26 de octubre
Emma, la chica salvaje:
Esta noche reina el silencio. Un silencio desazonador. Le he robado esta última vela a Phips para escribirte. Me siento extraño y no sé muy bien a qué achacarlo, salvo decir que debe de ser por el polvo y el calor. El agotamiento del día. El intentar no pensar en Inglaterra.
Por alguna razón , siento que mi hogar y tú estáis más lejos. Como si ya no fueran solo kilómetros de tierra lo que nos separa. Tonterías, lo sé. Supongo que los culpables son la añoranza y el aburrimiento. Basta ya de esto.
¿Qué noticias tengo de este lugar? Hace unas mañanas, me olvidé de comprobar si tenía escorpiones en las botas, lo cual provocó un alegre baile. Una oportunidad para que los chicos se burlaran de mí. Mejor así. Por lo de subir la moral y todo eso.
Estoy inquieto.
Lo raro es que no dejo de oír tu voz. Y la mayoría de las veces estás citando a Shakespeare. Una y otra vez, repites esos versos de La tempestad .
Somos la misma materia de la que están hechos los sueños, y nuestra breve vida culmina en un sueño.
¿Es «sueños» o es «vida»? Nunca me acuerdo.
Debe de ser «sueños». Es como si te oyera con absoluta claridad diciendo : «Es “sueños”, Maxwell».
Eso sí que es un recuerdo. Seguir tus pasos entre la hierba alta, oírte repetir esos mismos versos.
Esta noche me hacen sentir pequeño y olvidado.
Una vida desplazada por un mapa impersonal.
¿Me harías un favor? ¿Escribirías ese fragmento sobre los sueños de tu puño y letra y me lo enviarías?
Cualquier cosa que hayas escrito tú, Lion, es una constelación. Pienso en dónde estarás cuando lo anotes. De qué apuro estarás intentando salir; tú, la del inagotable talento para encontrarte siempre metida en líos. En líos buenos, espero.
Mis pensamientos son para ti , además de para cualquier historia que pueda sacar de esta tierra árida y llevarme a casa. No quiero volver aquí cuando todo haya terminado. ¿Te importa? Encontraremos lugares distintos. Otros caminos.
Te quiero, ya lo sabes.
Maxwell