Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 30 de septiembre
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30 de septiembre

Por la mañana me vi obligada a asistir a la iglesia mientras Arabella descansaba.

El sermón fue… todo un alarde.

Fue pedante y recargado, sin el menor atisbo de poesía.

Si Hawkes deja St. Crispian’s en alguna ocasión, puede que me vea forzada a convertirme en cuáquera y a quedarme en casa. (¿Los cuáqueros se quedan en casa? ¿Se reúnen? ¿Desaprueban algo de lo que pueda haber hecho a lo largo del último año?).

Me tomo un momento para rezar

Dios mío,

bendice al Joven Hawkes.

Y guárdalo.

En St. Crispian’s.

Para siempre.

Amén.

Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí. La iglesia.

Charles Goddard se sentó lo más cerca de mí que pudo sin comportarse de manera irrespetuosa en una iglesia .

Cuando el sermón llegaba a su penosa conclusión, su mano se abalanzó sobre la mía a tal velocidad que casi podría haberse tomado por la de una alimaña.

Superó con creces lo soportable.

—Creo que voy a vomitar —murmuré, y luego me levanté y hui por el pasillo.

Más tarde

Sé de buena tinta que Charles Goddard pasó tres horas intentando localizar a su amada enferma.

«Se le revolvió el estómago durante el sermón, lady Spencer, pero no consigo averiguar adónde ha ido.

¿Deberíamos avisar a la policía?». Y fue en ese momento cuando, casualmente, lady Harlow recibió una tímida pero sincera misiva de Charles Goddard en la que le preguntaba si podría quedarse una semana más, después de que el resto de los invitados se marchara, en su hermosa casa.

Escrito por servidora.

Mientras tanto, yo había escapado a través de un arroyo y cruzado tres kilómetros de bosque y estaba tumbada en un campo de hierba alta leyendo a Emerson.

Qué decepción perpetua es la sociedad actual…

A lo cual no puedo sino responder, señor Emerson, que me resultaría imposible estar más de acuerdo.