20 de septiembre
Damian se ha dejado caer hoy por Lapis Lazuli House. Quiero pensar que solo ansiaba visitar a su querida prima.
Una idea bonita.
Y del todo falsa.
Ha venido a investigar.
El objeto de dicha investigación era: ¿estaba Emma M. Lion bailando en The Drunken Duck?
Nuestro saludo fue cálido: me besó en la mejilla e intercambiamos unas cuantas palabras amables. Verlo esforzarse por mostrar buenos modales me resultó delicioso.
Mientras que Arabella es la rosa inglesa de ojos azules y cabello rubio, Damian… no lo es.
En realidad, no es nada ni remotamente parecido.
Tiene los ojos castaños, del color anodino del cuero de las botas.
El pelo es una versión más oscura de lo mismo y tiende a caerle sobre el ojo izquierdo sin la menor gracia.
Su rostro no es desagradable, pero tampoco atractivo.
Tan solo se mantiene en un punto normal y corriente entre ambos extremos.
Todo eso hasta que sonríe. Madre mía.
Cuando Damian Spencer sonríe, ocurre algo que solo puede explicarse como hechicería. Parece Puck disfrutando de un alegre baile con nosotros, los mortales; se le iluminan los ojos, el pelo se le rebela con aire cautivador y dos pícaros hoyuelos le adornan las mejillas.
Por eso Damian decidió, al inicio de su carrera como ser humano, que lo suyo era la vida de frivolidad y excesos.
Tía Eugenia dijo una vez: «Negaría que es hijo mío si no hubiera dado a luz a esa criatura. En menos de una hora, me había guiñado el ojo y me había dedicado la más desagradable de las sonrisas».
Es posible que sea innecesario señalar que todo rastro de amor vaga perdido entre ellos.
Así pues, a pesar de que el saludo de Damian fue somnoliento —parecía que el pobre tenía dolor de cabeza—, vino acompañado de su inapropiada sonrisa de todos modos, que invocó a todas las potencias poderosas.
Podría haberle contado mi aventura sin que me juzgara.
Pero el amor y la confianza no son lo mismo, y yo lo quiero mucho.
La confianza es harina de otro costal.
—Emma —me miró con la expresión bizca de un joven que se ha acostado al amanecer—, ¿me engañó la vista o…? Eh…, ¿cómo lo diría? ¿Saliste el sábado por la noche?
—¿Salir? —fingí.
—Salir.
—Ahora que ha terminado La Temporada, es más probable encontrarme metida en casa que fuera de ella.
(Y metida en un buen lío, claro está).
Esbozó una sonrisa leve, perplejo.
—¿No estuviste…? Hum, ¿no estuviste… bailando?
—¿Bailando?
—En The Duck.
—¿The Duck, Damian?
—The Drunken Duck. El sábado por la noche. Fuera de casa. ¿Bailando con un…? —Se pasó la mano por encima de la cabeza en una mala imitación del tocado de una mujer—. ¿Un nido de pájaros en el pelo?
—¿Te imaginas que hubiera estado en The Drunken Duck con un nido en el pelo? ¿Qué diría tu madre? Seguro que me mandaría una de sus notas en un sobre melocotón.
—¿Estás segura? Se parecía mucho a ti. Se parecía muchísimo a ti. Jamás había conocido a nadie con tu mismo color de ojos. Y con tu voz.
—Damian, por mucho que me halague que pienses que soy bailarina en The Drunken Duck, no lo soy —respondí con sinceridad—.
Ahora que tu madre ha dejado Londres, lo más normal es encontrarme en casa.
—Hice un gesto con la mano—. Leyendo la Biblia.
Hum, sí. Las amonestaciones de Pablo a las mujeres.
No se lo digas a tu madre. Lo de Pablo, quiero decir.
No lo aprueba. Bueno, basta ya de hablar de mí.
¿Qué estás haciendo en Inglaterra? Creía que habías jurado abandonarnos por una vida en el continente.
La sonrisa ladeada de mi primo amenazó con desmoronarse.
—Fondos, Emma, fondos. Puede que yo sea lord Spencer, pero mamá fue una fiera y consiguió que papá firmara todo tipo de tonterías antes de morir.
Por tanto, mis ataduras fiduciarias solo me proporcionan unos ingresos cómodos hasta que cumpla los treinta años.
Aun así, me veo en la necesidad de un generoso aumento. Supongo que tú no…
—No, yo no.
Suspiró.
—Mejor así. Este lugar no está nada mal —añadió mientras miraba a su alrededor.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo en Londres? —le pregunté.
—¿Yo? No lo sé. Tengo unos amigos en París. Ya veremos. Voy a evitar a mamá, si puedo. ¿Cómo está Bella?
—Arabella es la niña de los ojos de tu madre.
—Sigue dejando que la vieja la maneje a su antojo, por lo que veo.
—Comparten los mismos objetivos.
—¿Cuántos años tiene? ¿Diecinueve? Es una pena que nunca haya encontrado el valor de desafiar a mamá.
—Te lo quedaste todo tú.
Damian sonrió.
—Creo que sí.
No se quedó mucho más tiempo.
—¿Estás segura, Emma? ¿De lo de The Duck?
Me eché a reír.
Él también se rio, pero su mirada… No parecía creerme del todo.
Solo después de despedir a Damian me di cuenta de que Agnes había colocado el nido y sus respectivos pájaros en el aparador del vestíbulo. Lo cual me llevó a preguntarme si Damian también se habría dado cuenta.
Me puse las manos en las caderas, dejé caer la cabeza en señal de abatimiento y murmuré varias exquisiteces sobre mi suerte.
O sobre la ausencia de ella.