Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 11 de octubre #2
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11 de octubre #2

—¿Es un hombre de Iglesia? —preguntó sin rodeos.

Entonces ocurrió la cosa más extraña. El Joven Hawkes se limitó a curvar la mitad de su sonrisa.

—El Joven Hawkes es nuestro vicario —aclaró Islington.

—¿No es cura? —preguntó Pierce en un tono áspero mal disimulado.

—No —contestamos Islington y yo al unísono.

—Basta con que me llame Hawkes —respondió él.

Una vez hechas las presentaciones, todos nos sentamos a la mesa, Islington y Hawkes a un lado y Pierce y yo al otro. El mayordomo me apartó la silla para ayudarme a sentarme.

—Perdone la informalidad, señorita Lion —dijo Islington—. Buscaba una velada más tranquila que ostentosa.

—Siempre perdono la informalidad —respondí—. Ahora bien, el comportamiento infame…

Al duque pareció hacerle gracia.

Y nos sirvieron el primer plato.

Saber que era tan bienvenida como cualquier otro contribuyó en gran medida a que me calmara y no tardé en relajarme.

Tampoco me preocupaba el hecho de estar cenando a solas con tres hombres, tres hombres solteros, ni lo considerablemente problemático que resultaría que tal hecho saliera a la luz pública de la sociedad educada. No, no me preocupaba en absoluto.

Eso no es cierto.

Me sentí escandalosa.

Al principio.

No obstante, a pesar de lo incómoda que me sentía por haber sido el blanco de la broma, mientras comíamos y charlábamos, ocurrió algo maravilloso.

Hawkes, que al parecer es muy amigo de Islington, sonrió un poco más de lo que estoy acostumbrada a ver, solo un poco.

No convendría que perdiera por completo su expresión de filósofo un tanto afligido.

E Islington se mostró cercano y encantador.

Entretanto, Pierce —con su nube de tormenta a raya— llenó la sala con sus anécdotas.

En cuanto a mí, bueno, dije lo que se me pasaba por la cabeza y a veces incluso resultó ingenioso.

Y, en algún momento entre medias, una llave encajó en la cerradura, se abrió una puerta.

Como si los cuatro hubiéramos creado una habitación que antes no existía.

Lo cual parece una locura.

¿Cómo expreso lo que quiero decir?

Islington, que mantiene una larga amistad con Hawkes y una familiaridad cómoda con Pierce, parecía haber decidido que yo también tenía un hueco en los círculos que conforman su vida.

Hawkes era… Bueno, Hawkes. El proveedor de su propio reino silencioso.

Pero, en su tiempo libre, estaba rodeado de menos misterio y de más diversión de lo habitual.

Pierce —a quien he visto desenvolverse con una tranquilidad espectacular en público— se mostraba aún más sereno en aquella comodidad.

Sin fingimientos, sin poses. Permitió que el humor impregnara los recuerdos que compartió.

También se cuidó de que sus pullas contra todo lo religioso no hicieran mella, mientras que Hawkes parecía disfrutar del desafío que suponía el desdén espiritual de Pierce.

Todas estas dinámicas crearon una sensación que no sabría definir.

Pero sentí un cosquilleo en la nuca, como un susurro de una edad dorada.

Parece una tontería escribirlo ahora. Pero hubo un momento en el que ya se había retirado la comida y todos nos quedamos en silencio mirando alrededor de la mesa. Creo que no fui solo yo quien sintió que se estaba gestando algo. Solo que no entendíamos qué.

—Lion —dijo Islington en medio del silencio.

—¿Qué? —respondí con brusquedad.

Solo había una persona que me hubiera llamado así alguna vez.

—Pierce, Islington, Hawkes. —Me miró—. Lion.

Lo miré con sorpresa.

—¿Quiere que le felicite por haberse acordado de cuatro nombres después de llevar casi tres horas en nuestra compañía?

—Me ha parecido que le quedaría bien.

Me quedaba bien. Me queda bien. Solo que el propietario original de tal uso fue Maxwell.

Pierce, creo, con los ojos medio encapotados, vio mi fantasma. Evaluó mi silencio. Lo miré, y luego aparté la vista pensando que era absurdo sentir que necesitaba el permiso de Maxwell.

Es, al fin y al cabo, mi apellido. Por derecho propio.

—Lion —respondí—. O Emma. Pero solo aquí. Entre ustedes, quiero decir. Si se corriera la voz de que he cenado sin acompañante y con tres hombres, ¡tres hombres solteros!, que además me llaman Lion, mi reputación estaría arruinada. Incluso en St. Crispian’s.

Islington irguió los hombros ya erguidos y me miró con lo que parecía una mezcla de diversión y resentimiento a partes iguales.

—Jamás me habían acusado de arruinar la reputación de una mujer.

—¿Cómo llamaría a esto?

Hawkes, que había sacado su libro en cuanto habían retirado los platos, sonrió por encima de la página que estaba leyendo.

—Mi tía, la condesa de Alwick, que vive al lado, está cómodamente instalada en la biblioteca con el propósito expreso de cubrirla si fuera necesario —informó Islington—.

En cuanto a mis sirvientes, son igual de comunicativos que los muertos.

Tiene tanto acompañante como discreción. Estese tranquila.

¡Vaya!