Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 25 de octubre #4
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25 de octubre #4

Creo que me reí por la nariz. O hice algún sonido similar.

—Me encantan las natillas —respondí.

—La animo a intentarlo, entonces.

—Con valor —murmuré mientras probaba un bocado de lo que había ofendido la sensibilidad de Hawkes.

No había dado falso testimonio.

Tosí y cogí el whisky que Pierce había dejado abandonado para poder tragar.

Lo cual me provocó un segundo ataque de tos… Era un licor bastante fuerte.

Podría haber jurado que Hawkes, que se estaba pasando el borde de la mano de un lado a otro por la boca como si estuviera pensando, sonrió con los ojos.

(No hay nada como darse cuenta de que una ha cogido la costumbre de beber delante de su vicario).

A mitad de la cena, Islington y Pierce regresaron.

—Veo que ha probado las natillas —me dijo Islington—. Hawkes, ¿no se lo advirtió?

—Por supuesto —respondió él, y volvió a concentrarse en el libro.

Le pregunté por el Tiziano e Islington me contó la larga historia de cómo su familia había llegado a convertirse en dueña de la obra.

Pierce volvió a su whisky y no mencionó que le faltaba un dedo.

Y yo me terminé la comida sintiendo un alivio tan profundo que creo que podría haber pasado toda la noche durmiendo en la biblioteca si me hubiera atrevido.

Islington pidió vino y fruta y, por si fuera poco, tres tipos de tarta.

—Le gusta la tarta —dijo a modo de explicación cuando me miró.

Nadie me preguntó por los detalles del día.

Yo tampoco los compartí.

En cambio, hablamos de una decena de cosas sin importancia y, en dos ocasiones, me reí de algo. Hawkes no habló mucho. Pierce y yo admiramos la biblioteca mientras Islington hacía comentarios sutiles pero graciosos sobre mi falta de estudios. Luego añadió:

—A pesar de todo lo que se queja sobre su deficiente formación, parece saber bastante.

—Es fingido —respondí.

—Mentira —dijo Pierce.

—¿Qué pasó con los libros de su padre? —preguntó Hawkes, que levantó la vista del suyo—. ¿No era un hombre muy leído?

Y así me encontré contando la historia de cómo perdí la biblioteca de mi padre. Incluí todos los giros trágicos con un humor autodenigrante y esperaba algún tipo de merecido aplauso.

Pero no fue así.

Pierce soltó un taco.

Hawkes hizo una mueca.

E Islington, sentado con la compostura propia de un duque, dijo:

—Eso es terrible.

—Es comparable a La Gran Quema de 1882.

—¿Qué es eso? —preguntó Pierce.

—No quiere saberlo.

Islington se volvió hacia Hawkes.

—¿No le pasó algo trágico a su biblioteca?

—Solo a una parte de ella —respondió el vicario. Luego pasó una página, leyó un párrafo y levantó la vista—. Se me cayó un baúl de libros al mar.

—¡No puede ser! —exclamé—. ¿Cómo?

—Solo diré que había un carnicero, un panadero y un…

—¿Un fabricante de palmatorias? —interrumpió Pierce.

—No. El vellocino de un cordero.

—No era el de Jasón, ¿verdad? —preguntó Islington.

—¿El de Jasón? —quise saber.

—El vellocino de oro de Jasón —respondió Islington—. ¿Falta de estudios?

—No —le repliqué—. Todo el mundo sabe quién es Jasón. Solo es que da la casualidad de que en Whereabouts Lane vive un hombre llamado Jason Andino. Su hermano es pastor de ovejas en Grecia.

Hawkes pasó la página de su libro y carraspeó.

—El vellocino era de Jason. De Andino, quiero decir. No del Jasón mítico, el hijo de Esón, el rey asesinado de Yolco. Bien hecho, señorita Lion.

Pierce negó con la cabeza y luego bebió otro trago.

Sonreí a Islington.

Él adoptó una expresión de gran sufrimiento.

A Pierce y a mí nos llevaron a casa algo después de medianoche. Lo abracé en la acera —sí, una cortina se agitó al otro lado de la calle— y me pareció lo más natural del mundo.

—Gracias —susurré.

—Al final todo irá bien.

—¿Eso cree?

—¿Para usted? Sí.

Cogimos nuestras respectivas maletas, subimos las escaleras y utilicé mi llave para abrir Lapis Lazuli House.

—Buenas noches, Pierce —le dije mientras se dirigía hacia la puerta de su estudio.

Se dio la vuelta y miró hacia donde me encontraba, a mitad de las escaleras.

—¿Es verdad lo que dijo en el tren? —preguntó.

No era consciente de haber pronunciado ni una sola frase coherente.

—¿Qué dije?

—Que no podía imaginarse la vida con nadie más.

Fue extraño. No recordaba haber pronunciado esas palabras. Pero me parecían ciertas.

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. ¿Acaso una vida de amigos no es lo bastante gratificante?

—Puede serlo. Pero no para usted.

Le sonreí con poco ánimo, le di las buenas noches y me dirigí a mi buhardilla.

Claramente incapaz de dormir, me senté junto a la ventana y me vino a la cabeza un sermón que Hawkes había dado hacía meses en el que mencionó el momento en el que Aarón y Hur le sostuvieron los brazos a Moisés.

Tal vez no se parecieran a los del Antiguo Testamento —Pierce, Islington y Hawkes—, pero, fuera cual fuese la extraña confluencia de acontecimientos que los había llevado a sostenerme, era la mano del destino más bondadosa con la que me había topado jamás. Puede que incluso fuera Divina.

Lo cual significa que me he asignado el papel de Moisés.

Me gusta bastante.

Si los hombres se portan muy muy bien, quizá rece pidiendo maná.