Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 29 de octubre
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29 de octubre

Todos los árboles de la calle se han teñido de dorado.

Me pone muy triste.

Más tarde

Anoche subí a acostarme temprano. Un esfuerzo por manifestar a los Poderes Fácticos que pretendo llevar una vida de soledad piadosa en la que envuelvo mensajes de ánimo alrededor de piedrecitas pequeñas y se las lanzo a los transeúntes de Where­abouts Lane.

(Me parece un plan sólido para mi futuro).

Yací despierta durante lo que me parecieron horas, pero al final debí de quedarme dormida, porque, desde luego, me desperté sobresaltada.

Un ruido me despertó y, en la verdad que una descubre tras solo una hora de sueño inquieto, me sentí bastante desorientada: un popurrí de melancolía y traición. El ruido se repitió, como el estruendo de los visigodos arremetiendo contra las puertas.

Me puse la bata de seda de mi madre encima del camisón y seguí los fragores del asedio mientras maldecía las debilidades de Roma, el ego belicoso del Imperio británico y la idea de que irme a la cama a una hora razonable pudiera ocultarme de mi propio estado de agitación.

(Hay que reconocer, no obstante, que tenía intención de lanzarles las piedras a los transeúntes con cierta fuerza, como contrapeso a la desesperación).

Todo esto para decir que, después de haber dejado atrás a Agnes y a Parian, acuclillados junto a la escalera en el vestíbulo, y de haber marchado hacia la puerta principal, mi rostro delataba un nivel de indignación salvaje.

Abrí la puerta de golpe.

Y una horda de gente me arrolló al pasar.

La corte de Oberón, nada menos.

El vestíbulo quedó invadido por un sinfín de figuras vestidas con trajes extrañísimos: con plumas, brillos y cintas, sosteniendo ramas, flautas y tambores, una estela resplandeciente de absurdidades místicas.

Me arrastraron con ello… Con ellos.

Hacia el salón de recibir.

Por encima del bullicio, oí gritar a Agnes. (Se da por hecho que Parian había huido).

Antes de que me diera tiempo a decir nada, apenas consciente de que me habían levantado, por lo que mis pies ya no tocaban el suelo, me descubrí erguida encima del sillón rosa, la reina de todo lo que alcanzaba a ver.

A mi alrededor se congregaban criaturas de otro mundo, se postraban a mis pies como para rendirme pleitesía.

Alguien encendió el fuego. Prendieron velas y las repartieron.

Pensé que estaba atrapada en una visión irreal. Si del cielo o del infierno, aún estaba por decidir. Fue entonces cuando una criatura con una cantidad de plumas impresionante y con trozos de espejo en la ropa se plantó ante mí con los ojos brillantes.

—Señora Lion. —Y me dedicó una reverencia, un gesto a medio camino entre el de un consejero real y el de un bufón de la corte—. Es un placer para nosotros coronarla reina.

—Caballeros, ¿tienen el cetro? —preguntó uno.

—Caballeros, ¿tienen la corona? —preguntó otro.

De entre los pliegues de las extrañas vestimentas, sacaron tales objetos, que resplandecían bajo la luz hechizada.

—Aquí está el cetro para nuestra señora.

—Y aquí la corona.

Para entonces, yo ya tenía los ojos abiertos como platos y estaba del todo convencida de que o bien había encontrado el camino al bosque de Oberón, o bien Pierce tenía razón y existía algo llamado «demasiado Shakespeare».

Entonces una figura se puso de pie en el centro, se metió la mano en un bolsillo y sacó… un cigarrillo.

—Oigan, ¿alguien tiene fuego?

Se elevó una protesta general al mismo tiempo que todos se enderezaban.

—¿Un pitillo? ¿Ahora? ¿En serio? —exclamó un duendecillo del bosque.

—Qué poco sentido de la ceremonia —murmuró otro.

—Este me parece un lugar tan bueno como cualquier otro —se defendió el ofensor.

—Maldita sea, ¿dónde está Striker? ¿Striker?

Yo, de pie sobre el cojín del sillón rosa, en camisón, me tapé la cara con una mano y rompí a reír.

Los Diez Réprobos.

O Nueve. Conté y supuse que Hawkes no se disfrazaba.

—Hola, Réprobos —dije.

—Hola —farfullaron, y el hechizo cuidadosamente tejido empezó a tambalearse con ellos.

El Chico, el que había interrumpido el juego, me lanzó una amplia sonrisa. Qué descaro.

—Les diré una cosa, terminemos con esto y luego veamos qué hay en la despensa.

Tras tres minutos de debate acerca de si debía anunciarse un intermedio y asaltar la despensa con efecto inmediato. Se decidió que concluirían la labor.

—Bien —dijo El Chico, que arrojó el cigarrillo al fuego.

Y así, sin más, todos volvieron a meterse en su personaje y a dar vueltas con las velas en alto.

Entonces, de manera inesperada y ligera, algo me rozó la cabeza.

Grité y, al volverme, vi que uno de ellos —no tenía ni idea de cuál— se había encaramado a un banquito y estaba proclamando algo mientras sostenía la corona justo encima de mi pelo.

—Que Emma Lion sea una buena compañera y la honorable L de A…

—No utilices la abreviatura, Charlie Cross. ¡Es de mal gusto!

—… la honorable Leonor de Aquitania, que se hará acreedora de nuestra más absoluta lealtad, sobre todo un día concreto. ¿El día…?

—¿Que ya se revelará?

—… que ya se revelará.

—Sabemos cuál es el día…

—Pero ella no. ¡Cállate!

Me pusieron un cetro en la mano.

—Será un pilar de fortaleza y… Eh…

—¿De virtud?

Alguien soltó una risita.

Arqueé una ceja.

—¡Virtud y mucho jolgorio!

—¡ MUCHO JOLGORIO !— exclamaron todos.

—¡Cielos! —dije.

—Que sea venerada, que nunca pierda a las cartas y…

—¿Que la inviten a comer bien de vez en cuando?

—Que la inviten a comer bien. De vez en cuando. Que todos los privilegios otorgados a un monarca de nuestro reino se hallen plenamente vigentes, y que nadie (salvo la reina Victoria) usurpe…

—¿Acaso este hombre sabe lo que significa «usurpar»?

—¡Shhh!

—… usurpe su lugar en el corazón de Los Diez Réprobos.

—¡ LOS DIEZ RÉPROBOS ! —bramaron todos al unísono.

Y me estamparon la corona en la cabeza.

Otro aplauso generalizado y alguien encendió las lámparas.

Allí estaba yo. Descalza, con el camisón blanco cubierto por la bata verde de mi madre, el pelo convertido en una maraña revuelta que me caía por la espalda… y la corona en la frente y un cetro en la mano.

Y, mientras Los Réprobos se dejaban caer sobre las distintas piezas del mobiliario —cinco de ellos en el sofá verde—, vi una figura sentada con aire divertido en el rincón más alejado, cerca de la puerta.

El Formidable Nigel Hawkes.

—¡Hawkes! —grité.

En la posición que ocupaba en aquel momento, sonó más bien como un decreto.

Todos Los Réprobos lo vitorearon.

—¡ HAWKES EL ZORRO !

Entonces uno dijo:

—¡A la despensa!

—¡ A LA DESPENSA !

Y salieron dando tumbos de la habitación, donde nos dejaron a mí plantada en el sillón en todo mi esplendor y a Hawkes sentado en el rincón, con un libro en la mano y todo el aspecto de llevar días sin dormir.

—¿Puedo bajar ya? —pregunté.

Él se frotó el interior de un ojo, contuvo un bostezo y cerró el libro.

—Si quiere…

Y así hice.

Entonces nos llegó un grito desde la cocina.

—¡ ISLINGTON !

—Ay, Dios mío, han encontrado el cuadro —murmuré.

Hawkes frunció el ceño con aire inquisitivo.

Me senté. Y no le di ninguna explicación.

—No hace falta que se exilie en un rincón, Hawkes.

—Es posible tenga que salir sin ser visto.

—¿Cómo ha entrado sin ser visto?

—Se habían dejado la puerta delantera abierta. Y sabía lo que tenían planeado.

—Pero ¿no le ha parecido oportuno participar?

—No. Últimamente, me parece prudente evitar ciertos rituales.

—Emma M. Lion, la cristiana, se siente reconfortada por el intachable carácter de su vicario.

—¿Hay más?

—¿Vicarios?

—Emmas M. Lion.

—Emma M. Lion, la Hija del Irlandés, cree que habría estado bien verle sumarse a ellos.

Hawkes sonrió y repitió:

—La Hija del Irlandés.

—Así me llama mi prima.

—Siento lo de su despensa.

—Oh, no hay nada más que unas galletas rancias, los restos de una hogaza de pan y té flojo. Agnes tiene previsto hornear algo mañana.

Fue entonces cuando el sonido de la derrota surgió de la cocina y llegó hasta el vestíbulo.

Para no arriesgarme a otra escena de índole similar, me levanté, crucé el salón y me detuve en el umbral.

—¡Ahí está!

—La encantadora L de A.

—¡Que no tiene más que galletas rancias!

—No me habían avisado —respondí.

—Nunca lo hacemos —afirmó el Guardián de la Noche.

—Nunca —confirmó Quality Jones.

Odiseo añadió:

—Una vez que empiezas a avisar a las mujeres, saben lo que les espera.

(¡Pobre Penélope griega!)

—Exacto —dijo Sargent.

—Exacto —añadí—. Vengan en otra ocasión. Tendré algún tipo de postre preparado. Ahora, márchense todos.

Tras una dosis excesiva de quejas, un reajuste de las máscaras y varias sugerencias de lugares que podrían asolar, Los Diez Nueve Réprobos se sumergieron en la noche.

Hawkes y yo los seguimos hasta el vestíbulo para vigilarlos y, tras unos cuantos empujones y bromas, echaron a correr por la calle.

—¿Qué hago con esto? —le pregunté a Hawkes al mismo tiempo que levantaba el cetro y me daba unos golpecitos con él en la corona.

—Consideraría sensato que los tuviera siempre a mano. Va a necesitarlos.

—Hum. ¿De verdad?

—Sí.

—¿Y si mi reputación queda arruinada después de que algún vecino denuncie las idas y venidas de varios jóvenes en plena noche?

Hawkes miró hacia la calle.

—Yo no me preocuparía. No era más que el vicario del pueblo visitando a los inválidos.

—Me temo que el primo Archibald no está. Aquí no hay ningún inválido.

—Ah, me refería a esos necios amigos míos. Están todos locos.

Sonreí con ganas.

El Joven Hawkes se metió el libro bajo el brazo, las manos en los bolsillos y, tras decir «Buenas noches», se alejó por Whereabouts mientras el griterío de sus amigos resonaba a lo largo de la calle.

Fue entonces cuando pensé que todavía no merecía la pena abandonar del todo la vida; mi vida, en concreto.