Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 7 de octubre
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7 de octubre

Parian y el primo Archibald no aparecen por ninguna parte. Deben de haber salido.

Un domingo bendito, sin duda.

Más tarde

Acabo de darme cuenta de que pensaba decirle a Agnes que Islington viene a tomar el té.

No se lo he dicho.

Y ella ha salido a disfrutar de su día libre.

Estoy sola en casa (maravilloso) y soy la responsable de preparar un té adecuado para Islington (nada ideal).

No puedo enviarle un mensaje para decirle que ya no está invitado.

¿Verdad ?

Debe de haber tarta en la despensa.

Suele haber tarta en la despensa.

¿Hay tarta en la despensa?

Más tarde

No, no hay.

Estoy preparada para salir hacia la iglesia en cualquier momento.

Creo que Nuestro Señor habló una vez de un buey en un pozo.

Puede que en realidad se refiriera a un Islington en el salón.

Lo cual significa, por tanto, que no habrá una Emma M. Lion en la capilla.

Más tarde

Tengo la cara roja como un tomate. El pelo hecho un auténtico desastre. Me he quemado la mano dos veces y he intentado hacer una tarta tres. Justo cuando estaba a punto de subir las escaleras y tirarme desde la buhardilla oeste, Agnes —Ángel de Luz— irrumpió en la cocina.

—¿¡Se está muriendo, señorita!? ¿Señorita?

—Estoy aquí, Agnes.

Tosí mientras dispersaba el humo con algún tipo de lata. El retrato de Islington apenas se vislumbraba.

—¿¡Se está quemando la casa!?

—No. No. Solo es que… Islington viene a tomar el té. Debe de estar a punto de llegar. He quemado tres tartas y…

En el momento en el que pronuncié el nombre de Islington, Agnes se enderezó.

—¿Va a venir el duque? ¿Aquí?

—Sí.

—¿Ahora? ¿A tomar el té?

—Sí.

Asimiló la información, adoptó un gesto de determinación y luego dijo:

—Fuera de aquí, señorita Lion. Vaya a ponerse presentable. Yo me encargaré del té.

—Agnes, yo…

—¡Señorita Lion, fuera de aquí!

Y me empujó hacia las escaleras de la cocina.

Ahora estoy pensando qué vestido de tarde me dará un aspecto presentable. Mi pelo necesitará bastante…

Madre mía. Alguien acaba de llamar a la puerta.

Más tarde

Agnes ha obrado un milagro.

Tras diez minutos de lavarme, cambiarme y hacerme algo parecido a un recogido bonito en el pelo, aporreé la puerta del estudio de Pierce —sin obtener respuesta— y luego fui al encuentro de Islington, que esperaba en el salón de recibir.

—Hola, Islington —lo saludé al entrar corriendo—. Perdóneme si huelo a humo.

El duque se levantó del sofá verde.

—Disculpe, ¿cómo dice?

—Puede que haya humo alrededor de mi persona.

—¿Se ha aficionado a la pipa?

—No. He intentado prepararle el té. Hay cadáveres de tartas esparcidos por todas partes como prueba de que carezco de talento para la cocina. Supongo que tendré que tachar la repostería de la lista.

—¿La lista?

—No es nada. Siéntese.

Nos acomodamos y respiré hondo al mismo tiempo que me colocaba las manos con aire inocente sobre el regazo.

Islington evaluó mi apresurado intento de arreglarme con la mirada.

Él estaba, como siempre, perfecto.

—¿Es mi té quemado la razón de que no haya asistido a la iglesia? —preguntó.

—¿Usted ha ido?

—Sí. Más que nada porque esperaba su beata compañía.

Lo dijo sin siquiera pestañear.

También lo dijo sin que yo apaleara a un duque.

(Mi contención es casi un pequeño prodigio).

—Esta mañana me he dado cuenta de que era el día libre de Agnes, de ahí mi intento de prepararle el té.

Que no ha salido bien. Agnes se ha escandalizado, se lo aseguro, y ahora mismo está restaurando el orden en el mundo.

Puede que le lleve unos minutos, pero espero que en breve prepare algo que no sean ofrendas quemadas.

Y así continuamos conversando.

Islington —cabe señalar— se mostró agradable, aunque no muy hablador.

Sonrió mientras manteníamos lo que tía Eugenia llamaría una Conversación Socialmente Apropiada, también conocida como palique.

El tiempo, sus planes para el invierno (no, aún no ha decidido si se marchará de la ciudad), las ventajas de tener tus caballos en Londres, etcétera, etcétera.

—¿De qué ha hablado hoy Hawkes? —pregunté.

—De la Eneida .

Me mordí el labio. Durante un momento, pensé que iba a echarme a llorar.

Dichosa tarta.

Islington parecía estar a punto de romper a reír. O, al menos, así lo indicaban sus ojos.

—¿Me está tomando el pelo? —quise saber.

—Sí. Ha hablado de las diez vírgenes.

— Ah. —Me recosté en la silla—. ¿Y cómo acabaron?

—Como siempre. La mitad dentro, la mitad fuera.

—Parece que siempre repiten el mismo patrón.

—Así es.

—¿No ha habido poesía?

—Sí, ha habido poesía. Pero toda obra de Hawkes. Ese hombre es un portento de la oratoria.

—Cierto.

Fue entonces cuando Agnes entró —sin el carrito del té, gracias a Dios— cargada con una bandeja llena de cosas deliciosas. Té con pan, queso, fruta, otra salsa en un cuenco y una tarta reciente, humeante y esponjosa rociada con caramelo.

No sé cómo lo hizo.

—¡Agnes, haces verdaderos milagros! —exclamé mientras la muchacha lo depositaba todo en la mesa.

—No es nada, señorita —respondió con la cara tan sonrosada como un glaseado.

—Una presentación preciosa —añadió Islington—. Es al estilo europeo, del que disfruto particularmente.

Agnes, que estaba ocupada con las servilletas de tela, se llevó una mano al corazón como para sujetárselo. Estuvo a punto de desmayarse.

—Gracias, Su Excelencia —susurró.

Tras lo cual se dio la vuelta y salió corriendo de la estancia.

Si hubiera sido una carrera, habría apostado a su nombre por la victoria.

La puerta volvió a abrirse apenas un instante después. Pierce entró en la sala.

—¡Pierce! Justo acabo de llamar a la puerta del estudio. ¿Té?

Islington se puso en pie mientras Pierce cruzaba la habitación.

Se estrecharon la mano.

—Pierce.

—Islington.

—Me alegro de ver que se ha recuperado de lo de la otra noche.

Pierce sonrió con ganas.

—Nada puede derribar a un buen hombre.

Me quedé mirándolos con los ojos abiertos como platos, no tengo duda. ¿De qué estaban hablando?

Se sentaron uno en cada extremo del sofá y luego me miraron con movimientos paralelos.

—Supongo que, después de azuzar mi curiosidad hasta hacerla salir disparada por la carretera y luego abandonarla en la cuneta, tendré que servir el té, ¿no?

Los rasgos entrenados de Islington ni siquiera se crisparon, mientras que los de Pierce pasaron del ceño fruncido a una media sonrisa en un tiempo récord.

—Los dos asistimos a la misma cena. Había obstáculos para marcharse.

—Pierce es un invitado muy popular, señorita Lion —dijo Islington con tacto.

—¡Cielos! —exclamé—. ¿Acaso le lanzaron las redes un par de debutantes atentas que competían entre sí?

Pierce se sonrojó al estilo de un pirata. (Cabe preguntarse si tal cosa es posible. Lo es).

—Hermanas —aclaró Islington.

Pierce se volvió para mirar a Islington.

—¿Eran hermanas? Increíble.

Me reí.

Tras servir el milagro que Agnes nos había preparado, nos acomodamos para disfrutar de una ociosa tarde de domingo.

Fragmentos de conversación durante el té

Islington : No huele en absoluto a humo.

Pierce : ¿Humo?

Lion : Un accidente en la cocina.

Islington : Es noble por su parte haberlo intentado.

Lion : Sé hacer una tarta, Islington.

Islington : ¿De verdad?

Pierce : ¿De verdad?

Lion : ¡Por supuesto! Mantuve viva a una ogresa durante tres años.

Islington y Pierce : ¿Qué?

[ Lion bebe un sorbo de té con aire de superioridad y mira por la ventana ].

Islington : ¿Es usted religioso, Pierce?

Pierce : Jamás consumo esas cosas.

Pierce : Yo sí noto cierto olor a humo.

Lion : ¡Islington! ¡Me ha dicho que no olía nada!

Islington : Pretendía ser educado.

Pierce : Apenas se nota.

Lion : Bueno, me niego a sentirme avergonzada. Será humo sagrado, considerando que es domingo.

Islington : Creo que eso solo cuenta si ha estado en la iglesia.

Lion : ¡Usted ha sido mi razón para no ir! Y además usted casi nunca va. Yo asisto casi todas las semanas.

Pierce : ¿Todas las semanas?

Islington : No se preocupe. No ha servido de mucho para mejorar su carácter.

Lion ( irónicamente ): Ja, ja, ja.

Pierce : Lo siento, me estaba quedando dormido.

Lion : Será de puro cansancio.

Pierce : No dormí bien anoche.

Islington : Es tarde. Debería irme.

Lion : Debería comerse el último trozo de tarta. Haría más que feliz a Agnes.

Islington : Muerte por tarta. No estoy seguro de confiar en sus motivaciones.

Lion : Virtuosas, como casi siempre.

[ Islington abre la boca, seguro que para hacer algún comentario respecto a The Drunken Duck; mira a Pierce, no dice nada ].

Pierce : Ah, Emma, esto, señorita Lion…

Lion : No creo que tenga que preocuparse por escandalizar a Islington. En Lapis Lazuli House existe la peligrosa costumbre de llamarse por el nombre de pila. Tenga cuidado.

[ Islington arquea una ceja ].

Pierce : Sí, bueno, Emma, he revelado las fotos que le hice.

Lion : ¿Qué?

Pierce : En las escaleras de la entrada, con Teobaldo. A finales de agosto.

Lion : Ah, ¡sí!

Pierce : Se las llevaré. O le pasaré una por la pared.

[ Islington desvía la mirada de mí hacia Pierce ].

Lion : Teobaldo ha vomitado dos veces en la buhardilla. ¿Ha comido algo?

[ Islington abre la boca, se lo piensa mejor, no dice nada ].

Pierce : No, que yo sepa. [ Tras volverse hacia Islington ]. Compartimos la empresa conjunta de un gato. Temporalmente.

Islington : Ah. ¿Teobaldo, el Rey de los Gatos?

Lion : Lo sospechaba desde hace tiempo.

Pierce : Demasiado Shakespeare.

Islington : ¿Existe tal cosa como demasiado Shakespeare?

Lion : Ah, mira. El duque de St. Crispian’s tiene algo de sentido común.

Islington : ¿Quiere que me termine la tarta o no?

Lion ( apretando los labios ): Sí, Su Excelencia.