Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 25 de octubre
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25 de octubre

Las cinco de la mañana.

Solo he dormido tres horas y, aun así, me las he arreglado para soñar una y otra vez con que estaba sentada junto a lady Stuart en la sala con vistas al jardín de atrás.

La entrada de ayer se quedó muy corta a la hora de relatar lo que ocurrió en realidad.

Quizá sea mejor así.

Los ángeles vengadores tienen sus propios métodos para manejar estas situaciones, pero eso no significa que debamos pregonarlos a los cuatro vientos.

Más tarde

Debería hacerlo. Dejarlo todo por escrito. Antes de que la memoria me juegue una mala pasada.

Algún día me alegraré de haberlo hecho.

Más tarde

Cruzar la puerta delantera de Barrows Edge era algo que estaba firmemente convencida de que no volvería a hacer.

Aunque tampoco es que ocurriera a menudo.

No me invitaban demasiado, a menos que fuera bajo la estricta vigilancia de tía Eugenia.

No, Maxwell y yo pasábamos más tiempo en los campos de los alrededores, colándonos en la cocina para sacarle a la cocinera todo lo que pudiéramos con nuestras zalamerías.

Ella nos tenía mucho cariño a los dos. Y siempre nos guardaba los secretos.

Hay un mayordomo nuevo, y él fue quien nos condujo a la estancia verde situada en la parte trasera de la casa. Menos formal que el salón de recibir habitual, con vistas a los jardines traseros y a la zona de césped en la que solíamos jugar al fútbol.

Lady Stuart nos recibió con calidez. Pálida en su luto riguroso.

El té era más formal de lo que esperaba, pues había cuatro juegos de cubiertos dispuestos en la mesa redonda ante los ventanales altos y amplios.

—Evelyn iba a acompañarnos, pero está en el jardín y veremos si… —Las palabras se fundieron con su monólogo interior—. Ya lo conoces, Emma. No pongamos excusas para su mal comportamiento. En cualquier caso, estaremos más cómodos los tres solos. Por favor, tomen asiento.

Así lo hicimos. Pierce a contraluz, delante de las ventanas; lady Stuart y yo, una a cada lado de él, la una frente a la otra.

—Me alegro mucho de que hayan podido venir —dijo lady Stuart mientras preparaba el té—. ¿Toma azúcar, señor Pierce?

—Eh, sí. Una cucharada. Gracias.

—¿Emma?

Asentí con la cabeza.

Nos sirvió.

Los tres nos sumimos en los rumores de un té tranquilo.

Era una compañía extraña. Intentamos, en varias ocasiones, introducir más palabras que una simple respuesta.

—Hacía muchísimo que no te veía, Emma. Cielos, ¿cuándo fue la última vez que estuviste en Barrows Edge?

Intenté esbozar una sonrisa al recordarlo, pero no creo que lograra disimular el dolor que me produjo aquella visita.

Me habían recibido el padre de Maxwell y Evelyn.

Ninguno de los dos se había mostrado galante.

No quise decirle que había sido la semana posterior a la muerte de Maxwell.

Que ella estaba en su habitación y que su marido se había negado a decirle que había ido a verlos.

—Parece que ha pasado una eternidad —respondí. Luego, unos instantes después, probé a decir—: ¿Cómo ha ido la cosecha de las granjas este año?

—Oh. —Miró más allá del terreno herboso—. Ha sido abundante, creo. Tendrías que preguntárselo a lord Stuart. Siempre anda detrás del administrador para asegurarse de que todo va bien en ese aspecto. A Evelyn no le importan mucho esas cosas, pero a Maxwell…

Distraída, bebió un sorbo de té tibio.

—¿Sigues en Bournemouth, Emma?

—No. Mi trabajo allí terminó y ahora estoy en Londres, en Lapis Lazuli House.

—Ah. —Sonrió, pero fue un gesto forzado que me dijo que no entendía a qué me refería.

No creo que Maxwell les hablara a sus padres de mis vínculos con Londres.

Mejor así.

Entonces llegó el momento más sincero y descarnado.

—Me han dejado a mí la tarea de elegir la inscripción para la lápida, y la verdad es que…

no se me ocurre nada apropiado. Si a ti se te ocurre…

cualquier cosa, en realidad. —Antes de que me diera tiempo a responder, sonrió con una expresión de disculpa en el rostro—.

Lo siento. No era mi intención mencionar…

Sí, bueno. Señor Pierce, qué detalle por su parte acompañar a Emma. ¿Es usted un amigo de Londres?

—Sí —respondió él—. Le alquilo un estudio a la señorita Lion.

Omitió el detalle de que vivía al otro lado de la pared.

—¿Un estudio? —La cara se le iluminó ligeramente—. ¿Es usted artista? ¿Tu padre no era artista, Emma?

—Sí, lo era.

Luego volvió a mirar a Pierce.

—Soy fotógrafo.

—¡Qué moderno! Debe de ser emocionante. ¿Qué fotografía?

No me di cuenta de que inhalaría de forma tan audible, pero tendría que haber confiado en que Pierce se desenvolvería sin problema.

—Estoy empezando a hacer bastantes retratos.

—Ah. —Comenzó a servirnos una segunda taza a todos sin preguntarnos si la queríamos—. ¿Y antes de eso?

—¿Antes?

—Ha dicho que está empezando con los retratos.

—Antes de eso viajaba.

—El tema del artista y los lugares lejanos —reflexionó lady Stuart.

Contuve la respiración.

—Sí, justo —contestó Pierce—. Lugares remotos. Paisajes inimaginables.

—Vaya. No suelo oír a mis invitados hablar de lugares remotos ni paisajes inimaginables. Debe de haber ido muy lejos.

—Así es.

—¿A qué países?

—Ah, a unas cuantas decenas. América y Europa, por supuesto. Oriente Próximo, el… Bueno, distintos lugares del continente africano.

—Qué vida tan emocionante ha llevado. Le envidio.

Lo dijo con amabilidad, pero, cuando pronunció esas palabras en voz alta, los tres —estoy segura de ello— estábamos pensando en la joven vida que se había perdido.

Y así continuamos.

Hasta que el mugriento entró en la habitación.

Lord Stuart.

—Maryanne, me… Oh —dijo al verme.

—Tenemos invitados para el té —comentó lady Stuart con una sonrisa.

Él asintió.

—Hola —saludó de la manera más desagradable que pudo.

—Lord Stuart —respondí.

—¿Nos acompañas? —lo invitó lady Stuart.

—Estoy demasiado ocupado, gracias.

Y se dio la vuelta para marcharse. Pensé: «Qué maravilla que el padre de Maxwell haya desarrollado algún tipo de sentido del decoro durante mi ausencia».

Hasta que volvió a girarse.

—No, no, no puede ser.

—¿Querido?

Pero él me estaba mirando a mí.

—¿Qué hace usted aquí, señorita Lion? La última vez que vino, le dije de forma expresa que ni era bienvenida ni deseábamos volver a verla en mi casa nunca más.

—¡Harry! —susurró lady Stuart con aspereza.

Pierce se tensó a mi lado. Le puse una mano en la rodilla.

—He venido porque su esposa me ha invitado —respondí con la mayor serenidad posible.

—Y han tomado el té, a juzgar por las pruebas que hay sobre la mesa —dijo lord Stuart.

Fue inoportuno y amargamente cómico que la criada entrara en ese momento con una bandeja llena de sándwiches y pasteles para reponer la mesa, que estaba casi intacta. Como percibió la tensión con la misma claridad que cualquiera de nosotros, entró y salió en un tiempo récord.

A aquellas alturas, Pierce tenía la cabeza gacha y la mirada clavada en las manos. No paraba de mover la rodilla arriba y abajo, como si le estuviera costando un gran esfuerzo permanecer sentado en silencio.

—Harry, de verdad, creo que deberías… —comenzó la madre de Maxwell.

—Veo que lo has sustituido con mucha facilidad —interrumpió lord Stuart.

Pierce levantó la cabeza de golpe.

—No he… —empecé a defenderme, pero él me cortó de nuevo.

—Sin ti, Maxwell no se habría alistado.

—¡Harry! Eso no es cierto.

Pero no era necesario que dijera nada, porque Pierce se puso en pie. La silla que ocupaba retrocedió con el movimiento; Pierce miró a lord Stuart de hito en hito. Los ángulos marcados de su rostro expresaban algo más que una amenaza callada. Parecía peligroso.

Noté que se me sonrojaban las mejillas y evité la mirada compasiva de lady Stuart.

Pero los abusones no suelen callarse.

—Tengo derecho a decir lo que me dé la gana en mi propia casa —afirmó lord Stuart.

—Me importa tres demonios —respondió Pierce despacio—. Haga lo que quiera. Despotrique, vocifere, amárguele la vida a todos los que le rodean. Pero, si va a por la señorita Lion, yo iré a por usted.

Se quedó tan callado que oí los latidos de mi propio corazón.

El caso es que muchas veces, tumbada en la cama, he ensayado esta escena: la de poner en su sitio a lord Stuart mientras lady Stuart se retuerce las manos.

Y, en todas mis fantasías, digo la verdad con una ferocidad tal que lord Stuart se queda callado.

A veces sale de la habitación hecho una furia.

A veces se da cuenta de sus errores y suplica perdón.

A veces tiembla y se pone rojo, y yo paso junto a él con mi superioridad y mi victoria moral.

Pero nada, ni una sola de las cosas que me había imaginado capaz de hacer, podría igualar jamás la actitud silenciosa y amenazante de Pierce.

Después de abrir y cerrar la boca tres veces, lord Stuart dijo al fin:

—Márchese de mi casa, gañán.

Y entonces lady Stuart se puso de pie.

—Harry, estos son mis invitados. A quienes yo misma pedí que vinieran. Que se han comportado con tacto y decoro en todo momento. Algo de lo que tú no puedes presumir. Ahora, vete a calmarte a otro lugar.

Yo quería que nos disculpáramos y nos marcháramos, pero la tensión entre marido y mujer me mantuvo clavada en el sitio.

El padre de Maxwell se marchó.

La madre de Maxwell se quedó mirando la puerta cerrada el tiempo necesario para recuperar la compostura.

—Emma, señor Pierce…

—No hace falta que se disculpe —dije.

—Desde luego que no —añadió Pierce.

—Es necesario —insistió ella—. Hace tiempo que lo es. Por favor, siéntense.

Yo me senté. Pierce no.

Fue un momento horrible, de verdad.

Entonces lady Stuart prosiguió:

—Sé cómo te trató, Emma. Tú no fuiste la responsable de que Maxwell se alistara, ni mucho menos. Las dos sabemos que mi hijo buscaba aventuras y que nada lo habría detenido.

Volvió a sentarse y respiró hondo.

—Deberíamos irnos… —comencé.

—Por favor, no, Emma. Quiero decir más cosas y necesito tiempo para ello. Por favor, siéntese, señor Pierce.

Una vez le pregunté a Maxwell por qué su padre me había tomado una aversión tan vehemente.

«No es vehemente, Lion».