Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 11 de octubre #3
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11 de octubre #3

—¿Su tía lleva todo este rato en la biblioteca? ¿No tiene hambre? —balbuceé al imaginarme a una pobre mujer (bueno, de pobre nada) con un vestido de noche, sufriendo en la biblioteca con su abanico y soñando con una sopa de tortuga.

—¿Ha oído hablar alguna vez de la condesa de Alwick? —preguntó Islington.

—Pues… —Levanté las manos y negué con la cabeza—. ¿Debería haber oído hablar de ella?

Pierce soltó una risita.

—Hasta yo la conozco de oídas, Emma.

Hawkes pasó una página.

—Mi tía es escritora —respondió Islington—.

Está más loca que una cabra. Ha aceptado una bandeja en la biblioteca y está absorta redactando su última novela.

Cuando le pregunté si quería unirse a nosotros, me dijo: «Ni aunque me persiguieran los perros del infierno. Tengo que terminar el capítulo trece».

—¿Acaso el don de la escritura es cosa de familia? Me cuesta imaginar que los textos de su tía sean mejores que los suyos.

Islington entornó los ojos.

Estaba claro que pensaba que el hecho de que me refiriera a él como un buen escritor se acercaba demasiado al temido secreto de que había leído su diario.

Dos veces. Habría podido evitar lo que dije a continuación si el hombre no se lo hubiera merecido.

Pero ¿para qué están los Islington si no es para divertirse un poco de vez en cuando?

—Vamos, no sea tan modesto. Esas cartas sentimentales que me ha enviado son pura poesía. ¿Le pidió a Hawkes que lo ayudara a escribir los poemas?

Hawkes levantó la vista.

Islington abrió la boca, luego volvió a cerrarla.

Estoy segura de que tenía preparada una réplica mordaz, pero su código ético personal lo obligó a contenerse.

Lo único que delataba la curiosidad de Pierce era que no paraba de toquetear con una mano la servilleta que había quedado en la mesa mientras que Hawkes había cerrado el libro y se había recostado en la silla con los brazos cruzados, como si estuviera contemplando una escena espontánea en una obra cómica.

Islington apretó la mandíbula, la movió de un lado a otro. Sonreí.

—Estoy bromeando, Islington. No me cabe la menor duda de que sería incapaz de juntar dos palabras que tuvieran sentido. Y mucho menos una carta sentimental. Es providencial que su tía represente a la familia en ese aspecto.

—Desde luego, Lion.

El mayordomo apareció con la intención de servirles bebidas a los hombres. Algo que jamás he presenciado, ya que las damas siempre se retiran antes. Esperaba que Islington me mandara a sentarme con la condesa de Alwick hasta que preguntó:

—¿Qué va a tomar, Lion? ¿Limonada? ¿Ginebra de endrinas? —Luego añadió en tono desafiante—: ¿Whisky?

—No saque la ginebra de endrinas —respondió Pierce por mí—. Lion prefiere algo un poco más fuerte. Tomará oporto.

—No bebo oporto —siseé.

—Conmigo sí —afirmó Pierce.

Su expresión distaba mucho de ser inocente.

El Joven Hawkes arqueó una ceja.

—Sí. Bebí oporto con usted. Pero no lo bebo. De manera habitual. Ni siquiera lo he bebido dos veces. Hay una gran diferencia.

La hay.

Y ahora, en el registro de mi vida, lo mantengo. Hay una gran diferencia.

—¿Demasiado para usted? —preguntó Islington.

—He visto a la señorita Lion apurar un Cleopatra de un solo trago —comentó Hawkes en voz baja, arrellanado en la silla y tamborileando distraídamente con los dedos sobre la mesa.

Pierce no entendió a qué se refería, pero Islington sí. Se le ensombreció el rostro.

—¡Por el amor de Dios, qué hacía allí bebiendo eso!

—¿Y con el vicario? —añadió Pierce en un murmullo.

Con un gesto piadoso, me acomodé un nido invisible en lo alto de la cabeza y pedí un café.

En algún momento del ritual de Lo Que Hacen Los Hombres Una Vez Que Las Mujeres Han Abandonado El Comedor (respuesta: nada más que más charla), pensé en la tía de Islington y pregunté:

—¿Qué tipo de libros escribe la condesa de Alwick?

—Piratas, pícaros, peligrosos bandoleros con pistolas… —respondió el duque.

—Que rescatan a mujeres en apuros —añadí yo.

—No. Los pícaros y los bandoleros son mujeres que rescatan a hombres en apuros.

Estuve a punto de aplaudir.

—Está de broma. ¿Cómo tolera el mundo editorial semejante idea?

—No la toleró al principio, así que la condesa se compró una editorial. Desde ese día, ha vendido suficientes libros como para que todas vengan corriendo a buscarla.

— Brava! ¿Son buenos?

Islington bebió un sorbo de oporto y luego dijo:

—No lo sé, porque no he leído ninguno.

Miré a Pierce.

—A mí no me mire. Evito a los bandoleros por norma.

—Una pena.

El Joven Hawkes, que había vuelto a su libro, dijo sin levantar la vista:

—A mí me gustó La maldición de los grajos .

Luego, como si acabara de recordar algo, Hawkes se levantó, nos miró a los tres uno por uno y se marchó sin siquiera decir adiós.

—Qué raro —dijo Pierce.

—No en el caso de Hawkes —respondió Islington—. Es una especie de asombroso… Es decir, parece saber cuándo lo necesitan. Y desaparece sin más.

Pierce y yo no tardamos en hacer lo mismo.

No llegué a ver a mi acompañante, la condesa de Alwick, pero espero que terminara el capítulo trece.

Los novelistas, Dios los bendiga, son unas aves muy raras.