Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 29 de septiembre
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29 de septiembre

Anoche, después de cenar, cuando los hombres y las mujeres se sentaron a jugar a las cartas, Charles me acorraló. Es una afirmación literal.

Me acorraló en una esquina.

Era imposible escapar.

¿Cómo describir a Charles Goddard desde las distancias cortas?

Bueno, verle la cara requiere estirar el cuello al máximo.

Tiene una voz de registro medio que tiende a tornarse un tanto jadeante cuando quiere hablar.

En especial conmigo. Tiene los dientes perfectamente alineados, lo cual, por desgracia, se convierte en un inconveniente en lugar de en una ventaja, dado que tiene las orejas de soplillo (las orejas de ese hombre son de lo más sorprendente); la forma de sus ojos es un círculo perfecto, tiene el pelo de un marrón fangoso y anodino y su nariz parece la de un niño.

Será mejor que no hablemos de sus labios. Sin embargo, si una viera pescado en el menú, podría recordar los mencionados labios con una nitidez alarmante.

Era casi indecente la proximidad combinada con el extraño encorvamiento de su persona para poder mirarme a la cara y susurrarme al oído al mismo tiempo.

Está mucho más comprometido con la idea de un «nosotros» de lo que había supuesto hasta ahora.

Registrarlo todo aquí es una tarea irrealizable, así que presento las nimiedades más notables que se susurraron:

—Señorita Lion. Es una suerte encontrarme aquí, este fin de semana, con usted.

Las probabilidades parecen astronómicas.

¿No cree? ¿Siente lo afortunados que somos?

Sé que su tía me ha exigido que mantenga a raya mis pasiones, pero las siento.

Mis pasiones. Como cabría esperar. «Pasión» proviene del latín pati , que significa sufrimiento o resistencia.

Soporto el sufrimiento por usted, señorita Lion.

Y, aunque no debemos hablar de las cosas que están por venir, solo diré que pienso en…

—interrumpió su susurro para tomar un poco de aire— el banquete de nuestra boda a todas horas.

Usted sentada a mi lado, vestida de un blanco virginal.

—Esto se dijo en voz alta. No miento. No miento.

No miento—. Y yo de pie para darle la bienvenida a todo el mundo, y quizá comparta una breve historia de la iglesia donde nos casaremos.

Está en mi condado natal, Surrey. Todo lo bonito ocurre en Surrey.

Y luego la agarraré de la mano. Me encantan las tartas de especias en las bodas.

Mamá hacía que nuestra cocinera me horneara una todas las mañanas. El té siempre era…

—Señor Goddard —logré decir al fin, cuando sentí que me invadía una peligrosa sensación de claustrofobia—. No tengo intención de casarme con usted. Lo entiende, ¿verdad?

—Lo entiendo. Su tía ha dicho que debemos esperar.

La escena que he descrito no podrá tener lugar hasta dentro de un año, quizá dos.

Así que debemos pensar en el futuro en silencio, en nuestro corazón.

Pensar en nuestros hijos requiere toda una tarde.

Un niño, luego otro niño, luego una niña, luego un niño, luego una niña, luego un niño, luego una niña, luego una niña, luego un niño.

Tomó otra larga bocanada de aire.

Y yo también.

Era una cantidad extraordinaria de partos la que le estaba deseando a mi persona, y la idea de tener a nueve niños altos, desgarbados y de mejillas sonrosadas, con velas por orejas y unos dientes inquietantemente perfectos revoloteando a mi alrededor era una imagen tan aterradora que, cuando volvió a llenarse los pulmones, cerró los ojos y añadió «Y luego un niño», me temo que perdí toda capacidad de actuar con sensatez.

Hundí con fuerza mi zapato en el suyo.

—¡Ay! —gritó, y al agacharse se golpeó la cabeza contra la mía mientras yo trataba de escapar.

Todos nos miraron.

Según me contó Arabella en confianza más tarde, pareció que hubiéramos tenido un arriesgado encuentro amoroso.

—Disculpe, señorita Lion —dijo él con los ojos cerrados a causa del dolor y tanteando con las manos en el espacio que había frente a él, donde yo ya no estaba.

—Ay, lo siento mucho —respondí con lágrimas en los ojos por el ataque—. Mire. Mi tía me está llamando. Gracias.

Mientras tanto, Roland estaba sentado a una mesa de juego, con cuatro mujeres que lo adoraban y le doblaban la edad, sin dejar de sonreírme.

Más tarde

Roland y yo nos hemos pasado casi una hora compitiendo en tiro con arco esta tarde.

Era lo único que hacíamos juntos cuando éramos pequeños que no acababa en lesiones.

Aunque no puede decirse lo mismo de los insultos.

—¿Te apetecería apostar en esta última ronda? —preguntó cuando nos acercábamos al final.

—¿Qué?

—Si gano, tienes que contarme todo lo que te dijo Charles Goddard.

—¡Ja!

—¿Y si ganas tú?

—Quiero un libro —contesté, y fijé mi apuesta sin ningún pudor.

Roland jugueteó con la flecha que tenía en las manos.

—Ya hemos hablado de esto, Emma. Los libros valen más que una simple conversación.

Entorné los ojos y encoqué la flecha.

—Los detalles de mi futuro banquete de boda fueron de lo más reveladores, Roland. Se utilizó la palabra «virginal». Dos veces.

Accedió al trato.

Disparamos.

Gané.

Por un estrecho margen de cinco puntos y los escasos despojos de mi dignidad.

—¿De verdad vas a negarme los detalles de tu banquete de boda? —preguntó una vez que recuperamos las flechas de la diana.

—Sí, Roland. ¿Quieres saber por qué? Porque no los recuerdo después de haber dado a luz a un niño, luego a otro niño, luego a una niña, luego a un niño, luego a una niña, luego a un niño, luego a una niña, luego a una niña, luego a un niño. ¡Y luego a otro niño!

—¿Quiere que tengas diez hijos?

—Al parecer, está escrito en las estrellas.

—Quedarás agotada.

—No he dicho que fuera en mis estrellas, Roland.

Entonces me pegó con una flecha y lo perseguí.