20 de octubre
Mary ha venido a cenar esta noche.
Hasta me cambié para la ocasión.
Agnes se puso contentísima.
El primo Archibald había cenado antes, siguiendo nuestro acuerdo, y luego pasó un cuarto de hora gritando sobre indecencias e indigencias en el vestíbulo. No creo que conozca la diferencia entre ambas palabras.
Pierce no nos ha acompañado.
En cuanto a la comida, ha sido tan magnífica como lo permite nuestro presupuesto mensual. Agnes puede estar orgullosa de sí misma.
—¿Cómo está Jack? —pregunté durante el segundo y último plato.
(Oh, la elegancia de Lapis Lazuli).
—Ha desaparecido por completo.
—Ah, ¿sí?
—Intenté enviarle un mensaje y recibí una nota diciendo que no estaría disponible hasta noviembre.
—¿Que no estará disponible? ¿Qué quiere decir eso?
—No me dio detalles. Trabajo, supongo. Tiene que ganarse la vida de alguna manera. Yo, desde luego, le pago una miseria.
—Podría ganarse la vida colocando ladrillos —respondí en un tono bastante arrogante para ser alguien que lleva tiempo pensando, en vano, en qué tipo de empleo sería capaz de desempeñar—. Pero sospecho que no será nada tan honrado. Y también sospecho que no necesita tu dinero.
—Me dijo que lo ayudaste con un trabajo el mes pasado —comentó Mary con una inclinación de cabeza nada inocente.
Me metí un bocado estratégico en la boca para no tener que responder verbalmente.