Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 30 de octubre
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30 de octubre

Hoy Pierce me ha regalado la fotografía que me había hecho.

El remolino de Teobaldo al saltar a por el pájaro. Mi rostro capturado en el gesto de una risa de sorpresa mientras intentaba alcanzarlo.

Parecía feliz.

Yo misma.

Había algo más en la imagen y, mientras escudriñaba la fachada de Lapis Lazuli, los pliegues de mi vestido, la absoluta espontaneidad del momento, me asombró la destreza artística que demostraba.

Me volví para mirar hacia donde se encontraba Pierce, sentado a su mesa de trabajo clasificando cartas con cara de concentración, y dije:

—Es preciosa. Y muy acertada.

—Me gustó —respondió—. Espero que no le importe que le haya enviado una a la esposa de mi amigo para que vea que Teobaldo está vivo y coleando.

—¿La esposa accidental?

—Sí —respondió Pierce—. Por extraño que parezca, me escribe que le gusta esa mujer.

Esbocé una media sonrisa.

—¿Se lo ha dicho a ella?

—Lo más probable es que no.

—Vaya.

—Hay gente así —dijo Pierce encogiéndose de hombros.

—¿Pierce?

—¿Hum?

—Gracias. Por lo que ha hecho.

Paró de mover las manos, las dejó suspendidas sobre su trabajo y respondió:

—De nada.

Cuando ya me marchaba, añadió:

—Encontré una pluma verde en la acera, delante de Lapis Lazuli, al llegar a casa de madrugada.

Sonreí.

—No me extraña.

Luego cerré la puerta a mi espalda.