24 de septiembre
La señora Penury del Gran Silencio, la esposa de mi banquero, me ha invitado a tomar el té.
La invitación ha llegado con el correo de hoy.
Me siento halagada. Y solo tengo tres preguntas.
Pregunta Uno: ¿Por qué?
Pregunta Dos: ¿Se espera de mí que hable todo el rato? ¿O que permanezca sumida en un silencio espléndido y anguloso?
Pregunta Tres: ¿Cómo voy a saber cuál es la respuesta correcta a la pregunta dos?
No hay, me temo, ningún precedente histórico o literario para tal situación (al menos que yo sepa). En lo que a mujeres silenciosas se refiere, mi deficiente educación solo me ha permitido conocer dos:
Juliana de Norwich, figura histórica de carne y hueso, y Lavinia, personaje shakespeariano no tan de carne y hueso.
Juliana de Norwich . Mi padre tenía la edición Cressy de sus escritos, Revelaciones del amor divino .
Me lo leía en voz alta cuando era pequeña.
(Me pregunto qué habrá sido de él. Sé con certeza que no estaba entre los libros que vendí).
Por lo que recuerdo, el silencio de Juliana se debía a que se había convertido en anacoreta y había hecho voto de silencio.
Pensándolo mejor, quizá no fuera una mujer silenciosa, sino simplemente aislada.
¿Me parece recordar alguna mención a una ventana a la que los vecinos podían acercarse para hablar con ella…
? Si resulta que Juliana de Norwich sí hablaba, su cociente de utilidad respecto a cómo prepararse para un té en silencio disminuye de manera considerable.
Lavinia . De Tito Andrónico , la obra de Shakespeare que menos le gustaba a mi padre.
Pobre Lavinia. Su silencio no fue ni una elección personal ni una vocación religiosa.
Le fue impuesto tras una brutal violación, durante la cual los villanos le cortaron la lengua y las manos para impedir que revelara quién había cometido el crimen.
(¡Sé quiénes sois, Quirón y Demetrio!). Dado que este silencio forzado es muy distinto al de la señora Penury, no ofrece ayuda alguna.
Así pues, me lanzaré al té silencioso sin indicación alguna respecto a cómo debo abordarlo.