Una tarde cualquiera Capítulo 5
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Capítulo 5

La cuenta llegó sin que ninguna la pidiera. Corinne la vio aparecer en el borde de la mesa, dentro de una carpeta de cuero gastado, y supo que el camarero llevaba un rato esperando el momento. Eran casi las once. El restaurante se había vaciado a su alrededor sin que se dieran cuenta.

—La invitación fue mía —dijo Vivienne, y puso la mano sobre la carpeta antes de que Corinne pudiera moverse.

—Estás muy segura de que iba a discutirlo.

—No lo discutiste con el vino.

Corinne no contestó. Dejó que Vivienne sacara la tarjeta, que la deslizara sin mirar el importe, con ese gesto de quien lleva décadas sin comprobar lo que paga. Lo había hecho ella mil veces. Reconocerlo en otra persona le produjo ternura y alarma a la vez, una contra otra.

Salieron a la calle. South Lamar a esa hora respiraba despacio: una fila de luces de bar, un grupo riendo en la acera de enfrente, el calor de septiembre todavía suspendido aunque el sol llevara horas fuera.

Austin nunca terminaba de enfriarse en otoño.

Corinne lo había aprendido en dos años. La camisa se le pegaba un poco a la espalda.

—¿Dónde tienes el coche? —preguntó Vivienne.

—A dos manzanas. Detrás.

—Te acompaño.

No fue una pregunta. Corinne lo notó y no dijo nada. Echaron a andar.

Caminaban a una distancia exacta. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos.

Corinne contaba los centímetros sin querer, una manía vieja, medir el espacio entre su cuerpo y el de otra persona como si fuera información útil.

Con Vivienne lo era. El espacio decía cosas.

Decía que ninguna de las dos había decidido todavía qué hacer con la noche.

—Tres horas —dijo Vivienne de pronto—. Tres horas hablando y no he sacado nada de ti.

—Has sacado bastante.

—Sé que vives cerca del lago. Que haces cerámica. Que tienes una amiga que se llama Jade y que es ruidosa. —Vivienne sonríe a la oscuridad—. No sé en qué trabajabas antes. No sé por qué dejaste de hacerlo. No sé cuántos años tienes, aunque eso me lo imagino.

—¿Y eso te molesta?

—Me intriga. No es lo mismo.

Corinne apretó las llaves dentro del bolso. El metal frío contra los dedos. Tenía las pulsaciones más rápidas de lo que la conversación justificaba, y eso la irritaba, porque llevaba toda la noche controlando el ritmo de cada frase.

—¿Siempre interrogas así a tus empleadas?

—No tengo empleadas que me interroguen de vuelta. —Vivienne se detuvo medio paso, lo justo para mirarla—. Tú llevas toda la cena haciéndome preguntas. No te has dado cuenta de que las respondo todas.

Era verdad. Corinne lo había notado y lo había dejado pasar, porque preguntar era más fácil que ser preguntada. El truco más viejo que conocía. Y Vivienne acababa de nombrarlo en voz alta, sin enfado, con esa precisión suya que no dejaba nada al azar.

—Es tarde —dijo Corinne.

—Lo es.

Siguieron andando.

La calle se estrechó. Las farolas se espaciaron.

A la altura de un solar vacío, donde la luz se rendía del todo, el aire se volvió denso de un modo que Corinne reconoció, porque lo había sentido pocas veces en la vida y todas habían sido peligrosas.

Notaba a Vivienne a su lado sin mirarla.

Notaba el calor que salía de ella, distinto del calor de la noche.

El silencio había cambiado de naturaleza.

—Ahí está —dijo Corinne. Señaló un sedán oscuro aparcado bajo un fresno—. Ese.

Llegaron. Corinne se giró para despedirse y se encontró con que Vivienne no se había detenido a la distancia educada. Se había detenido cerca. Demasiado cerca. La distancia exacta acababa de desaparecer y ninguna la había recompuesto.

—Gracias por la cena —dijo Corinne.

—No me des las gracias. La quería tanto como tú.

Corinne tenía la garganta cerrada. Tenía cuarenta y tres años y una vida entera de saber exactamente qué decir en cada situación, y en ese momento no se le ocurría una sola palabra que no fuera una evasión más.

—Vivienne.

—¿Sí?

—Esto es complicado.

—Lo sé.

—Trabajo para ti.

—Trabajas para Helixare. No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo y lo sabes.

Vivienne ladeó la cabeza. La farola más cercana le dejaba la mitad de la cara en luz y la otra mitad en sombra, y Corinne pensó, con una claridad absurda, que así era ella todo el tiempo: una mitad ofrecida, la otra guardada.

—Llevo catorce años decidiendo qué es complicado y qué no —dijo Vivienne—. Casi siempre lo decido yo. Esto no.

—¿Esto qué?

—No lo sé. Esa es la parte que no controlo.

Lo dijo casi con rabia. Como si confesar una falta de control fuera para ella la confesión más íntima posible.

Y probablemente lo era. Corinne lo entendió de golpe, porque ella era igual, porque durante cuarenta años había confundido el control con la seguridad y la seguridad con el amor, y le había costado todo descubrir que no eran la misma cosa.

El silencio se estiró. Un coche pasó por la calle paralela, los faros barrieron el solar, se fueron. Volvió la oscuridad.

—Deberíamos despedirnos —dijo Corinne.

—Deberíamos.

Ninguna se movió.

Fue Corinne quien acortó lo que quedaba.

No supo después por qué, ni cuándo decidió que iba a hacerlo, porque la verdad era que no lo decidió: simplemente dejó de no hacerlo, que con ella era otra forma de actuar.

Levantó la mano y la apoyó en el brazo de Vivienne, sobre la tela fina de la camisa gris, y notó el músculo tenso debajo, la respiración que se cortó un instante.

Vivienne no esperó más.

La besó. O Corinne la besó. Después ninguna sabría decir cuál de las dos había cerrado el último centímetro, y no importaba, porque fue simultáneo, fue un acuerdo que ninguna había firmado en voz alta y que llevaban semanas firmando en silencio, en cada café, en cada coincidencia que había dejado de ser accidente.

Vivienne besaba como hacía todo: sin titubeo, con una intención clara desde el primer segundo.

Pero había algo debajo de la firmeza, un temblor mínimo, una pregunta.

Corinne lo sintió y se aferró a ese temblor más que a nada.

Le puso la otra mano en la nuca, entre el cabello negro, y notó el pulso de Vivienne bajo la palma, disparado, igual que el suyo.

Se separaron lo justo para respirar. Las frentes casi juntas.

—Vaya —dijo Vivienne, en voz muy baja.

—Sí.

—No esperaba que lo hicieras tú.

—Yo tampoco.

Vivienne se rió. Una risa pequeña, sorprendida, sin nada de la frialdad de las salas de reuniones. Corinne la había visto reír antes, durante la cena, pero esto era distinto. Esto era una risa que se le escapaba.

La besó otra vez. Más despacio. Corinne sintió el calor subirle por el cuerpo, el hormigueo en los brazos, la presión de la mano de Vivienne en la cintura, firme, posesiva, y una parte muy lejana de su cerebro —la parte que nunca dormía, la que había dirigido una empresa de miles de empleados— le advirtió que esto era exactamente lo que había prometido no volver a hacer.

Mezclar. Querer algo de un sitio donde no debía querer nada.

La parte lejana perdió.

Cuando volvieron a separarse, Corinne tenía la espalda contra el coche. No recordaba haberse movido. El metal estaba caliente todavía del sol del día.

—Tengo que decirte una cosa —dijo Corinne. La voz le salió más ronca de lo que pretendía.

—Si vas a decirme que esto fue un error, prefiero que no lo digas.

—No es eso.

—¿Entonces?

Corinne respiró. Ordenó las palabras. Era lo que mejor sabía hacer, ordenar palabras, y nunca le había costado tanto.

—Si seguimos con esto —dijo—, no puede saberlo nadie en Helixare.

Vivienne dio medio paso atrás. No mucho. Lo suficiente para mirarla entera. La luz le caía ahora en los ojos grises y Corinne no consiguió leer lo que pasaba detrás. Eso la inquietó. Llevaba toda la noche leyéndola y de pronto la cara se le había cerrado.

—¿Te avergüenzas? —preguntó Vivienne.

—No. Dios, no. —Corinne casi se rió—. Es lo contrario.

—Explícate.

—Eres la fundadora. Eres la cara de la empresa.

Yo soy una administrativa de la décima planta que entró hace cinco semanas.

—Corinne hablaba rápido ahora, lo que en ella era señal de verdad y no de cálculo—.

El día que alguien sepa que tú y yo estamos juntas, deja de importar quién soy yo y quién eres tú.

Solo importa eso. Importará en cada reunión donde yo lleve las actas.

Importará cada vez que te defienda en una decisión.

Importará para Priya, para Marcus, para Daniel. Te lo digo por ti más que por mí.

—No necesito que me protejas.

—No te estoy protegiendo. Te estoy diciendo cómo funciona. Lo sé porque lo he visto.

Se le escapó. La última frase. Lo he visto. Corinne notó cómo cruzaba el aire y deseó recogerla. Vivienne entornó los ojos un milímetro, el gesto de quien archiva un dato para más tarde. Ese gesto Corinne sí sabía leerlo. Lo había hecho ella mil veces.

—¿Dónde lo has visto? —preguntó Vivienne.

—En todas partes. La gente habla. Siempre habla.

No era mentira. Tampoco era la verdad. Era la frontera exacta en la que Corinne llevaba semanas viviendo, ese terreno entre lo que decía y lo que callaba, y por un instante le pareció que Vivienne podía ver la frontera entera, dibujada en el aire entre las dos.

Pero Vivienne no preguntó más. Esa era una de sus particularidades, Corinne empezaba a entenderla: no preguntaba dos veces. Acumulaba. Esperaba. Volvería a aquello cuando ella decidiera, y mientras tanto lo dejaría descansar como una piedra en el bolsillo.

—De acuerdo —dijo Vivienne.

—¿De acuerdo?

—Nadie en Helixare. Tienes razón. —Lo dijo con una rapidez que sorprendió a Corinne, casi como un alivio—. Me complicaría la vida más que a ti, de hecho. El consejo ya cuestiona la mitad de lo que hago. No necesito darles otra cosa.

—¿El consejo te cuestiona?

—Siempre. —Una sombra le cruzó la cara y se fue—. Es otra conversación.

Corinne lo registró. Otra conversación. Otra piedra, esta vez en su propio bolsillo. Las dos estaban llenas de piedras y las dos fingían que iban ligeras.

—Entonces, ¿qué somos? —preguntó Vivienne—. Si no podemos nombrarlo dentro.

—No tenemos que nombrarlo en ningún sitio todavía.

—Eso te conviene.

Corinne se quedó quieta. Lo había dicho sin acusación, casi con cariño, pero dio igual, porque era cierto.

No nombrar las cosas era la especialidad de Corinne.

El músculo que llevaba dos años desarrollando en Austin.

No nombrar quién había sido, no nombrar lo que había perdido, no nombrar por qué se había escondido en la última hilera de una planta donde nadie haría preguntas.

—Sí —admitió—. Me conviene.

—Al menos eres honesta en eso.

—Soy honesta en más cosas de las que crees.

—Y deshonesta en otras.

Lo dijo despacio. No era una trampa; era una observación, dicha con la misma calma con la que durante la cena había contado lo de los seiscientos mil dólares prestados. Pero a Corinne se le tensó algo en el estómago, la certeza de que Vivienne Hartwell veía mucho más de lo que decía ver.

—Todo el mundo lo es —contestó Corinne.

—No todo el mundo me importa.

Corinne nunca había sabido qué hacer cuando alguien decía algo así de simple y de directo.

En su mundo anterior nadie hablaba así. Se negociaba, se insinuaba, se dejaba caer.

Vivienne lo soltaba como quien deja una carta sobre la mesa boca arriba, y a Corinne, que había jugado al póker con consejos de administración enteros, le desarmaba más que cualquier farol.

—Vivienne.

—¿Sí?

—No soy fácil.

—Lo sé. Lo supe en el ascensor. —Vivienne sonrió—. Es lo que me gusta.

Se acercó otra vez y Corinne la dejó. Este beso fue más corto, más suave, casi una despedida, los labios apenas rozándose, la mano de Vivienne subiendo a su mejilla, quedándose ahí un instante.

La palma estaba caliente. Corinne cerró los ojos.

Por un segundo, solo un segundo, dejó de medir centímetros, de contar pulsaciones, de calcular consecuencias.

Por un segundo solo estuvo ahí, contra el coche caliente, en una calle vacía de Austin, besando a una mujer que la desconcertaba y que la conocía a medias y que la quería conocer entera.

Y supo, con esa parte lejana que nunca dormía, que ese era exactamente el problema.

Vivienne se apartó.

—Te dejo ir —dijo—. Antes de que me convenza de no hacerlo.

—Gracias.

—No me des las gracias. —Vivienne metió las manos en los bolsillos del pantalón, un gesto sorprendentemente joven en ella—. Esto no ha terminado.

—No.

—El lunes te veré en la décima planta y no podré decir nada.

—No.

—Va a costarme.

—A mí también.

Era lo más cercano a una confesión que Corinne se había permitido en toda la noche, y Vivienne lo recibió con un asentimiento breve, como quien acepta un acuerdo cerrado. Después dio un paso atrás. Y otro. Sin dejar de mirarla.

—Conduce con cuidado —dijo.

—¿Tú dónde tienes el coche?

—Lejos. Me viene bien caminar.

No era verdad y las dos lo sabían. Vivienne había acompañado a Corinne hasta su coche para alargar la noche, no porque le quedara de camino. Corinne lo entendió y no dijo nada, porque a veces la cosa más amable que se le puede hacer a alguien es no señalarle la mentira pequeña.

Se metió en el coche. Cerró la puerta. A través del cristal vio a Vivienne quieta en la acera, una silueta recortada contra la luz lejana del bar, las manos todavía en los bolsillos.

No se movió hasta que Corinne arrancó. Y cuando arrancó, Vivienne levantó dos dedos en una despedida mínima, casi ridícula, y se giró y echó a andar en la dirección equivocada, hacia ninguna parte, solo para no quedarse parada mirándola marchar.

Corinne condujo despacio por South Lamar. Tenía los labios todavía calientes y el pulso todavía rápido y, en algún lugar entre el pecho y la garganta, una sensación que llevaba dos años sin permitirse, la de querer algo con todas las consecuencias.

Se obligó a respirar. A contar. A ordenar.

Nadie en Helixare. Lo había planteado ella, y Vivienne había aceptado en cinco segundos, y eso debería haberla tranquilizado. Era lo sensato. Era lo que protegía a las dos. Era lo que le devolvía el control de algo que esa noche, contra el coche, en la oscuridad, se le había escapado de las manos.