25 de octubre #3
Y, tras un minuto de inmovilidad, negué con la cabeza.
Nunca me he caído por un acantilado, pero imagino que habrá un momento en el que los ojos de una se cruzan con los de su acompañante, y tendrás la inquietante certeza de que esa persona es consciente de que vas a caer.
Pierce lo vio, creo, porque se levantó de su asiento y vino a sentarse a mi lado.
Pegó el hombro al mío para apoyarme en lo que fuera que me trajera la caída.
Con cuidado, abrí el sobre y Pierce centró su atención en los campos que se desvanecían con el atardecer al otro lado del cristal.
Leí la carta.
Lloré. Y no podía respirar.
La carta cayó al suelo. Pierce la recogió y se la guardó en el bolsillo.
No dejaba de pensar que tenía que ser el peor día de todos los de mi vida.
Emma Lion y el caos en el que la habían dejado sumida.
Pierce… Ese hombre me mantuvo entera. No le preocupó ni por un momento lo mucho que lloraba. Ni siquiera cuando las caras curiosas se asomaban por la ventana de nuestro compartimento preguntándose por qué, nada menos que en Inglaterra, alguien estaba haciendo alarde de tal muestra de emociones.
No dijo nada, no hizo nada salvo mantenerme cerca. Me sentía como un fantasma al que él mantenía encadenado a la tierra.
En un momento de silencio, cuando aún derramaba lágrimas desatendidas, me atrajo hacia su pecho como si él pudiera soportar los embates de la tormenta en mi lugar. Me quedé dormida, pero fue un sueño inquieto e interrumpido y, cuando llegamos a Londres, ya casi era de noche y yo estaba entumecida.
Bajamos del tren al humo de la estación y Pierce cargó nuestras dos maletas entre el ruido y el ajetreo. La multitud se agolpaba a nuestro alrededor, aunque yo no prestaba mucha atención a nada.
Entonces una voz atravesó la neblina.
—Bienvenidos —dijo Islington al aparecer ante nosotros—. Pierce, Li… ¿Emma? ¿Se encuentra mal?
Pierce respondió por mí.
—Ha tenido un viaje muy duro, Islington. Un día negro.
En ese momento, fallé por completo a todos mis compatriotas. Mi flema británica se mantuvo solo gracias a una determinación dolorosamente obvia de conservar el decoro.
—Entiendo —dijo Islington con una rápida mirada de preocupación—. Mi carruaje está justo en la puerta. Vuelvan conmigo a Baron’s Square. Disfrutaremos de un poco de tranquilidad y comeremos algo en la biblioteca.
Tendría que haberme negado de manera cortés.
Pero el mero hecho de pensar en que tal vez tuviera que enfrentarme al primo Archibald, o a Parian o incluso a la pobre Agnes, me parecía una carga.
—Me encantaría —logré decir.
El trayecto hasta St. Crispian’s fue una visión desdibujada de Londres, poco más que sombras y luces surrealistas.
Islington iba sentado frente a mí mirando con discreción por la ventana, charlando de trivialidades con Pierce, que iba sentado a mi lado, con el peso de los últimos dos días empezando a hacerle mella.
Recuerdo que, cuando llegamos, Islington le dio una orden a su mayordomo y otra a un lacayo; luego nos condujeron a una estancia cercana a la parte trasera de la casa, con lámparas de vitral, estanterías sin fin y dos sofás desgastados uno frente al otro ante la chimenea.
Me hicieron sentarme en uno de ellos mientras Islington y Pierce permanecían de pie, charlando, y una criada avivaba el fuego. La habitación no tardó mucho en calentarse.
Cuando nos quedamos solos, Pierce le susurró algo a Islington antes de que se sentaran tal como lo habíamos hecho en el carruaje. Pierce a mi lado, Islington justo enfrente.
Cuando se abrió la puerta, supuse que sería un lacayo.
Parpadeé. Como una aparición, el Joven Hawkes entró en la habitación.
Pierce —y sospecho que yo misma— puso cara de sorpresa, pero Islington no.
—Buen instinto, Hawkes —dijo—. Emma ha tenido un día complicado. ¿Ha cenado? ¿No? ¿Nos acompaña entonces? Nada formal.
Hawkes se sentó en diagonal respecto a mí y esbozó una media sonrisa triste al mirarme.
No pasó mucho tiempo antes de que uno de los hombres dijera algo, otro respondiese y yo cerrara los ojos mientras escuchaba la cadencia pero no el significado.
Debí de quedarme dormida enseguida.
Cuando me desperté, había vasos de whisky abandonados donde deberían haber estado Islington y Pierce, y Hawkes era el único que me hacía compañía. Estaba contemplando el fuego, con un libro abierto ante él.
Parpadeé y me senté en una posición más decorosa erguida. Antes de que me diera tiempo a preguntar qué hora era, Hawkes —como si me hubiera leído la mente— dijo:
—Son las diez y cuarto. Le han mantenido la cena caliente para cuando esté lista.
—Cielos. ¿Tanto tiempo he pasado dormida?
La sonrisa con la que respondió fue tenue y, con el codo apoyado en el brazo del sofá, se pasó distraídamente la mano por el pelo.
—Han subido a la galería a ver un Tiziano.
—Pues claro que Islington tiene un Tiziano —respondí.
La expresión de Hawkes me dio a entender que era un hecho inevitable de la vida.
—¿Estoy hecha un absoluto desastre?
—No —respondió Hawkes.
—Tengo mucha hambre.
El vicario dejó su libro a un lado y, en un segundo—con la ayuda de una bandeja tapada que yo no había visto—, me puso la comida delante.
El aroma que emanaban las hierbas y el caldo se elevó hasta mí, tan tentador que noté que me escocían los ojos. Otra vez.
—Sopa, pan, queso. Todo muy bueno —dijo Hawkes mientras se arrellanaba en la esquina diagonal del sofá—. ¿Ese plato de natillas? Mejor que lo aparte.