Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 1 de octubre
49%

1 de octubre

Roland y yo tuvimos la suerte de coger el mismo tren de regreso a Londres.

—Estaré en Londres unos días antes de viajar a Suffolk para pasar la mayor parte del otoño.

—¿Cazando?

—Es muy probable —respondió—. He invitado a unos amigos a venir y todos disfrutan del deporte. ¿Tú cazas?

—No.

Aunque la imagen de Emma M. Lion con una escopeta en las manos es verdaderamente inspiradora.

Lo cual me lleva a pensar en lo que dijo Pierce sobre la hermana de Islington aquella noche junto a la fuente: ¿que era capaz de disparar contra un naipe y atravesarlo mientras montaba a caballo o algo así? Madre mía. Qué aburrida soy.

Estoy divagando.

Nos sumimos cada uno en nuestros pensamientos, los míos estimulados por la lectura. Entonces Roland dijo:

—Es una pena que Charles se haya quedado, Emma. Podría haber completado el grupo de regreso a casa.

Levanté la vista de mi Emerson con aire inocente.

—Sí. Una pena enorme.

Pero Roland sonreía cuando se volvió a mirar por la ventana.

Más tarde

Lapis Lazuli House está tal como la dejé.

Agnes ha limpiado el suelo del vestíbulo, pulido la escalera y ventilado la buhardilla.

Cuando llegué —casi sin aliento— me fijé en que, sobre el escritorio, había un pequeño ramo de flores otoñales recogidas a mano que se parecían sospechosamente a las que asoman por las vallas de los jardines de Primrose Hill.

En la mesita, había veintitrés cartas para Pierce.

Lo admito. Tenía razón en lo de que necesitaba una cesta.

Me encanta volver a casa.