Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 21 de octubre
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21 de octubre

Ha sido domingo de poesía.

Hawkes ni siquiera hizo un preámbulo sobre el Antiguo Testamento. Se limitó a comenzar con «Eco», de Christina Rossetti.

Ven a mí en el silencio de la noche,

en el silencio de un sueño que habla,

con los pómulos suaves y con fulgores

de sol en la mirada.

Ven y regresa en llanto,

memoria, anhelo , amor de años acabados.

Oh, sueño, dulce sueño, qué agridulce,

debiste concluir en pleno cielo,

donde almas de amor permanecen, suben;

donde ojos sedientos

miran la lenta puerta

que nos impide, abriéndose, volver atrás, fuera.

Ven entre sueños para que yo viva

otra vez, aunque helada. Entretanto,

si volvieras te correspondería

latiendo, respirando.

Susúrrame, agáchate,

como hace tiempo, amor, tantísimo hace.

Este comienzo no auguraba nada bueno para la congregación. Alguien contuvo un sollozo. ¡Un sollozo! Y Hawkes, sin prestar atención a las penetrantes sutilezas de su voz, siguió en la misma línea. Terminó el sermón con una doble dosis de Tennyson. Suficiente para arruinar cualquier alma.

Leyó «Cruzar la barrera».

Esa estrofa final…

Pues, aunque lejos de nuestros límites de Tiempo y Lugar

la corriente me lleva ,

a mi Guía espero a la cara mirar

cuando haya cruzado la barrera.

Ese habría sido un final apropiado, y Hawkes parecía ansioso por cerrar el libro.

Sin embargo, apretó los labios. Y —como en contra de su voluntad— volvió a abrir el Tennyson.

Tras una visible lucha consigo mismo, se le hundieron los hombros y, con una luz de disculpa en los ojos, paseó la mirada por la congregación.

Muerto a su guerrero a casa le llevaron .

Ella no se desmayó ni rompió a gritar.

Todas las doncellas que la observaban aseguraron:

«Si no quiere fallecer, tiene que llorar».

Cantaron sus alabanzas en voz baja y apacible,

lo llamaron digno de ser amado,

el amigo más fiel y el enemigo más noble,

mas acabaron sin que ella hubiera llorado.

Una doncella echó a andar con paso ligero,

se acercó al cadáver con precaución,

le quitó el paño de la cara al guerrero;

aun así, ella ni se conmovió ni lloró.

Y ahí lo dejó.

Hawkes no leyó la última estrofa, donde le sientan a su criatura en el regazo y las lágrimas al fin brotan.

No, nos dejó junto a la tumba, con la mujer incapaz de llorar.

Y con aire afligido —juraría que me miró a los ojos durante el murmullo de un instante— dio por finalizado el sermón. Ni siquiera pronunció un «amén».