21 de septiembre
Esta mañana llueve.
Huele a Paraíso.
O a cómo olería el Paraíso si yo estuviera al mando.
No me parece que sea un comentario blasfemo, pero suena a que podría serlo. Nota para mí misma: «Consultárselo a Hawkes». Ahora que lo pienso, nunca he estudiado lo que dicen los registros teológicos sobre cuál es el aroma del Paraíso según la escritura canónica.
¿Tierra húmeda? ¿Hierba fresca? Ambas cosas conforman el aroma trascendente de la lluvia.
Y no hay más que decir.
Más tarde
¡Saffronia March está en casa! Y ha venido a visitarme.
Agnes, que no sabía quién era, subió a buscarme a la buhardilla oeste, donde estaba cómodamente instalada con «Prudencia», de Emerson.
«Cómodamente instalada» es una forma elegante de decir que estaba tumbada sobre un montón de cojines debajo de una mesa, con Teobaldo sentado a mi lado contando el paso del tiempo con la cola.
Tiempo de gato, claro. Que es muy distinto al nuestro.
Agnes se agachó.
—Ha venido una mujer a verla, señorita Lion.
—¿Sabes cómo se llama?
La muchacha me tendió una tarjeta. Era un naipe con un comodín italiano. Me eché a reír, salí gateando de debajo de la mesa y, mientras me sacudía el polvo de encima, bajé al salón de recibir.
Estaba tal como la recordaba: un poquito más alta que yo, el cutis aceitunado, los ojos de color verde oscuro, la nariz fuerte, hermosa y algo torcida, los labios rojos y el vestuario más elegante y atrevido que se haya conocido en una mujer.
Hoy llevaba un vestido azul cielo bordado con flores de crisantemo burdeos y naranja.
—Emma Lion, te pareces a tu madre más que nunca —dijo a modo de saludo—. Tómatelo como un cumplido. Era preciosa. Pero tienes los ojos de tu padre, de eso no me cabe duda.
—¡La esperaba a principios de mes! —respondí—. Y basé esas expectativas en el calendario gregoriano, por el que supongo que ya no debe usted regirse. ¿Qué ha pasado?
—Francia.
Nos sentamos.
—¿Francia?
—Francia, Emma. Tengo una debilidad.
Y se lanzó a una perorata en francés de la cual solo alcancé a entender que amaba la locura y la comida de los franceses, más dignas que las que ofrece Londres.
O eso creo. Mi francés está oxidado. Y es rústico.
En Fortitude, escuela preparatoria para señoritas, estudiábamos francés con una pila de informes de agricultores como única ayuda.
Si me encontrara en apuros en la Francia rural, quizá no fuera capaz de pedir ayuda, pero podría preguntarles por la salud de sus berenjenas. Y recomendar varios remedios para mantener las plagas alejadas de los viñedos.
Tendré que poner este talento en conocimiento del señor Penury.
Francés de granja.
Tal vez pudiera marcharme a trabajar a una granja en Normandía.
Al principio no nos caeríamos bien (el granjero y yo), ya que él es callado, hosco y hermoso.
Yo trabajaría tan duro que las manos se me llenarían de ampollas hasta quedar en carne viva.
Un día, el granjero sufriría un horrible accidente.
Lo cuidaría hasta que se recuperara y protegería sus calabacines de las heladas tempranas.
A regañadientes, me ganaría su respeto, lo cual llevaría al amor justo en el momento en el que hubiera ganado el dinero necesario para volver a Londres y salvar Lapis Lazuli.
Nos rompería el corazón. Pero él me enviaría verduras todos los años. Y yo le enviaría poesías muy malas.
Pensándolo bien, no creo que sea un plan muy sensato.
Cuando la señorita March terminó de hablar de su amor por París, le pregunté:
—¿Se ha traído algún conde italiano a casa?
—Oh, Emma. Se necesitaría a un hombre imposible para convencerme de que debo casarme. Además, los condes no son de mi agrado. ¿Un vizconde? Puede ser. El título de vizcondesa me sentaría bien. Tengo la nariz adecuada.
—Así es —convine con solemnidad.
Es totalmente cierto que parece un retrato.
—Bueno, ¿y tú qué has estado haciendo?
—¿De verdad quiere saberlo? Mi vida está bastante marcada por lo ridículo —advertí.
—Mejor aún.
Y así le conté algunos de los acontecimientos más destacados desde que salí de la escuela, ocurridos tanto en Bournemouth como aquí, en St. Crispian’s. Generalidades para las cosas importantes, detalles para las pequeñas ironías. Nada demasiado personal ni demasiado impersonal.
Al cabo de una hora de charla, la señorita March dijo:
—Me voy ya, pero ven a visitarme. ¿Qué tal el domingo por la tarde? Puedes pasarte al volver de la iglesia. Si es que sigues asistiendo, claro.
—Casi todos los domingos. ¿No tendría pensado asistir usted también, por casualidad? —le pregunté pese a que sabía que ella practica una confesión del todo distinta.
La señorita March arqueó una ceja.
—Después de haber estado en Italia, me siento demasiado católica para un servicio anglicano. Aunque lo celebre el Joven Hawkes. Por cierto, ¿cómo está? ¿Tan seductor como siempre?
—¿Seductor?
—¡Emma, sí!
Rompí a reír.