24 de octubre
Esta mañana Pierce ha dicho:
—Estos bosques me recuerdan a mi hogar.
—¿Dónde está su hogar? —le pregunté.
—En un lugar que dejó de serlo hace mucho tiempo. Dónde estaba tiene poca importancia.
Más tarde
Por la mañana volvimos a salir a pasear a pesar de la lluvia que nos sorprendió en los campos lejanos.
No me apetecía quedarme en el pueblo y toparme con alguna cara conocida.
Por supuesto, todo el mundo sabía que Barrows Edge había devuelto a casa al hijo muerto, y todo el mundo sabía que Maxwell era…
Ni que decir tiene que los largos y silenciosos surcos que atravesaban el paisaje de mis recuerdos de verano fueron un bálsamo para mi alma enmarañada.
Volvimos a The Frog a mediodía para almorzar y ahora me estoy preparando para el té. Pierce está en su habitación y, hace unos momentos, cuando llamé a su puerta, dijo:
—Pase.
Abrí la puerta, pero me quedé en el pasillo.
Si a mi tía le llegaran rumores de que he entrado en la habitación de un hombre en The Frog…
Enviaría a un asesino.
O a Guy Fawkes.
Él —Pierce, no Guy Fawkes— estaba escribiendo una carta sentado a un escritorio junto a la ventana, con el abrigo colgado del respaldo de la silla. Se había limpiado las botas y se había cambiado de ropa.
—¿Está intentando responder a su obscena cantidad de correspondencia? —le pregunté al mismo tiempo que me apoyaba en el marco de la puerta.
Dejó la pluma sobre la mesa y se recostó en la silla.
—«Intentando» es la palabra clave de su frase.
—Y yo que pensaba que era «obscena».
Sonrió con ironía y arqueó una ceja; el cabello oscuro le confería un aire totalmente gótico.
—Ya entiendo por qué tiene tantos amigos —dije.
—Ah, ¿sí? —respondió en tono desdeñoso.
—Es usted leal, Pierce. Un amigo de verdad y todo eso.
Volvió a mirar la carta.
—Si acaso, es egoísmo. Me gusta la gente buena. Me recuerda a cómo era yo.
Más tarde
Me parece que el trayecto de vuelta a casa en tren dura horas, incluso días, a pesar de que no hace más de quince minutos que salimos de la estación. Pierce se ha ido a hacer la escasa excursión que le permite el pasillo estrecho; lo veo inquieto, con los nudillos doloridos y sin remordimientos.
Puede que haya habido finales más violentos para un té y un paseo por el jardín; sin embargo, yo aún no he oído hablar de ellos.
Supongo que una no se hace con un perro guardián si no quiere que muerda nunca.