Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 11 de octubre
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11 de octubre

Todo empezó de manera muy inocente.

De verdad.

El destino me ha repartido una mano de cartas y no sé qué hacer con ella.

Con ellos.

Con nada.

Aunque, sea lo que sea lo que acaba de ocurrir, siento que va a marcar el rumbo de mi vida.

Pierce, que ha puesto en marcha todo el ardid, es un sinvergüenza.

Pero será mejor que no me adelante a los acontecimientos.

Por la mañana, salí a dar un largo paseo con mi libro Frases en latín para los impenitentes.

Acta deos numquam mortalia fallunt .

Las acciones de los mortales nunca engañan a los dioses.

Volví, me quité los guantes y, cuando le estaba echando un vistazo al correo, se oyó un golpeteo rápido en la puerta del salón grande.

Me quedé inmóvil.

Volvió a oírse.

Así que hice lo que haría cualquier joven decente.

Dije:

—¿Hola?

La puerta se abrió. Pierce, con el periódico en la mano y una expresión distraída en la cara, me anunció sin ceremonias:

—Esta noche cenamos en casa de Islington. A las ocho en punto.

Creo que mi grácil respuesta fue algo así como:

—Eh… Pero… ¿Vamos a…? ¿Ha enviado una invitación? Tenía otros planes.

Levantó la vista.

—¿Puede cancelarlos?

—Pues…

Guardé silencio un instante para evaluar la situación.

Una nunca cancela un plan. (Lección setenta y nueve de lady Eugenia Spencer).

Pero solo es una velada tentativa para jugar a las cartas con Mary. Tentativa. Quizá una no pueda alterar una Velada, pero, si no puede cambiar los Planes Tentativos, ¿qué nos queda, entonces, en nuestro mundo incivilizado?

Así que respondí:

—Sí. Puedo reorganizar mi agenda.

—Bien —dijo Pierce, y luego—: Estaré en su puerta a menos cuarto. ¿Vamos caminando?

—¿En qué puerta? —pregunté, y él levantó la mirada por encima de mí y señaló la delantera.

—En esa.

—Muy bien.

Volvió a su trabajo.

Y pensé: «Islington me ha sorprendido. Una invitación a cenar por medio de un corresponsal de guerra».

La buhardilla estaba hecha un verdadero desastre, así que pasé la tarde ordenando, arreglando, bajándole a Agnes la ropa que había que lavar, limpiando el polvo de mi estantería y de los seis libros.

Le envié una nota a Mary en la que le ofrecía mis disculpas y que terminaba diciendo:

Perdóname por cancelar el plan. Te lo contaré. Te divertirá.

Con la cena en casa de Islington en mente, contemplé mis vestidos.

¿Qué tipo de personas eran su gente? ¿Cuántas iban a asistir al evento?

¿Cómo de formal era una invitación informal a la cena de un duque?

(Esta última frase suena contradictoria).

Como no tenía nada en qué basarme, pequé de…

Bueno, me puse el vestido verde mar, el que me hace juego con los ojos.

Dado que no tenía joyas y no quería ponerme el vestido que tía Eugenia me había arreglado —sin duda, el más elegante que poseo, pero ¿demasiado elegante?

—, y dado que no tenía ni idea de lo que llevaría el resto de las mujeres asistentes, pensé que el verde mar estaría a la altura de las circunstancias.

Agnes, bendita sea, me ayudó a arreglarme el pelo y el resultado fue atrevido pero muy favorecedor.

Casi oí a Arabella decir: «Ahí está mi hija de irlandés».

Parian trepó hasta lo que ha empezado a llamar las Hébridas Exteriores para informarnos con resentimiento a Agnes y a mí de que Pierce estaba esperando abajo.

—Bastante elegante para ser un tipo tan tosco —resolló.

—¿De verdad? —dije mientras examinaba mi reflejo preocupado.

—Está preciosa, señorita —me aseguró Agnes con una sonrisa radiante—. El duque la verá desde el otro lado de la mesa, a la luz de todas las velas y el cristal brillante, y se enamorará de usted.

Me reí a carcajadas.

—Oh, Agnes, qué perspectiva tan horrible.

Parian y ella parecieron decepcionados, aunque por distintos motivos. Agnes, por la pérdida de su cuento de hadas. Parian, por la pérdida de trabajar en la casa de un duque.

Cogí un chal color crema, me recogí la seda de las faldas lo justo para salvar varios tramos de escaleras y bajé a reunirme con Pierce.

Era cierto que estaba guapo, tanto como la noche en la que lo vi, poco después de que se mudara a Lapis Lazuli Minor, a la luz de las farolas de la calle con aquel aire tan misterioso. No tenía un aspecto ni remilgado ni demasiado pulido, sino sofisticado.

—El intrépido señor Pierce —dije—, tan a gusto cenando con los ricos y nobles.

—Para nada —respondió. Luego, el fantasma de una sonrisa—. Usted es la que vuela alto en esta casa. Yo nado en las aguas profundas.

—¿A quién acaba de elogiar?

—A los dos. ¿Vamos?

El paseo fue agradable. Ninguno de los dos hablamos mucho.

—¿Le gustan las cenas con muchos invitados? —pregunté mientras cruzábamos Baron’s Square.

—Depende de quiénes asistan. Si son amigos —extendió las manos—, no me importa. Si son clientes, como suele ser el caso, me aburro ocho de cada diez veces.

Luego, mientras subíamos los escalones hacia la puerta delantera, dijo:

—No creo que vaya a tener que preocuparse por las formalidades de una gran cena. Esta será bastante pequeña.

—¿A qué se refiere? —pregunté justo cuando se abrió la puerta.

El mayordomo desvió la mirada desde el señor Pierce ha­cia mí.

—Adelante. El duque…

—No hace falta, Crosby. Estoy aquí. No nos compliquemos. Este hombre es fotógrafo de guerra. No necesita formalidades vacías. Quiero presentarle a una persona, Pierce.

En ese momento —en ese momento terriblemente esclarecedor—, el duque me vio.

Se detuvo en seco.

Me entraron ganas de retorcerle el pescuezo a Pierce y arrojarlo a los lobos.

Islington no dijo «Ah», pero sopesó y evaluó mi existencia recorriéndome de arriba abajo con su mirada de ojos color avellana.

Me di cuenta de que concluía que no estaba a la altura, lo cual en «latín impenitente» significa que Islington no me había invitado a la cena.

—Veo que ha traído protección, Pierce. Señorita Lion, bienvenida.

Pierce e Islington se estrecharon la mano.

—Un buen hombre habló una vez de los mejores ángeles de nuestra naturaleza. La señorita Lion es el mío.

—¿Los mejores ángeles? —preguntó Islington mientras me dedicaba una sonrisa.

Yo, sin saber muy bien cómo disculparme por haberme presentado sin estar invitada, respondí con malicia:

—Para la historia que compartimos, Islington, es usted tremendamente grosero.

—Venga, señorita Lion. ¿Qué hay de malo en bromear un poco entre amigos tan antiguos?

—¿Cuánto tiempo hace que se conocen? —preguntó Pierce.

—No mucho… —contesté yo.

—Años… —respondió Islington.

Pierce nos miró, receloso de nuestra simultánea contradicción.

—Hablando de malos modales, no voy a tenerles esperando de pie en el vestíbulo. Señorita Lion, sígame, por favor. Pierce.

La historia recordará que no, el duque no me ofreció el brazo.

Pobre Agnes.

—¡No me había invitado! —le siseé a Pierce.

Aun en la penumbra —el duque tenía más luces de velas que de gas; un tanto quijotesco para 1883—, vi la sonrisa pícara de Pierce.

—A mí sí me habían invitado, y la invité a usted porque sabía que a Islington no le importaría.

Mi madre se habría horrorizado.

Tía Eugenia se horrorizaría si alguna vez llegara a sus oídos.

(Arabella sonreiría y me diría que había sido muy traviesa).

Y entonces, porque no soy capaz de mantener la boca cerrada, añadí en un susurro:

—¡Traidor de las Tisbes inocentes del mundo! ¡Rata!

—¿Tisbe? —susurró él a su vez—. ¿La de Píramo y Tisbe?

Me libré de responder, pues en ese momento Islington nos condujo a lo que supongo que es uno de los comedores de la familia.

Con una iluminación tenue. Cómodo. Masculino.

La mesa estaba puesta para cuatro (probablemente, la razón de que Islington nos hubiera retenido en el vestíbulo, pues su mayordomo habría tenido que rectificar la situación y añadir el cuarto cubierto).

Miré a mi alrededor en busca del otro invitado a nuestra —a su— reducida cena.

Y, oh, sorpresa, ¿quién estaba justo al otro lado de la sala, con el hombro apoyado en la repisa de la chimenea, la cabeza inclinada sobre un libro y el pelo revuelto de una forma poco clerical y muy agradable?

Hawkes.

El Joven Hawkes.

El vicario.

La autoridad divina de St. Crispian’s.

Islington fue todo modales impecables a pesar de la informalidad.

—Sé, por el estado de su alma, señorita Lion, que ya conoce al Joven Hawkes.

Oh, Islington. Siempre tan ingenioso.

—Así es. Sí, eh, lo conozco. —Recuperé la compostura y dije—: Hola, Hawkes.

No me pareció que el vicario se extrañara al verme, pero sí que sentía curiosidad.

—Buenas noches, señorita Lion.

—Buenas noches.

—Qué grata sorpresa verla aquí.

Entonces sonrió.

—Me han secuestrado.

—Suena dramático.

—Está resultando serlo.

—¿Secuestrada, señorita Lion? —me recriminó el duque—. Esa definición es excesiva, ¿no le parece?

—Le dije que estaba invitada y la obligué a cancelar un compromiso anterior.

Pierce proclamó su pecado con una naturalidad descarada.

—Los hombres sabremos sobrellevarlo —respondió Islington sin sonreír.

Como si fuera una leprosa.

—Yo… Yo, desde luego…

Mi determinación de salir corriendo de allí aumentaba por segundos. Me libraría como pudiera, con elegancia o sin ella, y disfrutaría de mi humillación en el solitario bastión de mi buhardilla.

Pero el Joven Hawkes dijo en voz baja:

—Creo que le están tomando el pelo, señorita Lion.

Islington y Pierce se miraron. Pierce, la personificación de la Malicia pura y dura. Islington, con tal aire de superioridad que no pude evitar exclamar:

—¡Criaturas horribles! ¡Horribles!

—Por supuesto que le dije a Pierce que la invitara —soltó Islington al mismo tiempo que señalaba la mesa con cuatro servicios—. Iba a mandarle una invitación, pero él se ofreció a hacerme el favor.

—Ahora sé que me considera un filisteo —añadió Pierce—, pues cree que la invitaría a la mesa de otro hombre.

—Es usted un filisteo —confirmé con una mirada furibunda.

—Hablando de filisteos… —Islington señaló a Pierce—. Hawkes, ¿conoce a…?

—Niall Pierce —dijo el Joven Hawkes, y le tendió la mano—. Es un placer.

Pierce se puso tenso y luego, mirando con recelo al Joven Hawkes —como si la religión fuera algo contagioso—, le estrechó la mano.