8 de octubre
Esta tarde he ido a la pensión de Mary para informarme sobre su máquina de escribir, esa rareza.
Como no sabía apenas nada sobre estos objetos, me ha resultado fascinante ver a Mary trabajar.
Es curioso: parece un escenario en miniatura, con las letras dispuestas en botoncitos extraños como en el foso de una orquesta.
Las palabras «Sholes and Glidden» revelaban su origen.
—Es una máquina muy moderna —presumió Mary mientras la acariciaba como si fuera un perrito—. En mi humilde opinión, mucho más eficaz que una bola de escribir.
—Tú nunca has sido humilde en nada, Mary —respondí.
Ella sonrió.
—Debe de ser terriblemente cara —añadí con recelo.
—¡Uy, sí! Pero mi horrible hermano se hizo con ella, a saber cómo, y declaró que era mi herencia. Por suerte, porque he podido complementar mis ingresos y mejorar mis habilidades deseables.
Inquietante. Y aterrador.
Sin embargo, unas habilidades deseables son justo lo que necesito.
Mary me enseñó a colocar los dedos y luego, a modo de ejemplo, se puso a transcribir una de las páginas de su profesor.
Sus dedos volaban, pulsaban las teclas rígidas con una velocidad y una fuerza fluidas.
¡O eso parecía hasta que lo intenté yo! Era penosamente lenta y cometía algún error en casi todas las palabras.
—Requiere algo de práctica —señaló Mary—. Toma, te he dibujado un mapa del teclado. Ejercítate con esto hasta que memorices dónde van todas las letras.
—Pero ¿por qué están tan mezcladas? ¿Por qué no empezar por la A y seguir hasta la Z?
—Es más fácil de lo que crees, tenerlo todo así de disperso. Solo hace falta practicar.
—Y tener una pequeña fortuna para comprarse una de estas horribles criaturas.
La sonrisa con la que me respondió fue dolorosa.
—Un poco, sí. Y no estoy segura de si ganarías lo suficiente para conservar a Agnes o a Parian.
—Parian será el primero en irse.
—¿Seguido de ese espantoso señor Flat?
Suspiré.
Mientras comíamos galletas rancias, le conté a Mary lo de la enorme cantidad de correo a nombre de Niall Pierce que recibimos.
—Es imposible que sean todos clientes —dedujo.
—No, creo que la mayoría son amigos.
No le mencioné que examinaba la caligrafía. Había muchas de mujeres, así como de hombres.
—No lo entiendo —dije—. Es normal que un hombre con un pasado turbulento tenga amigos, pero deberían ser unos pocos desesperados que se aferran los unos a los otros debido a su desgracia compartida. Por principio, Pierce debería ser una especie de recluso.
—Debemos recordar que incluso Rochester tenía amigos en París.
—Es cierto —respondí, y tras un momento de reflexión añadí—: Aunque, si los amigos de uno le dejan a cargo de una criatura malcriada, ¿de verdad merecen ese nombre?
Más tarde
Esta noche le he abierto la ventana al aire más delicioso de octubre. Tan delicioso como puede serlo el aire de Londres. El calor no se ha retirado demasiado rápido, pero hay un toque de frío, ligero y fresco.
El cambio está aquí.
A mi padre siempre le gustó más el otoño. Mi madre decía que era por su melancolía natural.
No estoy de acuerdo. Uno no tiene por qué preferir la primavera para ser un alma satisfecha.