Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 23 de octubre
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23 de octubre

—Tienes mi humor negro, Emma. Al menos, el potencial para emplearlo. No dudes en utilizarlo cuando sea necesario.

—Declan, no.

—¿Por qué no? Puede ser algo muy útil.

Estas eran las palabras que tenía en la cabeza esta mañana, un recuerdo de mis padres flotándome en la mente antes de que lograra despertarme del todo.

O bien era una broma cósmica —innecesaria, pensé—, o bien mi propio subconsciente intentaba darle a este día sombrío cualquier ventaja que estuviera a su alcance.

Creo que ha empeorado las cosas.

Más tarde

No conseguí escribir ni una sola línea en el tren. Hice un pobre intento de leer el periódico que Pierce había comprado en la estación de St. Pancras. Acabé retorciendo distraídamente las páginas entre las manos enguantadas hasta que Pierce se vio obligado a rescatar lo que quedaba.

No dijo nada. No lo hizo esta mañana, cuando sacó mi pequeña maleta hasta el coche de caballos o cuando se llevó aparte a una preocupada Agnes y le susurró unas palabras.

(Al parecer, la preocupación de Agnes por mí superaba el miedo que él le daba).

Tampoco habló mientras comprábamos los billetes y buscábamos un sitio en el tren: mi reflejo en un lado de la ventana, el suyo en el otro.

Ayer solo me hizo una pregunta sobre el viaje.

—¿Hay algún lugar que desee visitar mientras estemos allí?

—Sí —respondí, consciente de que había lugares que merecían algún tipo de bendición.

—¿Habrá alguna posada? ¿Un mesón donde podamos pasar la noche?

—Sí.

Y por eso, tras bajar del tren, nos dirigimos a The Frog and Crown, La Rana y la Corona.

—¿Qué los poseyó para ponerle semejante nombre? —preguntó Pierce.

—Una rana, imagino —dije mientras entrábamos.

Él se encargó rápidamente de reservar dos habitaciones. Aunque me dio vergüenza no haber pensado en el pago, Pierce se ocupó de ello sin siquiera mencionarlo.

Una vez dentro de mi habitación, me senté para arreglarme el pelo.

Me vi pálida en el espejo.

Tía Eugenia tiene la Firme Convicción de que el duelo de algún modo proporciona una gran belleza a las jóvenes. Yo no estoy de acuerdo.

El verde de mi vestido era demasiado alegre. Los guantes negros y el sombrero, un homenaje demasiado pequeño.

«A quién demonios le importa», me dije maldiciendo al estilo de un tal Niall Pierce.

Durante un momento me sentí mejor…, y luego pude sentir la reprimenda de mi madre muerta.

Y me sentí peor.

Pierce estaba en la puerta de The Frog, esperándome como una tormenta en el horizonte, con los brazos cruzados.

Cuando di un paso adelante, me ajusté los guantes y dije: «Vamos por la parte de atrás». Él asintió y me siguió sin decir palabra.

La presencia natural de Pierce se fundía con el día de octubre y, mientras caminábamos por la parte trasera del pueblo y nos adentrábamos en el camino rural, apenas lograba distinguirlo del día.

Los primeros veinte minutos transcurrieron en silencio. Luego:

—El periódico decía que iba a celebrarse en la parcela familiar del cementerio de Barrows Edge.

—Sí.

Frunció el ceño.

—Una ironía extraña.

—¿Qué? —pregunté.

—El nombre. Porque el oficial al mando de Maxwell se llamaba Barrows.

—Sí… Supongo que sí —respondí, aunque aquello no tenía mucho sentido para mi mente absorta.

No estaba preparada para la inquietante familiaridad.

Para que el camino me recordara. Para el paseo por la hondonada, medio convencida de que tenía quince años y había escapado de alguna tediosa responsabilidad en Spencer Court.

Y, al salir de entre los árboles, cuando la vista se amplió, sentí que debía volverme hacia Maxwell y comentarle cuántos se habían talado recientemente.

Y luego aparecieron los dos postes de piedra de la entrada del cementerio, apenas visibles en lo alto de la colina. Había una figura apoyada contra uno de ellos fumando un cigarrillo con aspecto de que preferiría estar en cualquier otro sitio.

Evelyn.

Mi vacilación hizo que Pierce levantara la vista.

Vio a Evelyn, realizó algún cálculo mental que se le reflejó en el rostro y se rezagó medio paso.

Continuó caminando en diagonal con respecto a mí, extendiendo un silencioso tablero de ajedrez entre ambos.

Quizá para que no pudieran abordarme sin encontrar resistencia.

Demasiado pronto llegamos a los postes de la puerta.

Me habría sido imposible mantener ni un solo pensamiento sin asomar a mi rostro en ese momento.

Así que él lo supo. Me vio y supo lo enfadada que estaba.

Paseó la mirada de forma fugaz por mi ropa antes de desviarla hacia Pierce, a mi lado.

Sin tener la decencia de parecer arrepentido, ni siquiera avergonzado, se conformó con un destello de incomodidad que enseguida quedó oculto bajo la apatía que tan bien conoce.

—Emma —dijo.

—Evelyn.

En el momento que siguió, en la manera en que apretó el cigarrillo consumido contra la piedra que tenía detrás y lo tiró al camino, su silencio dijo: «Sé que tendría que haberte escrito».

Me quedé mirando el extremo aplastado de la colilla, conté hasta diez y luego levanté la vista. Mi forma de decir: «Me debías eso, como mínimo».

Pierce, bendito sea, no dijo nada. Su nube de tormenta permaneció a mi espalda.

Evelyn dijo:

—Empezarán en breve.

Como si fuera una familia ajena a la suya la que iba a enterrar a su hijo predilecto.

Asentí con la cabeza.

Quise preguntarle si estaba bien. Pero entonces se sacó otro cigarrillo del bolsillo, lo encendió y tiró la cerilla. Esa fue su forma de decirme que no tenía nada más que dar, ni a mí ni a ninguna otra persona.

La actitud desafiante de Evelyn siempre ha sido su protección.

Hice amago de pasar junto a él cuando dijo:

—Tenían que asegurarse, tenían que verificar que era su cadáver. Los registros eran pura confusión. Habían informado de su muerte en dos lugares distintos.

No pude volverme para mirarlo al instante; me limité a escuchar sus palabras mientras esperaba ese dolor punzante que sientes cuando sabes más de lo que crees que puedes soportar.

—Exhumaron dos tumbas, los pobres necios. Pero, cuando decidieron que lo habían encontrado, enviaron a casa todo lo que llevaba encima y no se había podrido.

Miré de reojo el rostro de Evelyn.

Fue entonces cuando se sacó algo del bolsillo, lo sostuvo en el puño un momento —como si quisiera comprobar el peso— y luego abrió la mano.

Un pequeño colgante desgastado: un círculo de oro con las iniciales EML .

El colgante que mis padres me regalaron por mi décimo cumpleaños.

El colgante que le había puesto en la mano a Maxwell la mañana en la que se marchó.

—Es él, sin duda. Lo has encontrado, Lion.

Y entonces me lo dejó caer en la mano, tiró el cigarrillo recién encendido al suelo y pasó junto a mí hacia el grupo de personas que esperaba el comienzo del servicio.

Se me escapó un ruido confuso y me dispuse a seguirlo; sin embargo, la voz de Pierce me hizo detenerme.

—No empezará hasta dentro de diez minutos. No es necesario que se dé prisa.

Tras darle las gracias a Pierce sin pronunciar palabra, me di la vuelta y bajé por el camino. Me detuve cerca de una pequeña arboleda y respiré más hondo de lo que las lágrimas podían alcanzar.

En pocas palabras, Emma M. Lion se estaba desmoronando.

Más tarde

No recuerdo mucho del servicio. Bueno, sí, pero todo está envuelto en destellos de sentimientos que no soporto plasmar.

La madre de Maxwell se sorprendió al verme.

No sabría decir si para bien o para mal.

Su padre no me saludó, no saludó a nadie.

Se limitó a abrirse paso entre la gente con su presencia, tan abusón como de costumbre, dándose tono y haciendo caso omiso de los demás.

Tenía el mismo bigote irritante de siempre.

Evelyn se escabulló hasta colocarse detrás del puñado de invitados, de los cuales no reconocí ni recordé a ninguno.

El vicario llevaba solo dos años en aquel cargo, así que no tenía nada personal que decir. Y lo único que alcancé a ver fue un ataúd horriblemente ornamentado, hundido en el suelo y conteniendo solo Dios sabe qué.

Pierce se cernía sobre mi hombro izquierdo, tres pasos por detrás, tratando de ser tan invisible como podía, pero lo bastante parecido a un ave de presa como para hacer que todos los presentes lo miraran una o dos veces, incluso lord Stuart.

El servicio fue breve.

Las palabras bíblicas que se eligieron no fueron las más hermosas.

Hawkes, pensé, habría hecho un trabajo mucho más apropiado.

Luego, todos dimos un paso adelante y arrojamos un puñado de tierra sobre la tapa del ataúd. Excepto la madre de Maxwell.

Lady Stuart solo podía centrarse en mantener su compostura en un punto emocionalmente aceptable.

Daba la impresión de ser lo más difícil que había hecho en su vida.

Apenas se pronunció el amén final, lord Stuart se encaminó hacia la casa. Evelyn lo siguió, con su esbelta y elegante figura encorvada sobre otro cigarrillo. Su aspecto no podría haber transmitido mejor la sensación de que nada le importaba.

Los demás invitados se dispersaron.

Lady Stuart miró a su marido mientras este se alejaba y luego dio unos pasos vacilantes hacia mí.

—Emma, qué agradable sorpresa verte. Me alegro mucho de que hayas venido.

Nos abrazamos, pero fue un gesto frágil.

—Lady Stuart.

—Tu tía está fuera, la han invitado a pasar unos días en casa de unos amigos, como seguro que ya sabes. Se marchó antes de que fijáramos la fecha. Nos ha enviado sus condolencias.

—Estoy segura de que tanto ella como Arabella desearían estar aquí —respondí.

Lady Stuart asintió y miró a su alrededor con nerviosismo.

—No me importa que la concurrencia haya sido escasa. Ha pasado tanto tiempo que algunas personas ni siquiera… Bueno. ¿Y tu amigo?

No había sido una falta de educación por mi parte, sino la incertidumbre de imponer cualquier tipo de carga sobre aquellos hombros delgados.

—Sí. —Di un paso hacia atrás para que Pierce, automáticamente, pasara a formar parte de nuestro círculo—. Lady Stuart, le presento a Niall Pierce. Es fotógrafo y era… Bueno, es un amigo.

Los ojos azules de lady Stuart se iluminaron con una gracia acostumbrada a estar en el punto de mira.

—Señor Pierce. Es un placer conocerle.

—El placer es mío —respondió él, y acompañó sus palabras con una simple inclinación de cabeza.

—Hoy es —lady Stuart se aclaró la garganta— un día difícil en muchos aspectos. Me temo que no estoy en mi mejor momento. ¿Vendrían mañana por la tarde a tomar el té?

No estaba segura de si Pierce querría quedarse tanto tiempo y titubeé a la hora de responder.

—Sería estupendo —contestó Pierce.

—Por supuesto —balbuceé.

Acordamos que volveríamos a Barrows Edge a las tres en punto, y entonces lady Stuart siguió la figura distante de su negligente marido.

La observé mientras se alejaba.

Parecía un mirlo con un ala rota.

No tardó mucho en recorrer la suave pendiente que llevaba a la casa.

Y, sin que tuviera que decirle nada, Pierce se apartó y se fue a pasear por el perímetro más alejado mientras yo permanecía junto a la tumba aún abierta.

A menos que uno sea Hamlet, siempre he pensado que hablar en voz alta con uno mismo encaja mucho mejor en una comedia que en una tragedia.

Qué sensiblero resulta siempre en la página.

Pero, oh, desventura, no siempre podemos estar a la altura de nuestros ideales. Por muy cargados de humor negro que estén.

Todo empezó cuando me quedé mirando el ataúd y me imaginé a Maxwell dentro, como si estuviera dormido o recién fallecido. Inmóvil, pálido, pero… entero.

Hermoso.

Creo que Dios me perdonará esta mentira.

Entonces, sin darme cuenta del todo, me encontré recitando el temido soliloquio del duelo. Mencionando estúpidos juegos infantiles y tardes largas y verdes, todo ello para evitar despedirme, porque no sabía cómo hacerlo.

Sentía que era el momento adecuado.

Un adiós.

Con tres años de retraso.

Seguro que hasta él desea que los que nos quedamos lo digamos y acabemos de una vez.

Maxwell tenía un gran corazón, pero sabía dónde poner límites al sentimentalismo.

Casi oía su voz: «Bueno, Lion, Evelyn tiene razón.

Me has encontrado. Ha sido un buen viaje, pero me voy.

Y tú también, a seguir tu propio camino».

—¿De verdad me voy a seguir mi propio camino? —dije en voz alta.

Cómo habría torcido Maxwell la boca al sonreír.

—Lo averiguarás.

—¿Qué averiguaré?

—Cuál es el siguiente paso. ¿Cómo era lo que decía Shakespeare? ¿La materia de la que está hecha la vida?

—Los sueños —murmuré—. Dijo sueños. «Somos la misma materia de la que están hechos los sueños, y nuestra breve vida culmina en un sueño».

—Los sueños, la vida, descubrir qué hace uno después de morir en el desierto…

—¿Para ti fue un descubrimiento?

—En cierto modo. —Guardó silencio un instante—. Siempre hay ayuda, por supuesto.

—Es de suponer.

—Me voy, Lion. Y tú no. Tu vida sigue más allá del punto en el que me marché. Como debe ser.

—¿Debe ser así?

—Sí.

—¿Aceptas que lo consideremos una discrepancia?

Se echó a reír.

—Acepto darte tiempo para creer tal cosa hasta que veas que tengo razón. Hasta que estés preparada.

—Una nunca está preparada.

Y mi propia voz me resonó en los oídos y, de pronto, estaba de vuelta.

En el cementerio. Sola. A finales de octubre, entre el canto de los pájaros y las nubes grises, consciente de que había un hombre apoyado en la pared sombreada de la iglesia, con una pala al lado, dispuesto a enterrar el cuerpo de Maxwell en cuanto la joven solitaria fuera capaz de soportar dejarlo para siempre.

Todavía no sé si fue producto de mi imaginación —un intercambio autárquico para aliviar la insoportable visión de su tumba abierta— o si, a saber cómo, Maxwell había encontrado la manera…

Con qué claridad me pareció oír su voz.

Esa voz.

La que había sido la única.

Más tarde

Estoy en The Frog and Crown, sentada a una mesa junto a una ventana polvorienta. Pierce acaba de traer algo de aspecto sospechoso en un vaso. Le he dicho que no quería nada fuerte y él ha sonreído mientras se sentaba.

—No es alcohol.

He levantado el vaso con sana desconfianza y luego he bebido un trago largo.

Era sidra de manzana, recién prensada. Y deliciosa. Tras apurarlo con la distinción de los que están agotados, he dejado el vaso en la mesa y he dicho:

—Tomaré otra.

Pierce se ha reído. Y ha ido a encargarse de mi petición.

Más tarde

Esta noche solo hay dos viajeros más en The Frog and Crown, y hace una hora que cenaron y subieron a acostarse.

Pierce y yo, cansados tras una silenciosa y larga tarde de caminar, caminar y caminar, nos hemos acomodado junto al fuego.

Yo, con mi diario; él, con una copa y sus pensamientos.

Bendito sea el hombre que sabe guardarse sus propios consejos cuando una no soporta hablar.

Más tarde

He encendido una vela por mi padre.