27 de octubre
¿Qué fuerza me pide que le encuentre sentido a esa carta? Que mida las muescas de mi dolor, que me cuestione mi cordura. Me dice: «Aquí estás, Emma. Habla con tus muertos. Será doloroso».
No sé distinguir si es cruel o bondadosa.
Más tarde
He escrito los versos de La tempestad , tal como me pedía, y se los he enviado a lady Stuart con una nota que le explica que esas fueron las últimas palabras en las que pensó y que podrían ser apropiadas para su lápida.
Cansada en todos los sentidos.
Lleva toda la mañana lloviendo.
El colgante con las iniciales ha vuelto a la cadena de la que salió y descansa en el fondo del cajón de mi escritorio, debajo del montón de notas que Pierce y yo hemos intercambiado.
Más tarde
Islington ha venido esta tarde.
Pierce acababa de terminar de hacerle un retrato a una amiga de lady Trewartha —que había oído «cosas maravillosas sobre su trabajo»— y se unió a nosotros.
Los últimos y raídos momentos de la semana se dedicaron a poco más que una conversación distraída, sin rumbo fijo.
Fue agradable. Ninguno de los dos mencionó que tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar.
La tormenta se ha desplazado hacia el norte, el cielo de Londres se encuentra inusualmente despejado, así que las ventanas estaban abiertas de par en par, aunque Agnes me dijera después que no era apropiado.
Suspiré.
—Pareces demasiado angustiada por el asunto, Agnes.
—Oh, señorita, es solo que una dama no abre las ventanas de su salón de par en par. Y menos en presencia de un duque. Verá, es por el polvo. Y por la falta de decoro.
—Entiendo.
—Ahora que el asunto del polvo se ha resuelto, señorita Lion, quería preguntarle si me dejaría librar la noche de la feria de la víspera de Todos los Santos. Después de que ilumine las calabazas de la ventana.
—Por supuesto. Y ni siquiera tendrás que preocuparte por las calabazas. Le encargaré la tarea a Parian.
—Oh, gracias.
Agnes volvió a la cocina toda contenta.
Y yo volví a mi buhardilla.