31 de octubre
Los residentes de Whereabouts llevan todo el día muy ajetreados tratando de preparar su tramo de la calle. En Jacob’s Well van a colocarse varias mesas con comida. (Los monjes han accedido a no ensayar hasta pasada la medianoche).
Parian, a quien se le ha encomendado la tarea de tallar y vigilar las calabazas, rechaza cualquier tipo de consuelo.
Estábamos todos en la cocina y él contemplaba con recelo las ocho calabazas deformes.
—Pero ¿a qué se refiere con caras? —se quejó—. ¿Y cómo se las ingenia uno con todas esas semillas dentro?
Hice un gesto con la mano para restarle importancia al asunto.
—Supongo que se vacía el interior y se tallan caras. De algún modo.
—No pienso tocar las entrañas de una calabaza —bufó.
—¿Las Entrañas de una Calabaza, Parian? Suena bastante dramático.
—Ay, Parian —dijo Agnes suspirando mientras sacaba del horno una bandeja de empanadillas de manzana—. Cortas la parte superior y sacas lo de dentro.
—¡Grotesco!
—Yo lo haré —repuso ella—. Yo prepararé los faroles de calabaza si tú te encargas de vigilarlas durante la noche.
Antes de que Parian pudiera protestar, exclamé:
—¡Qué maravilla! ¿Ves, Parian? Al final todo se arregla.
Y escapé de la cocina.
Las diversiones de la noche suenan maravillosas, en teoría.
Yo, sin embargo, no estoy de un humor precisamente para celebraciones. Creo que daré un par de vueltas por la calle, saludaré a los vecinos y me acostaré temprano.
Más tarde
Me quedé más tiempo del que tenía previsto.
Había todos los juegos típicos de una fiesta de la cosecha, farolillos, sidra y una hoguera en medio de la calle.
Participé en un juego con aros y botellas de leche y se me dio fatal.
En cambio, los niños de St. Crispian’s (los pequeños granujas que me dieron una pista para Julio César ) habían montado una rayuela bastante elaborada. Eso se me dio genial.
Mi Lapis Lazuli, iluminada, estaba preciosa, pero, pese a lo maravilloso que resultaba contemplar las calabazas con su cara torcida, mi verdadero disfrute se derivó de la figura ensombrecida de Parian, que saltaba de habitación en habitación para asegurarse de que la casa no se quemaba hasta los cimientos.
Agnes estaba con un grupito de criadas de otras casas y se reían, se agarraban de la mano y se contaban secretos mientras comían tantos dulces como podían.
Reconocí caras de todo St. Crispian’s, pero ninguna que me hiciera quedarme en un solo sitio. Caminé de un lado a otro y, luego, en lugar de volver a la pequeña biblioteca de mi buhardilla, salí de Whereabouts hacia la Diagonal y deambulé hasta encontrarme frente a la iglesia.
Hacía años que no pasaba un rato en el cementerio de St. Crispian’s.
Al entrar, me crucé de brazos y me puse a dar vueltas.
Era un lugar de silencio. De paz. Crucé la verja y empecé a caminar por el terreno irregular entre las tumbas.
Entonces percibí una luz extraña en la distancia.
No era nada sobrenatural, solo un farol.
Si hubiera sido algo de otro mundo, no lo habría seguido. Al fin y al cabo, me crio un irlandés.
Al acercarme, vi que se trataba del Joven Hawkes, que estaba sentado en un banco con los pies irreverentemente apoyados sobre una lápida y un farol al lado para iluminar el libro que estaba leyendo.
Hay que reconocer que me pareció pintoresco.
Gótico religioso.
Sin levantar la vista, dijo:
—Buenas noches, señorita Lion.
—Buenas noches, Hawkes.
Apartó el farol y bajó la mecha hasta que no quedó más que un sutilísimo resplandor. Me lo tomé como una invitación y me senté a su lado.
—¿Qué está leyendo?
—Los comentarios de Plutarco sobre Esparta.
—Suena fascinante. ¿Qué tal está?
Se volvió para mirarme y el rostro se le cubrió de sombras.
—Es un poco espartano.
Sonreí.
—Como era de esperar.
Pasaron cinco minutos de silencio mientras el rumor lejano de la fiesta competía con el de los grillos cercanos.
—¿Se ha aburrido de la víspera de Todos los Santos? —preguntó en tono ligero.
—No. De hecho, está siendo muy divertida. Solo me apetecía encontrar un poco de tranquilidad, y Jacob’s Well está ocupado.
—En ese caso, ¿la dejo con los muertos?
Me estremecí. ¿Cuántas veces tienen que dejarla a una a solas con los muertos?
—Prefiero que se quede, si no le importa. Buscar tranquilidad no implica buscar soledad.
Hawkes cerró el libro.
Permanecimos sentados con el olor del otoño alzándose entre las tumbas y los gritos distantes atravesando St. Crispian’s. Y entonces Hawkes dijo:
—Me preguntaba cuánto tardaría en suceder.
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, oí dos voces.
Una grave, otra elegante. Y dos espectros doblaron la esquina de la iglesia.
—Ahí están —dijo Islington, y la noche arrastró a la perfección el sonido de su voz.
—Un lugar morboso para una noche morbosa —respondió Pierce.
Los vi abrirse paso entre la hierba en la oscuridad, Pierce con las manos en los bolsillos.
Sentí curiosidad por saber cómo nos habían encontrado, así que pregunté:
—¿Ha soltado a los sabuesos, Islington?
—Quizá tendría que haberlo hecho, pero no. Volví a St. Crispian’s por Sterling Street justo cuando usted cruzaba la Diagonal. Imaginé que su destino podría ser la iglesia y pensé en acompañarla. Me encontré a Pierce, que salía de The Cleopatra, y lo invité a sumarse a la caza.
Se acomodaron en la hierba y los cuatro formamos un círculo impreciso.
—¿Cree que le molesta? —preguntó Pierce con una chispa de humor ebrio en la voz.
Estaba mirando los pies del vicario, apoyados sobre la lápida.
El Joven Hawkes no respondió de inmediato; permitió que la lámpara se apagara hasta dejarnos como sombras sin forma en la oscuridad.
Todos esperamos.
Entonces Hawkes dijo:
—No le importa.
De nuevo, silencio.
Se levantó una brisa que hizo que las hojas doradas que aún se aferraban a los árboles susurraran. Respiré hondo.
—Creo que el otoño es mi estación favorita —reflexioné en voz alta.
—Deberías verlo en Nueva Inglaterra —dijo Pierce—. El espectáculo de colores más asombroso del mundo. Nunca he visto nada igual.
Islington preguntó:
—¿Pasó mucho tiempo en Estados Unidos?
—Unos diez años. De manera intermitente, entre campañas.
Tomé nota mental bajo el epígrafe «Datos de la vida de Pierce que no comparte».
—Creía que había fotografiado la guerra civil estadounidense —dije—. ¿Eso fue hace cuánto? ¿Veinte años?
—Sí, así es.
A pesar de la oscuridad, sentí que sus ojos plateados me atravesaban.
—No debías de tener más de…
—Me fui a Estados Unidos un año después del inicio de la guerra. Aprendí el oficio de joven. Fui ayudante. Pero eso —dijo para levantar una muralla contra su pasado— es una historia para otra noche.
Islington arrancó una brizna de hierba y la retorció entre los dedos. Hawkes permaneció inmóvil como un fantasma hasta que, de forma totalmente inesperada, dijo:
—Leónidas, rey de Esparta, se llevó consigo solo a trescientos hombres para luchar contra los persas.
Por el camino, reunió a seis mil soldados más procedentes de las ciudades-estado griegas, pero eso no era nada frente al ejército que se rumoreaba que tenía el rey persa, Jerjes.
Miles y miles, y esa es la estimación más conservadora.
Ahora me río al recordar el momento, pues los tres —Islington, Pierce y yo— nos sentamos en una postura más cómoda, como si fuéramos niños, esperando el relato.
—El objetivo de los espartanos era defender el paso de las Termópilas, la única ruta conocida por la que podía pasar el ejército persa.
Sin embargo, había un sendero en la montaña.
Secreto. Desconocido para Jerjes y su ejército invasor.
Leónidas mandó a los focidios a proteger la senda de Anopea mientras sus hombres y él defendían el punto más estrecho del paso de las Termópilas.
»El ejército persa era más numeroso de lo que creían, pero Jerjes no era tonto. Le envió un emisario a Leónidas, el rey espartano, y le ofreció paz, tierras fértiles y una gran recompensa si dejaba que él y sus hombres atravesaran el paso sin obstáculos.
»Leónidas dijo que no.
»Llegó una segunda petición, más urgente, más amenazante. Una vez más, Leónidas dijo que no.
»Al final, el emisario persa amenazó: «Oscureceremos el cielo con nuestras flechas».
»Y Leónidas contestó…
Aquí, Hawkes dijo algo en griego que yo, alumna de Fortitude, escuela preparatoria para señoritas, no entendí.
Pero Islington lo interpretó en voz baja:
—Entonces lucharemos a la sombra.
—Un hombre valiente —murmuré.
—Un cielo tan lleno de flechas que lucharon a la sombra —dijo Hawkes.
Pierce emitió un sonido de aprobación.
La respuesta del rey Leónidas era noble y me motivó respecto a todo lo que estaba ocurriendo con el primo Archibald, el entierro de Maxwell, el añorar a mis padres hasta lo más hondo y el verso libre de mi futuro, todo ello flechas que cubrían el cielo de una manera extraordinaria.
Sin embargo, allí estaba yo, decidida a luchar a la sombra.
Me sentí animada.
Noble.
Espartana.
Me imaginé a mí misma tomando a Leónidas como guía, un talismán contra mi futuro desconocido. Victoriosa contra todo pronóstico. Y, deseosa de oír a Hawkes relatar las hazañas futuras del noble rey, pregunté:
—¿Leónidas contuvo a los persas en el paso?
Hawkes respiró hondo y dijo:
—Murió.
En un instante, todas mis esperanzas se desvanecieron.
—¡Murió! —exclamé.
Una flecha en el corazón.
Me sentí como si hubiera perdido a un ser querido.
Esos malvados persas.
—Leónidas y sus hombres defendieron el paso durante dos días y llevaron a Jerjes a la desesperación.
¿Cómo era posible que sus miles de hombres no fueran capaces de mover a aquellos trescientos?
Pero, entonces, un hombre llamado Efialtes traicionó a los griegos.
Acudió a Jerjes y le habló de la senda de la montaña.
Los persas avanzaron sin impedimentos, ya que los focidios, encargados de proteger aquella ruta, se asustaron y huyeron.
Y así Leónidas quedó rodeado por ambos flancos.
La mayoría de los soldados griegos escapó, pero todos los espartanos se mantuvieron firmes.
Y su rey luchó como el león que era hasta que lo asesinaron.
Los persas intentaron hacerse con su cuerpo, pero los espartanos lo escondieron en un lugar seguro.
Y, uno a uno, batallaron hasta la muerte y se llevaron consigo a tantos persas como pudieron.
Murieron decenas de miles de persas y solo dos mil griegos.
De repente, el cementerio ya no parecía un lugar de paz.
—¡Pero qué clase de historia de «Emma, mantén la cabeza alta» ha sido esa!
—solté—. Aquí estaba yo, pensando que, a pesar de la lluvia de flechas que se me venía encima, lucharía a la sombra y saldría victoriosa.
¡Y va usted y me mata antes del final! En serio, Hawkes.
Era de esperar que escogiera un relato más motivador.
El silencio reinó durante lo que se tarda en contar hasta diez; luego, Pierce se echó a reír, e Islington también.
El manto de la noche no confirma ni desmiente si Hawkes sonrió, pero tengo mis sospechas.
No tardamos mucho en abandonar el cementerio, yo cargada con el farol de Hawkes, él con su libro, Islington volviendo a ponerse la chaqueta y Pierce caminando con las manos en los bolsillos.
Y, cuando llegamos a la esquina de la iglesia que quedaba frente a The Cleopatra —cuyos habitantes acababan de prorrumpir en unos versos ebrios—, Islington se detuvo, lo cual nos hizo ralentizar el paso a todos hasta quedarnos clavados en el sitio.
—Voy a hacer una pregunta bastante extraña —dijo Islington—. No es muy propio de mí dar crédito a tales cosas. Sin embargo… —Hizo un gesto con los dedos que pretendía abarcarnos a los cuatro—, ¿qué opinan de esto?
Tenía razón en que había algo, lo mismo que yo había percibido durante la cena unas semanas antes.
Mientras recordaba mis propios pensamientos tras nuestra reunión de hacía semanas, los miré de uno en uno.
Pierce se encogió de hombros.
Islington esperó.
Fue Hawkes quien habló.
—Alquimia.
Me estremecí.
Esa búsqueda mítica que convierte elementos dispares en oro.
Ninguno de nosotros puso en duda la veracidad de su afirmación.
Nos quedamos allí parados, en la oscuridad, sintiendo que algo más allá de lo ordinario actuaba a nuestro favor.
—Alquimia —murmuró Islington.
Pierce no añadió nada, pero las luces de The Cleopatra brillaban con la fuerza suficiente como para revelar una sonrisa de curiosidad.
Me miraron a mí.
—¿Así que el Cielo me ha unido a esta panda?
Islington dijo que no estaba seguro de que mi llegada a su vida fuera obra del cielo.
Pierce comentó casi para sus adentros que quizá no fuera obra del cielo, sino del destino.
¿Y Hawkes? Bueno, se limitó a enarcar una ceja, esbozar una leve sonrisa y decir:
—Buenas noches a todos.
Me quitó el farol de la mano y se encaminó hacia su puerta, que estaba nada más pasar la de The Cleopatra.
Los tres restantes continuamos en silencio por la Diagonal hasta que Islington giró por Sterling después de despedirse con un gesto de la cabeza. Pierce y yo nos abrimos paso hasta casa entre los juerguistas que aún no se habían retirado.
Más tarde
BUENAS NOCHES, EMMA.
¿ Qué opina de lo que ha dicho Hawkes?
¿ QUÉ QUIERE DECIR ?
Solo eso. ¿Qué opina de lo que ha dicho Hawkes?
ISLINGTON TIENE RAZÓN EN QUE HAY ALGO . ¿ ES ALQUIMIA ? NO SAbrÍA DECIRLO CON CERTEZA .
CREO QUE ME DARÍA MIEDO LA IDEA DE QUE HUBIERA UN SIGNIFICADO DETRÁS .
¿Por qué tendría miedo?
NO RECUERDO NI UN SOLO MOMENTO DE MI VIDA EN EL QUE HAYA HABIDO UN VÍNCULO FAMILIAR . UN LUGAR ADECUADO Y UN MOMENTO APROPIADO . ¿ QUÉ DIRÍA ESO ACERCA DE LO QUE HE VISTO Y ME HA TRAÍDO HASTA AQUÍ?
ES ALGO QUE ME INQUIETA .
¿ Y USTED ? ¿ CREE EN ESTA ESPECIE DE LAZO , SEA LO QUE SEA ?
Sí.
Y creo que es bueno.
ME CUESTA CONFIAR EN QUE EXISTA ALGO BUENO .
Sabe que hay cosas buenas. Usted es bueno.
ESTOY REPLETO DE HERIDAS MAL CURADAS .
Usted es una cuarta parte de esta alquimia predestinada. Sin usted, no se convierte en oro.
QUIZÁ.
Sigo disgustada por el rey espartano, Leónidas .
MORIR EN BATALLA ERA LA NATURALEZA DE LOS REYES ESPARTANOS .
Bueno, defendamos el paso.
No hay traidores entre nosotros.
LUCHAREMOS A LA SOMbrA.