Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 25 de septiembre
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25 de septiembre

Hoy han llegado quince cartas para Pierce.

Y, pese a que aún quedaba mucho espacio en la cesta, empieza a preocuparme que tenga razón.

Más tarde

La casa de los Penury está en Mayfair. Una dirección que, según el Evangelio de lady Eugenia Spencer, es digna. Más o menos. «Si uno se decanta por una humildad mayor de la que yo apruebo, Emma, Mayfair es moderadamente aceptable».

¡Vaya!

Fui andando porque la economía y el ahorro son mi causa, y me sentí muy virtuosa por haberlo hecho. Sentada en un banco a la vuelta de la esquina para que se me bajara el rubor de las mejillas tras la caminata, me tomé unos momentos para recomponerme.

«Recomponerse». Qué expresión tan extraña. Para recomponerme tendría que haberme compuesto ya una primera vez.Como si una fuera una partitura musical. Si lo fuera, ¿cuál sería? ¿Emma M. Lion en re menor?

Una vez recompuesta, me acerqué a la puerta principal y dejé caer la aldaba de latón con fuerza.

El ama de llaves me invitó a pasar.

Con una sonrisa, me aferré a mi ridículo, un recurso contra lo inesperado.

Me dejaron sola en una sala bastante bonita con ventanas altas.

Fruncí el ceño. No porque no me gustara la estancia, sino más bien por lo contrario.

Las casas más elegantes de Londres están sumidas en un exceso desmesurado, de manera que la muerte por pluma de avestruz te acecha a la vuelta de cada esquina.

Pero eso no ocurría en la habitación de la señora Penury.

Todos los muebles eran de calidad pero sin exageraciones.

Los cuadros tenían marcos sencillos. Los textiles eran elegantes pero discretos.

Y no había ni un solo cachivache por ningún lado.

Qué maravilla.

Justo cuando me incliné hacia delante para observar los detalles de un cuadro —obra de un aficionado, pero muy hermoso—, la señora Penury entró en la sala. Su vestido de rayas doradas y blancas reflejó la luz y fue una visión encantadora.

Me enderecé.

—Hola, señora Penury.

Una inclinación de cabeza me devolvió el saludo. Me indicó con un gesto que me sentara en el mullido sofá de respaldo alto y luego se acomodó en un sillón situado en un ángulo oblicuo respecto a mí.

El sofá estaba decidido a ahogarme en comodidad. Durante un momento, me pregunté si no tendría que agarrarme a un cojín a modo de balsa para evitar desaparecer por completo. Sin embargo, con unos pequeños ajustes, logré mantener el equilibrio.

Llegó el té.

La señora Penury se dedicó a preparar nuestro tentempié en silencio. En lugar de preguntarme si me apetecía azúcar o miel, pan o mermelada, se detenía, me observaba con aire reflexivo y elegía lo que creía que me gustaría. Parecía una especie de juego.

Vale la pena dejar constancia de que disfruté de sus elecciones.

Los minutos iban pasando en silencio y al final sentí que era mi deber decir…, bueno, cualquier cosa. Y, aunque había planeado y ensayado una breve biografía de mi persona —tres líneas como máximo—, lo que salió de mi boca fue más generoso.

Comenzó con:

—Quizá le interese saber algo sobre mí, ya que me ha invitado a su casa.

Sinceramente, llevo desde ayer preguntándome cuál sería el protocolo de este tête-à-tête .

No hay referencias para una situación así.

Juliana de Norwich me ha fallado por ser del todo inaccesible; verá, no tengo ningún ejemplar de Revelaciones del amor divino y, por tanto, no puedo confirmar que hiciera voto de silencio.

Tito Andrónico , con su silenciosa Lavinia, falla a todo el mundo excepto a los carniceros más sanguinarios de entre nosotros.

Así que, una vez más, al no tener indicaciones sobre cómo prefiere que se aborde su silencio, he ideado un plan en dos partes.

La Primera Parte consiste en decir algunas cosas sobre quién soy, por lo que supongo que tiene un interés moderado pero no excesivo.

Respiré hondo y carraspeé.

—Mi padre es un fantasma, irlandés para más señas, y mi madre murió poco después.

Doy por sentado que él necesitaba compañía.

En cuanto a mí, no hay mucho que decir. Vivo en St. Crispian’s y cumpliré la mayoría de edad este enero.

Soy demasiado bondadosa con la gente cruel y quizá un poco desdeñosa con las jovencitas insensatas (a pesar de que bien podría ser yo misma una de ellas).

Pero, la verdad, si una ha de vestir de naranja, que lo haga con clase.

No hace falta convertirse en un espectáculo.

¿En cuanto a lo que se me da bien? Nada.

No toco ningún instrumento. No pinto (mi pobre padre se llevó una decepción).

No bailo. Bueno, sé bailar. Es decir, en las fiestas lo hago lo bastante bien como para disfrutarlo con mesura, pero no me hago ilusiones de triunfar como profesional.

»Lo que sí hago es leer. Ya ve. No soy una completa ignorante.

No tanto como me gustaría. Me refiero a lo de la lectura.

No a lo de ser una ignorante. Aunque es posible que mi vicario crea que sí lo soy.

Una ignorante, no lectora. Pese a que avanzo en mis estudios a paso de tortuga, se me da muy bien recordar los hechos.

¿Qué más ocupa mi tiempo? Los líos. Meterme en ellos.

Líos, apuros, circunstancias de naturaleza dudosa.

Un duque me ha informado recientemente de que parece que atraigo las situaciones desesperadas.

Discrepo. No obstante… —levanté las manos—, no puedo negar los asombrosos sucesos que rodean a mi persona, teniendo en cuenta que Los Diez Réprobos acaban de ascenderme a Leonor de Aquitania.

En cuanto sepa lo que eso significa, se lo diré. Si no es demasiado deshonroso.

Durante todo ese tiempo, la señora Penury había hecho caso omiso por completo de su té, con una expresión de sorpresa congelada en el rostro. A punto de caer presa del pánico, añadí una coda:

—Eso es mucho más, estoy segura, de lo que desea saber de mí.

En cuanto a lo que yo sé de usted, es una mujer amable.

Esconde notas en las flores. Una virtud.

Esta estancia demuestra que no depende de las modas pasajeras, ya que la decoración es elegante pero sin exageraciones.

Puede que los franceses no la aprueben. Eso no es malo del todo.

La señora Penury cerró los ojos, levantó una mano para taparse la cara, se estremeció —como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por no estallar— y luego resopló.

Me quedé paralizada. Me pregunté si no la habría roto para siempre.

—Señora Penury, ¿se encuentra bien?

Otro resoplido, seguido de una convulsión de los hombros cuando empezó a reírse.

La mujer había permanecido en silencio durante diez años, pero menos de tres minutos en mi presencia y había sucumbido. Me daba miedo que una frase acabara por completo con su vida de silencio.

Sin embargo, después de calmarse y pasarse un dedo por debajo del ojo para enjugar una lágrima descarriada, soltó un suspiro de satisfacción y me miró con aire expectante.

—Supongo que querrá saber cuál es la Segunda Parte de mi plan.

Bueno, tras una breve introducción (aunque es obvio que la brevedad ha fracasado), tenía la intención de sumirme en un silencio absoluto.

—Saqué mis Emerson del ridículo, le entregué Autoconfianza a la señora Penury y me quedé con el libro de ensayos para mí—.

Por si prefiere leer a escuchar mi mal trabajada autobiografía.

La señora Penury examinó el libro, la encuadernación, el título estampado en oro. Luego, abriéndolo con ademán experto, miró la portada, la dedicatoria —que le hizo enarcar una ceja— y comenzó a leer.

—¿Es usted…? —comencé, pero levantó un dedo sin apartar la vista de la página.

Así que me encogí de hombros, abrí mi propio libro —acabo de empezar «Experiencia»— y me puse a leer cómodamente.

Y cómodo fue.

La una en compañía de la otra, leímos y leímos y leímos.

Un buen rato más tarde, mucho después de que hubiera pasado el lapso razonable para un té, la señora Penury cerró Autoconfianza con un golpe seco.

Se puso en pie con el libro aún en la mano, se alisó las faldas tras sacarlas del sillón y caminó hasta un escritorio bien ordenado. Siguió un garabateo frenético.

Yo, sin saber qué otra cosa hacer, me guardé el libro en el ri­dícu­lo y me dispuse a marcharme.

Justo cuando estaba a punto de salir, la señora Penury se levantó de su escritorio, cruzó la estancia y me devolvió mi ejemplar de Autoconfianza con una mirada indescifrable.

Luego, me acercó las manos al rostro, sonriendo.

Y me dio un beso en la frente.

Era imposible pasar por alto el trasfondo maternal. Tuve que parpadear para mantenerme con firmeza en el terreno de la sorpresa en lugar de en el de las lágrimas.

Sin dejar de sonreír, la señora Penury me dio unas palmaditas en la mejilla y luego regresó a su escritorio.

Me marché.

Más tarde

Acabo de verle bajar de un cabriolé. Perdóneme por decírselo, pero me ha parecido que tenía dolor.

SÍ , HE TENIDO UN LARGO DÍA DE DOLOR .

¿Le apetece cenar conmigo?

A menos que tenga pensado salir otra vez.

NI EL MISMÍSIMO DIABLO SERÍA CAPAZ DE SACARME DE CASA ESTA NOCHE. ACEPTARÉ SU INVITACIÓN CON MUCHO GUSTO.

Más tarde

Cuando informé a Agnes de que Pierce cenaría conmigo, frunció el ceño.

—¿Qué pasa, Agnes?

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, señorita, he decidido no contarle a mi madre que el señor Pierce la acompaña durante la cena.

—¿Tan impropio lo consideraría tu madre? —pregunté mientras ocultaba una sonrisa bajo una expresión seria y puritana.

—Creo que cuestionaría varios aspectos, señorita.

—¿Varios? Madre mía. ¿Cuáles?

—Bueno, para empezar, que sea un solterón.

—Solo pasa unos cuantos años de los treinta, Agnes. No creo que eso cuente como ser un solterón.

—Y que usted sea una doncella. Es decir, una señorita. Es decir, una mujer casadera.

—«Casadera». Eso suena aterrador. —Tenía toda la razón, por supuesto.

A simple vista, resulta más que un tanto escandaloso.

Sin embargo, una debe protegerse de los Juicios de la madre de Agnes—.

¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez, Agnes, que no es raro que las mujeres casaderas den alojamiento y comida a otras personas?

¿Incluso a hombres solteros? Hay pensiones de ese tipo por todo Londres.

—Sí, pero él no es… Y usted está tan… Ninguno de los dos se arregla siquiera para cenar.

—Me temo que ahí nos has pillado.

Esta noche, cuando hemos terminado de cenar y nos hemos quedado sentados a la mesa charlando con tranquilidad, le he dicho a Pierce que me marcharía el día 27 y que debía mantener a Agnes con vida si el primo Archibald se descontrolaba.

—Si es que no la mato yo mismo del susto —respondió.

Me di cuenta de que se estaba frotando la pierna lesionada en un intento de aliviar el dolor. No parecía estar funcionando.

—Creo que ha decidido que no es usted una amenaza con mayúscula, señor Pierce, solo con minúscula. Eso debería tranquilizarle un poco.

—Ah, ¿sí? —dijo él.

Pero fue una pregunta sin entonación, una que arrastraba el peso de algo más.

Busqué cualquier cosa para aligerar el momento.

—¿Sabe que creo que Teobaldo ha acabado con todos los ratones del desván?

Pierce asintió, pero, como estaba segura de que no había oído lo que había dicho, lo intenté de nuevo. Cuando la compañía está distraída, lo menos que una puede hacer es entretenerse a sí misma.

—De hecho, Teobaldo se ha convertido en corredor de apuestas y hay varios pardillos apostando por todo, desde Parian hasta el número de ratones en el jardín. Nuestro gato está amasando una pequeña fortuna y espera retirarse con una buena suma de dinero y una casa en Piccadilly.

—Ajá —respondió Pierce. Luego se quedó quieto y frunció el ceño mientras levantaba la mirada hacia mí—. ¿Acaba de decir que Teobaldo planea jubilarse en Piccadilly?

—Algo parecido.

Sonrió. Una sonrisa libre y sincera; poco común, casi infantil.

—Me alegro de que esté desplumando a los pardillos de St. Crispian’s con tanta facilidad.

—Yo también.