne fue a devolver los delantales al perchero del fondo, Jade se acercó a Corinne con la bolsa de tela ya al hombro y le habló por fin a la altura que importaba.

—Te diré una cosa —dijo.

—No quiero saberla.

—Te la voy a decir igual. —Jade la miró, y por una vez no había nada cómico en su cara—. Esa mujer te mira como tú miras la arcilla.

Corinne frunció el ceño.

—¿Cómo miro yo la arcilla?

—Como si te diera miedo apretar demasiado.

Y se fue, gritando que el lunes traía las piezas del horno, que no se le olvidara a nadie, que el aparcamiento de detrás cerraba a las tres.

Corinne se quedó de pie en mitad de la nave, con las manos todavía húmedas. Jade le había dejado algo en el cuerpo que no iba a poder soltar en todo el fin de semana.

Vivienne volvió del perchero.

—¿Y? —dijo.

—¿Y qué?

—El veredicto. —Vivienne tenía las manos en los bolsillos—. Tu amiga ha dictado uno. Lo he visto en tu cara.

Corinne la miró. La luz de la nave entraba sesgada por los ventanucos del techo y le caía a Vivienne sobre el pelo, sobre el barro seco del antebrazo que no se había terminado de limpiar.

—Aprobado —dijo Corinne—. Con reservas.

—¿Qué reservas?

—Eso no te lo voy a decir.

Vivienne sonrió. Era una sonrisa pequeña, lateral, la primera que Corinne le veía sin filo.

—Tengo casa con vistas al lago —dijo Vivienne—. Está vacía. Llevo seis años sin invitar a nadie. —Lo dijo como quien recita un dato de un informe, sin pedir nada—. ¿Quieres ver el atardecer desde un sitio donde no puedan reconocerme?

Corinne sabía cómo terminaba esa frase. Las dos lo sabían.

—Sí —dijo.

La casa de Vivienne estaba al oeste, en una de las colinas que caían hacia el agua, detrás de un muro de cipreses que la hacía invisible desde la carretera.

Era grande y estaba demasiado ordenada, con la clase de orden que delata ausencia más que pulcritud.

No había fotos. No había desorden de vida.

Había una cocina inmensa que olía a no usarse y un salón con un ventanal que ocupaba toda la pared del fondo, abierto al lago como una pantalla.

Corinne reconoció todo de inmediato. Ella había vivido en una casa así. Una casa que era una prolongación del despacho, un sitio para dormir entre dos jornadas, un escenario para una vida que no se vivía. La diferencia era que la suya la había vendido.

—No vives aquí —dijo Corinne, dejando el bolso en una silla.

—Duermo aquí —corrigió Vivienne, y la corrección lo dijo todo.

Salieron a la terraza. El sol bajaba sobre el agua, lento, encendiendo el lago de naranja y cobre.

Hacía calor todavía, ese calor espeso de agosto en Austin que no afloja hasta bien entrada la noche.

Vivienne trajo dos copas y una botella de tempranillo —el mismo de la cena, notó Corinne, que registraba estas cosas sin querer— y se sentaron en el borde, con los pies colgando hacia la pendiente de hierba seca.

Hablaron. No de Helixare. No del lunes. Hablaron de cosas pequeñas que entre adultos pesan más que las grandes: de la primera ciudad en la que cada una había vivido sola, del miedo concreto que tenía cada una a las mañanas de domingo, de por qué Vivienne nunca había aprendido a cocinar y de por qué Corinne había aprendido demasiado tarde.

—Me casé con el trabajo a los veintidós —dijo Vivienne en algún momento, mirando el agua—. No es una metáfora. No me quedó tiempo para lo otro. Para nada de lo otro.

—Lo sé —dijo Corinne.

Vivienne giró la cabeza.

—¿Lo sabes o lo supones?

Corinne tardó en contestar. Estuvo a punto. La frase entera le subía desde algún sitio antiguo: lo sé porque yo hice lo mismo durante veinte años y casi me cuesta todo. Se le quedó atascada donde se quedaban todas.

—Lo reconozco —dijo al fin—. No es lo mismo que saberlo.

Vivienne la miró un segundo de más. Lo había registrado, lo había guardado en ese archivo silencioso que iba acumulando, sin nombrarlo. Era lo que hacía Vivienne. No preguntaba dos veces. Esperaba.

El sol tocó el agua. El cielo se puso del color de un moretón que sanaba.

—Háblame de algo que no me hayas contado —dijo Vivienne.

—Eso es trampa.

—Soy una jefa exigente.

Corinne se rió, a su pesar. Y luego, porque era más fácil dar lo pequeño para proteger lo grande, le contó lo de su madre, que había muerto cuando Corinne tenía treinta y ocho y a la que había visto cuatro veces ese último año porque siempre había una reunión, siempre había un cierre de trimestre, siempre había un avión.

Lo contó sin dramatismo, con la voz plana, mirando el lago.

—Por eso vine aquí —dijo—. Tarde. Pero vine.

Vivienne no dijo nada durante un rato largo. No ofreció consuelo. No la tocó. Solo dejó que el silencio se quedara con ellas, denso y cálido, y eso era exactamente lo que Corinne necesitaba. Una mujer que entendía que algunas cosas no se contestan.

—Gracias —dijo Vivienne por fin.

—¿Por qué?

—Por darme algo verdadero. —Hizo una pausa—. Aunque hayas dado lo pequeño para guardarte lo grande.

Corinne se giró hacia ella. Las dos estaban demasiado cerca. Otra vez.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es lo que hago yo —dijo Vivienne.

Y ahí ya no hubo fresno, ni acera, ni provocación calculada. Fue Corinne quien acortó la distancia esta vez. Lo decidió el cuerpo, otra vez antes que la cabeza, y por una vez la cabeza no protestó.

El beso fue distinto al del jueves. Más lento.

Sin público invisible, sin coche esperando, sin el reloj de la jerarquía corporativa marcando la hora.

Vivienne le puso una mano en la nuca, con esa firmeza precisa que ponía en todo, y algo cedió dentro de Corinne, un muro que llevaba dos años sosteniendo sin saber contra qué.

Entraron sin hablarlo. No hizo falta. Eran dos mujeres adultas que habían pasado la vida tomando decisiones en fracciones de segundo y que sabían, ambas, perfectamente lo que querían y lo que estaban arriesgando.

No había torpeza de principiantes. Había, en cambio, esa otra cosa más peligrosa: la certeza.

Fue íntimo de un modo que ninguna de las dos había planeado.

No fue solo el cuerpo. Fue el modo en que Vivienne dejó de medir, por una vez; el modo en que Corinne dejó de calcular las salidas.

En la penumbra del dormitorio que olía a casa sin vivir, las dos se permitieron, durante unas horas, no gestionar nada.

Después, Corinne se quedó despierta. Vivienne dormía a su lado, de espaldas, la respiración honda y regular. La luz del lago entraba azulada por el ventanal sin cortinas. Corinne miró el techo y pensó, con una lucidez fría, que aquello iba demasiado rápido.

Y luego pensó, con la misma lucidez, que la velocidad no era el problema. Que a su edad ya no perdían el tiempo las cosas importantes. Que lo había perdido todo, antes, justamente por ir despacio en lo que no importaba y deprisa en lo que sí.

El problema era otro. El problema era el archivo silencioso que Vivienne iba llenando con cada evasión, cada lo reconozco en lugar de lo sé , cada frase que Corinne tragaba antes de soltarla.

El problema era que Corinne se estaba dejando conocer por partes, las que elegía, y que esa mujer que dormía a su lado tenía la costumbre profesional de juntar las partes hasta ver el cuadro entero.

Tarde o temprano lo vería.

Corinne se giró con cuidado para mirarla. Dormida, sin armadura, Vivienne parecía más joven y más sola. Le apartó un mechón de pelo de la cara, un gesto pequeño, casi sin pensarlo.