25 de octubre #2
«Es vehemente, Maxwell. ¿Por qué?».
«Cree que no aportas nada».
«Si se refiere a la posición social y la fortuna, tiene toda la razón. Pero no estoy convencida de que no sea Evelyn el culpable».
Maxwell sabía a qué me refería, pero no sabía qué decir al respecto.
El recuerdo me vino a la cabeza justo cuando Pierce dijo:
—Lady Stuart, ¿me disculpa si salgo al jardín? Estoy seguro de que la señorita Lion y usted tienen cosas de las que hablar.
Ella sonrió y su mirada transmitió lo que parecía un agradecimiento silencioso por la intimidad que nos estaba ofreciendo.
—Por supuesto.
Pierce salió por la puerta que había detrás de la mesa, que daba al jardín, justo cuando apareció Evelyn.
Lady Stuart y yo nos quedamos mirando a Evelyn mientras este observaba a Pierce.
Cuando los dos hombres estuvieron lo bastante cerca como para hablarse, Evelyn le ofreció un cigarrillo a Pierce —que este aceptó antes de sacarse una caja de cerillas del bolsillo para encenderlo— y, tras un breve intercambio de palabras, Pierce comenzó a caminar despacio de un lado a otro por el césped mientras Evelyn paseaba describiendo un pequeño círculo.
Las nubes grises habían llegado acompañadas de una brisa y esta azotaba a los hombres.
—Tu señor Pierce —dijo lady Stuart—, ¿estuvo en el ejército?
Tenía muchas más arrugas en el rostro de las que recordaba. Era una mujer que conocía el dolor, que no necesitaba protección. Así que respondí con la verdad:
—No, pero no es un simple fotógrafo de viajes. Fotografía la guerra.
—¿Afganistán?
—Sí.
—Me lo imaginaba.
Se puso de pie, se acercó a uno de los libros y lo abrió. Volvió con un recorte de periódico. Era una fotografía de varios soldados: sanos, jóvenes, alentados por la lejanía del lugar en el que se encontraban. No tardé más de un instante en encontrar a Maxwell, que sonreía.
Habían cortado el artículo, salvo por unos pocos párrafos, y mi vista captó las palabras «pero, tal como recuerda la escena el fotógrafo Niall Pierce…».
—Increíble —susurré.
Y lo era.
Pierce había estado a apenas unos pasos de Maxwell. Le había hecho una foto.
Creo que dije algo acerca de que no lo entendía.
Lady Stuart apretó los labios y negó con la cabeza para contener las lágrimas que amenazaban con brotar.
—El señor Pierce parece un buen hombre. No sé por qué el hecho de saber que vio a Maxwell y posiblemente habló con él supone una diferencia tan grande, pero creo que es así.
—Sí, supone una gran diferencia —convine.
Entonces lady Stuart carraspeó.
—¿Él es tu…?
—Oh —respondí insegura—. No, he… Niall es un amigo. Vive en un apartamento anexo a la casa y me alquila el salón para usarlo de estudio, pero no hemos…
Ella asintió.
—Sí, lo entiendo. Parece un buen amigo, un hombre valiente.
Asentí.
—¿Cómo se quedó cojo?
La pregunta me pilló desprevenida. Me había acostumbrado tanto que casi había olvidado que para los demás era algo llamativo.
—No lo sé, pero sospecho que tiene que ver con una de las campañas que cubría.
Después, cuando le describí la fotografía a Pierce mientras volvíamos caminando a The Frog, se quedó tan sorprendido como yo.
—Sí, la recuerdo. Solo pasaba por allí. Aquellos muchachos acababan de llegar al país y su ingenuidad era tan evidente que pensé: «Maldita sea, ¿por qué no fotografiar un momento más feliz?
». Se la envié a The Times . Buscaban algo motivador, por Dios y por la patria, esas cosas.
Ojalá lo hubiera sabido. ¿Qué soldado era?
—El que estaba más a la izquierda.
—Está de broma. Tiene que estarlo. ¿El de la media sonrisa?
Asentí con la cabeza. Lágrimas silenciosas por un alivio que no entendía.
—Me hizo una pregunta —dijo Pierce, que se detuvo en el camino.
—¿De verdad?
—Me preguntó cuánto tiempo llevaba siendo fotógrafo. Me comentó que le encantaría aprender. «Escríbeme una carta», le dije, a la atención de un amigo que iba a gestionarme toda la correspondencia mientras estuviera en Afganistán. Nunca lo hizo.
Volví a pensar en los soldados, que en realidad eran unos críos. Y reflexioné sobre Maxwell y su media sonrisa. Había fuego en ella. Una expectación que desplazaba cualquier posible desconcierto. Un muchacho que buscaba una vida más allá de la suya. Y lo que encontró fue una lucha.
Pensar que una nueva parte de mi vida había rozado brevemente la antigua fue el regalo más maravilloso.
—No me importaría, Emma —me había dicho lady Stuart cuando me quedé sentada mirando por la ventana mientras agarraba aún la fotografía.
Me volví hacia ella y vi que se estaba mirando las manos.
—No me importaría si él y tú… Si encontraras a alguien como él. Creo que has afrontado la pérdida con valentía, y te lo agradezco, pero creo que Maxwell desearía que encontraras a alguien.
Tardé más de lo que habría resultado cómodo, pero, cuando mi respuesta llegó, fue sincera.
—Entiendo lo que dice, en teoría, pero no soy capaz de ver más allá de los límites de mi propia pérdida.
Ambas miramos por la ventana hacia Pierce.
Fue entonces cuando la tarde, que parecía casi redimida, dio un giro hacia lo violento; no puedo decir que fuera a peor, porque me temo que sentí que el destino quería darle una lección a Evelyn.
(El destino o Emma M. Lion).
Evelyn estaba fumándose otro cigarrillo, con los brazos cruzados, de pie junto al arco de piedra que llevaba a los prados.
Y, mientras Pierce paseaba por el césped, Evelyn le dijo algo.
Pierce levantó la vista y le respondió, a lo que Evelyn replicó.
Todo bastante inofensivo. Pierce no buscaba entablar conversación, así que pasó de largo con las manos en los bolsillos.
Entonces Evelyn se quitó el cigarrillo de la boca con dos dedos, dejó que el humo le saliera poco a poco de entre los labios y dijo algo que hizo que Pierce levantara la cabeza con brusquedad.
Evelyn volvió a hablar.
Pierce le dio una respuesta contundente.
Entonces, con una mueca desagradable, Evelyn replicó y escupió en el suelo.
En menos de tres segundos, Pierce había salvado la distancia que los separaba.
—Ay, Dios mío —dijo la madre de Maxwell.
Me mordí el labio.
Con un solo puño, Pierce agarró a Evelyn por la pechera de la camisa y lo estampó contra el arco de piedra.
Evelyn escupió a Pierce en la cara.
No hace falta decir que Pierce le pegó un puñetazo tan fuerte que Evelyn cayó al suelo sujetándose la nariz.
Pero la cosa no quedó ahí. Pierce esperó mientras su adversario intentaba levantarse y, cuando este alzó las manos en la postura de lucha más teatral jamás vista, Pierce lo golpeó con el puño izquierdo.
Luego, mientras esperaba a que Evelyn dejara de tambalearse, lo golpeó con el derecho.
Lady Stuart ahogó un grito.
Evelyn quedó tendido de espaldas.
Durante un momento, pareció que estuviera muerto.
Luego se llevó una mano a la cara. Pierce se cernió sobre él el tiempo suficiente para que supiera que lo único que lo había salvado había sido su clemencia y después se alejó.
Evelyn se incorporó y le lanzó una mirada furibunda a la espalda de Pierce.
Fue patético, la verdad.
Estaba boquiabierta, no me cabe duda de ello, y miré a lady Stuart esperando ver manos que se retorcían y una expresión de desaprobación.
Sin embargo, me encontré una mirada de absoluta sorpresa, seguida de una risa ahogada que sonó casi infantil.
—Estoy segura de que se lo merecía —logró decir antes de perder el control por completo y romper a reír a carcajadas.
Las risas se convirtieron en llanto y luego en carcajadas de nuevo, seguidas de un suspiro.
—Tu amigo ha puesto a los hombres de mi familia en su sitio —dijo. A continuación, posó la mano sobre la fotografía de Maxwell—. A todos ellos. Según lo que merecen.
—Lo siento mucho, Maryanne.
—No te disculpes. Sin embargo, creo que es mejor que os vayáis antes de que Harry le vea la cara a Evelyn.
—Pobre Evelyn —dije.
—Pobre Evelyn —repitió la mujer, y la tristeza que se había disipado momentáneamente volvió a apoderarse de ella.
Nos pusimos en pie y ella cogió algo de una mesita auxiliar cercana.
—Mi marido revisó las pertenencias de Maxwell cuando las enviaron a casa. Esto estaba entre ellas. La encontré hace unos meses. Sin abrir y sin enviar. Un regalo y un pecado. Siento haber tardado tanto en dártela.
Me entregó un sobre gastado con mi nombre escrito del puño y letra de Maxwell.
Demasiado sorprendida para expresar con palabras lo que aquello significaba, le di un abrazo a lady Stuart y, al contrario que el día anterior en el cementerio, ella me devolvió el gesto sin reservas: un adiós a la hija que no llegó a ser.
Cogí mi sombrilla, mi sombrero y mis guantes, además de los guantes y el sombrero de Pierce, y salí al jardín.
Pierce apareció cuando solo había dado unos cuantos pasos por el camino de grava y, sin mediar palabra, caminamos hasta la verja y salimos al camino.
La carta me pesaba como una piedra en el bolsillo y tardé un momento en darme cuenta de que Pierce estaba hablando.
—¿Hum? —pregunté.
—He dicho que perdón.
—¿Por amenazar a lord Stuart o por pegarle a Evelyn dos puñetazos más de los necesarios?
—¿La verdad? Por ninguna de las dos cosas. Pero detesto pensar que he molestado a lady Stuart. Parece una buena mujer.
—Ah. Se ha reído.
—¿En serio? —Y Pierce sonrió—. Me he partido el nudillo de la mano derecha. He chocado hueso con hueso, me temo. Estará hecho un cuadro durante un mes.
—¿Qué le ha dicho?
—¿Me perdonaría si no se lo contara? —preguntó Pierce.
Y yo, sabedora de que Evelyn dice cosas que no deben repetirse, respondí que sí.
Volvimos al pueblo por el camino largo, y cuando llegamos a The Frog and Crown el peso de los minutos del día me hizo desestabilizarme. Estaba tan agotada como Sísifo y no deseaba comer, solo marcharme lo antes posible.
Tras dar un paseo hasta la estación y esperar un cuarto de hora, llegó el tren de las seis con destino a Londres. Nos adueñamos de un compartimento vacío e intenté escribir en mi diario, pero no tardé en rendirme.
Fue entonces cuando le mostré el sobre a Pierce.
—¿Necesita intimidad?