23 de septiembre
Después del servicio de la iglesia —del que el Joven Hawkes estuvo ausente—, llamé a la puerta delantera de la señorita March y me recibió el ama de llaves, que me acompañó escaleras arriba hasta el estudio del tercer piso.
Saffronia March tiene una vivienda peculiar, incluso para los estándares de St. Crispian’s.
De ladrillo y algo torcida. Lo cual quiere decir que es de construcción irregular.
O sea, que empieza en un sitio y termina en otro.
Quizá debería explicarlo…
Según cuenta la leyenda
Y por eso la casa pasó a llamarse «La Victoria de Thrush» o «La Victoria», para abreviar.
El abuelo de la señorita March le compró La Victoria de Thrush a la propia familia Thrush. Y hace tiempo que los Clackson vendieron su sobrecargada casa a un tal Ezra Starr, que ahora tiene noventa y tres años.
Estoy divagando.
Cuando entré en el estudio de la tercera planta, vi a Saffronia March sentada a un escritorio atestado en un rincón, revisando montones de cuadernos de bocetos.
—¡Hola, Emma!
—¿Eso es Italia?
—Mayormente, sí. ¿Te apetece dar un paseo?
—Desde luego.
Busqué una silla, la liberé de sus ocupantes previos (frascos de cristal llenos de pinceles) y la coloqué junto al escritorio de la señorita March.
Esta lucía un vestido negro, el pelo oscuro recogido en un moño suelto y la mente ocupada en los bocetos que se extendían ante ella mientras buscaba cuáles escogería para darles forma completa.
Cada vez que terminaba con uno de los cuadernos, me lo pasaba con aire distraído y yo estudiaba con detenimiento todos los matices de forma y color. Es buenísima.
Creo que para mi padre fue un alivio poner a la señorita March bajo su ala, puesto que su propia hija —por muy querida que fuera— no tenía madera de artista.
A pesar de que no tengo ningún tipo de destreza para la pintura, sí tengo el ojo lo bastante entrenado como para saber que algún día no serán solo las obras terminadas de la señorita March las que se exhiban en los museos, sino también sus cuadernos de bocetos.
Uno de ellos contenía una carta que, dado que Saffronia no le dio la menor importancia a que estuviera allí, leí. La caligrafía con la que estaba escrita era preciosa y declaraba el amor más apasionado e imperecedero jamás conocido en un hombre. O en Italia.
—Cielos —dije sonrojada.
—¿No es maravillosa? —respondió ella—. Era atractivo, bastante alto, tenía mucho dinero y apreciaba el arte.
Arqueé una ceja y agité la carta con gesto inquisitivo. «¿Por qué no llegó a nada?».
La señorita March respondió a mi pregunta tácita.
—Estaba comprometido con otra mujer. La carta me llegó con una invitación a la boda.
—Ah —respondí con mi mejor tono de desaprobación ducal.
Saffronia asintió con aire ausente y luego me pasó otro cuaderno de bocetos.
Fueron unas horas encantadoras. El ama de llaves preparó el té en el patio de la azotea, encima del primer piso, y allí estuvimos riéndonos de las aventuras italianas de Saffronia; ella dibujaba distraídamente mientras yo disfrutaba del sol de septiembre.
—¿Cómo ha estado hoy Hawkes?
—Ausente, por desgracia —le dije—. Un coadjutor se ha encargado del sermón y ha sido solo aceptable. Nos marchamos convertidos en un grupo de feligreses bastante abatido.
—Qué pena.
No le conté que la última vez que Hawkes me había visto fuera de la iglesia llevaba un nido de pájaros en el pelo. Hay cosas que es mejor dejar en los anales de la cada vez más tenue memoria.
—¿Cuántos años han pasado? —preguntó Saffronia tras un silencio prolongado.
Solo hay una respuesta a esa pregunta entre nosotras.
—Siete.
—¿Ya siete?
—Ajá —respondí mientras me servía otra taza de té—. Yo tenía trece años.
—Yo veintinueve —afirmó, y miró más allá de donde estábamos sentadas—.
Me encontraba en París, acababan de exponerme con gran éxito en una sala en la que solo me aceptaron gracias a la influencia de tu padre.
Cuando recibí aquella carta de tu madre, Emma, me…
—Tragó saliva—. Se me partió el corazón.
Mucho más que cuando murió mi propio padre.
Declan vio mi obra por primera vez cuando yo tenía tu edad y me dijo con absoluta rotundidad que no debía hacer nada más que crear arte.
Me puso en contacto con sus amigos, algunos mecenas adinerados (los pocos que podían convencerlo de que dedicara tiempo a un retrato), y tu madre tampoco se quedó atrás a la hora de ofrecerme apoyo.
Y luego me escribiste que ella lo había seguido tan solo unos meses después, y me…
Siento no haber podido ir a buscarte para llevarte conmigo.
Para traerte de vuelta a St. Crispian’s.
Tenía que terminar varios encargos. Llevaba una vida que no era adecuada para una joven. Y estabas bajo la tutela de tu tía.
—Lo último que necesitaba era hacerse cargo de mí, señorita March —respondí—. No habría servido de nada. Yo buscaba aferrarme a un hogar, no seguir a una artista en alza por todo el continente sintiéndome una carga, en cualquier caso.
No me lo discutió. Sabía que tenía razón.
Permanecimos en silencio durante media hora, cada una sumida en sus propios pensamientos.
Hasta que:
—¿Alguna vez te dijo qué…?
—No —respondí—. Nunca me lo dijo. Encenderé una vela esta noche.
—¿Esta noche? ¿Ya es 23?
Y seguimos sentadas con nuestras cavilaciones durante un buen rato.
Más tarde
He encendido una vela por mi padre.