Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 22 de octubre
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22 de octubre

Es casi medianoche y llevo horas sin hacer nada más que mirar por la ventana.

He visto cuadros que representan escenas trágicas y, a veces, en ellos aparece una mujer con una mano sobre la boca para ocultar el dolor de ese momento. Es curioso que me haya sorprendido haciendo eso mismo ya dos veces mientras contemplo la oscuridad.

He visto que los hombres en estas situaciones maldicen y beben.

Y que las mujeres se quedan de pie junto a la ventana.

No me parece muy justo.

Ya he terminado de meter las cosas en la maleta, las pocas que necesitaré. Pierce me ha dicho que prepare una bolsa para pasar la noche. «Nunca se sabe con estas cosas», comentó.

Y pensar que permanecería sumida en una ignorancia dichosa y estaría profundamente dormida si esta mañana no hubiera mirado hacia un lado y hubiese dejado que mis dedos curiosos…

Bueno. Ya no puede evitarse. Tampoco desearía alterar el extraño curso de los acontecimientos.

Quod id est id est

Lo que es es.

Por la mañana subí a Primrose Hill.

Mis sentimientos por octubre son intensos: un amor profundo por el aire fresco, por una estación que transforma el paisaje hacia y por medio de la muerte.

Siempre me ha encantado. Y esta mañana, mientras estaba sentada en el banco cerca de la cima de la colina contemplando Londres y sus árboles, allí estaba.

Un ejemplar de The Times felizmente abandonado.

Me gustan los periódicos descarriados.

Suelen tener algo interesante que decir.

Me apropié de él y abrí la página para echar un vistazo a las noticias del día.

Fue entonces cuando lo vi.

El anuncio del funeral.

Lord y lady Stuart anunciaban el funeral de su hijo, Maxwell Edward Shaw Stuart, repatriado tres años después de su muerte en Afganistán. El entierro tendrá lugar el 23 de octubre del año de Nuestro Señor de 1883.

Mañana.

Van a enterrar a Maxwell mañana.

Y Evelyn, que me prometió que me escribiría, no lo ha hecho.

Bajé a toda velocidad hacia St. Crispian’s con el anuncio aferrado con fuerza en el puño.

No oía nada. No veía nada de aquellos con quienes me cruzaba.

Tenía los ojos cegados por la furia o las lágrimas.

Deseaba lanzar una piedra contra una ventana.

Maldecir algo, cualquier cosa. Darle rienda suelta a la ira.

Y entonces me choqué con una pared y estuve a punto de caerme.

O con lo que yo creía que era una pared.

Tuvo que agarrarme por la muñeca y decirme «Tranquilícese» para que me diera cuenta de que se trataba de Pierce.

Le puse una excusa poco convincente e intenté pasar a su lado, pero él me detuvo.

—¿Emma?

—En la calle no —logré decir.

Le entregué el periódico arrugado y salvé los pasos que me separaban de Lapis Lazuli House.

Pierce me siguió.

Sin decir nada, entré directamente en su estudio.

Cerró la puerta a nuestra espalda. Lanzó el periódico sobre su mesa de trabajo.

—¿Mañana? —preguntó.

—Mañana —repetí con los dientes apretados—.

Evelyn prometió avisarme. Yo iba a estar allí.

Ahora me lo perderé. ¡No tengo nada que ponerme, salvo mi abrigo viejo y raído!

Aunque eso da igual, porque no tengo dinero para el tren.

El banco ya estará cerrado a estas horas, no queda gran cosa en las cuentas de la casa y no puedo hacer nada al respecto.

—¿La misa es a las once?

—Eso dice.

—Berkshire no está lejos. ¿Cuánto tardaría, una hora como mucho? Si coge el tren de las ocho, llegará con tiempo de sobra.

Es imposible que una esté orgullosa de lo turbulento de su propio dolor. La razón se convierte en cautiva mientras que todos los malos modales salen a la luz. Respondí desde ese lugar.

—¡¿No me ha oído, Pierce?! —casi grité—.

¡No tengo forma de comprar el maldito billete!

Esperaba disponer de cierto tiempo. Esperaba que me avisaran con dos semanas de antelación para poder prepararme y buscar algún tipo de solución con mi banquero.

O vender alguna cosa de valor para pagar el billete y el alojamiento si fuera necesario. Lo tenía todo planeado.

—Yo le compraré el billete.

Lo dijo con gran naturalidad, sin aspavientos ni enfado. Y de repente me sentí tonta y estúpida.

—¡Desde luego que no! No soy una indigente. No aceptaré una caridad que no necesito.

Su expresión no mostraba desdén hacia mis principios, sino más bien hacia mi terquedad.

—No he dicho en ningún momento que sea una indigente, y no es caridad. Voy a comprarle el billete de tren. Y es más, voy a ir con usted. —Me tendió un pañuelo—. Está moqueando.

Parpadeé, carraspeé e hice un ruido poco elegante.

—¿Haría eso por mí?

—¿Darle un pañuelo? —Sonrió—. Por supuesto.

—No bromee.

—Perdone.

—¿Vendría conmigo?

—Claro que voy a ir con usted. No sea tonta. Mis amigos no van solos a la guerra.

—No tengo un vestido negro. Madame Tasset me está haciendo uno, pero todavía no está terminado.

—Murió hace tres años. Ninguna convención debería exigirle que vaya toda de negro. Lleve otro vestido y póngase unos guantes negros y su abrigo negro. Solucionado. ¿Cuál de sus vestidos de día le habría gustado más a Maxwell?

—Debería ponerme el morado. Al menos es de medio luto —dije con un suspiro—. A Maxwell, sin embargo, le habría encantado el verde.

—Póngase el verde.

—Su padre…

—… puede tirarse al lago.

La imagen del temible lord Stuart lanzándose al lago fue un estímulo inesperado.

Volví a sorberme los mocos, usé el pañuelo, hipé y respiré hondo.

—¿Y si me lo hubiera perdido?

—No se lo ha perdido.

—Lo he visto en un periódico abandonado en un banco del parque. ¿Y si lo hubieran enterrado y yo no me hubiera enterado nunca?

—Lo ha visto.

—¡Por casualidad!

—Por casualidad, por accidente, porque Maxwell la quiere allí. ¿Quién sabe?

—Pero…

—Quizá lo haya organizado Maxwell. No sé cómo demonios funcionan estas cosas, pero puede que él le haya hecho llegar la información.

Teniendo en cuenta que es un hombre que desprecia a la Iglesia, no me esperaba una muestra de fe así.

—¿Cree que le importa?— pregunté.

—¿Cómo no iba a importarle?

Y así Pierce me mandó a hacer la maleta. A través de la pared, me llegaban los ruidos de él haciendo lo mismo. Odio… Odio la idea de mañana más que cualquier otra cosa.

Más tarde

VÁYASE A LA CAMA, EMMA.

La finca de los Stuart linda con la casa de mi tía. Puede que ella también esté allí.

¿LE PREOCUPA?

No aprobará mi presencia. Se pondrá difícil. En cuanto a que le vea conmigo…

SI ESTÁ ALLÍ, NO SERÉ MÁS QUE UN AMIGO QUE MAXWELL HIZO EN AFGANISTÁN. USTED Y YO NOS CONOCIMOS EN EL CAMINO O ALGO POR EL ESTILO. NO HARÉ NADA QUE SE LO PONGA MÁS DIFÍCIL. DEBERÍA DORMIR.

SIGUE DANDO VUELTAS POR LA HABITACIÓN.

Ya he terminado. Me estoy preparando para acostarme.

LE ESPERA UNA BATALLA ARDUA POR LA MAÑANA.

BUENAS NOCHES.