Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 22 de septiembre
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22 de septiembre

Esta mañana he visitado a madame Tasset.

—¿Y cómo se encuentra su guardarropa? —me preguntó nada más llegar.

Abrí la boca, la cerré y fruncí los labios.

—¿Que cómo se encuentra mi guardarropa?

—Eso he dicho, ¿no?

Y así le respondí:

—Bastante satisfecho. Aunque a veces se siente triste.

—Usted… —me clavó un dedo en el pecho— tiene que hacer que sus prendas estén siempre felices.

Pero, con su marcado acento, «prendas» sonó como pgendas .

—Creo que son felices. Algunos días, extremadamente alegres —respondí.

Emitió un gruñido de descontento y luego dijo:

—Tenemos mucho trabajo. Su tía quiere verla bien vestida, y yo tengo una gran visión. Bien…

Dio una palmada.

Otra.

Y así comenzó la conversación más extensa sobre mi vestuario que he tenido en la vida. Habría vestidos. Vestidos de recepción, vestidos de día, vestidos de noche.

—¿Necesitaré tantos? —pregunté.

—He recibido instrucciones, señorita Lion.

La Temporada pasada, usted hizo las veces de una presencia humilde y olvidable.

Ahora debe llamar la atención. Como prima de la señorita Spencer, su belleza reflejará la calidad del linaje, la elegancia de su parentela.

Debo crear una imagen. Desde las enaguas hasta los guantes.

Todo… —hizo un gesto con la mano— perfecto.

La seda será toda de Lyon. Habrá terciopelo, volantes, fruncidos, adornos, tafetán, encajes de todo tipo, cintas, borlas, sobrefaldas, zapatos de seda, bordados.

Parecía que estuviera hablando de un circo muy elegante.

—Hum. —Fruncí el ceño—. ¿Podría sugerir que no empleemos polisones demasiado agresivos en nuestra causa?

—Las mujeres llevan polisones —replicó tajante, como si yo fuera un trozo de hilo.

—Sí. Sea tan espléndida como quiera con las borlas y las cintas, pero mantengamos el carácter conservador del polisón, como hicimos la otra vez. Ya sabe que la Estética se está rebelando contra la rigidez de la alta costura en estos momentos. Solo pido unos cuantos elementos más relajados.

—Eso es demasiado bohemio para su tía —respondió madame Tasset.

—Sí, pero no para mí. Deme un poco más de espacio en la falda, por favor. Al fin y al cabo, una debe poder caminar con soltura. Soy una gran paseante.

Frunció el ceño.

—Solo si puedo compensarlo con adornos. Y terciopelos estampados.

—Como quiera. Doy por hecho que también tendré algo de ropa para el campo.

—Tendrá de todo. Incluso prendas de luto.

—¿De luto?

—Su tía dijo que era por si acaso decidía enviar a su descendencia a una muerte prematura.

—¡Arabella! —exclamé.

—Al otro.

—Oh, Damian. Sí, bueno, puede que lo haga él mismo.

Madame Tasset arqueó las cejas al mismo tiempo que ladeaba la cabeza. Los largos pendientes que le adornaban las orejas emitieron un destello.

—Estoy confeccionando un guardarropa de invierno con colores intensos y oscuros. Cuando llegue la primavera, elaboraré otro con tejidos y tonos más claros.

—Sea tan generosa como sea necesario y más aún.

—Si me promete que será capaz de hacer que tal cantidad de pgendas estén siempre felices.

—Puedo hacer felices a un montón de prendas, madame.

—Crucé los dedos a la espalda, porque sabía en qué estado se encontraba mi vestuario—.

Y quizá si pudiera añadir unas cuantas faldas y blusas sencillas, con botones y mangas como las de los hombres, para que me las ponga en casa…

Solo cuando limpie —agregué a toda prisa al ver su expresión de horror—. Así no ensuciaré sus otras creaciones.

Se dio unos golpecitos con el dedo en la barbilla y dijo:

—Alors commençons .

A lo que respondí:

— Le maïs est mûr dans le champ .

Ella empezó a asentir, luego se detuvo y dijo:

— Comment?

Traducción del francés por Emma M. Lion

Madame Tasset : Empecemos.

Emma M. Lion : El maíz está maduro en el campo.

Madame Tasset : ¿Qué?