10 de octubre
Cuando volví tras dar un paseo a media tarde, la casa olía de maravilla. Mis investigaciones me llevaron a descubrir que Agnes (la Agnes de verdad, la cocinera, no la Agnes falsa, la acompañante) estaba preparando un caldo de pollo para la señora Spires.
—No se encuentra bien, señorita, y he pensado que la receta de mi madre la animaría.
—Es un gesto muy considerado por tu parte. Qué suerte tiene la señora Spires.
—Sí, señorita.
Conservo un bonito recuerdo de un día de junio en el que salí a pasear por St. Crispian’s con mi padre.
De pronto, me dio un codazo, se agachó y me dijo: «Si alguna vez quieres pasarlo bien, pequeña Emma, fíjate en la señora Spires.
Se toma muy en serio la virtud cristiana de sentirse ofendida por todo el mundo».
Cuando le repetí esas frases a mi madre, ella suspiró, le lanzó una larga mirada a mi padre y me mandó a leer el Sermón de la Montaña hasta la hora del té.
Estaba rememorando esto con cariño cuando me di cuenta de que Agnes seguía hablando.
—¿Qué decías, Agnes?
—Solo que me alegro de poder hacer estas cosas por usted, ya que mi madre dice que una gran dama no tiene tiempo para llevar a cabo sus propios actos de servicio cristiano y, por tanto, sus sirvientes deben hacerlos por ella.
—Bien hecho. ¿Para dejarme a mí la depravación pagana?
Agnes se quedó callada y frunció el ceño mientras se esforzaba por recordar las sabias palabras de su madre.
—No sé si ha dicho eso alguna vez, señorita.
Más tarde
Mary:
Hagamos un plan tentativo para jugar a las cartas en Lapis Lazuli. Por lo que tengo entendido, es lo que hace la gente normal. Podríamos intentarlo al menos. En pos de la normalidad, claro. Las dos sabemos jugar a las cartas. ¿Mañana por la noche ?
Emma
Emma:
Cartas, estupendo. Creo que estoy libre. Si no puedo salir de la pensión de la señorita Lamb, quizá tengas que venir a mi mucho menos elegante habitación.
Mary