Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 17 de septiembre
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17 de septiembre

Todo lo esencial para la reunión en el banco

Más tarde

Al llegar al banco, esperaba encontrarme con el mismo señor Penury de aspecto bancario de hace unos meses, pues confiaba en que el señor Penury de Regent’s Park fuera un acontecimiento raro y singular.

Una expectativa razonable. La secretaria me acompañó al despacho del banquero y cerró la puerta a mi espalda.

Penury no estaba sentado a su escritorio.

No.

Estaba revolviendo algo en una mesa situada en la esquina, cerca de una ventana.

Sobre la mencionada mesa habían servido el té de la tarde. Y había un precioso arreglo floral en un jarrón.

Iba a ser el señor Penury del parque.

Me sentí complacida, curiosa y más que un poco preocupada por si el señor Penury del Parque no era tan experto en finanzas como el señor Penury del Banco.

—¿Qué es esto? —pregunté con una sonrisa radiante.

(Una sonrisa radiante parece la respuesta adecuada a que tu banquero te reciba con flores en un jarrón).

—Esto es la señora Penury.

—Qué maravilla.

—Sí, mi esposa es una maravilla —respondió con sinceridad—. Por favor, siéntese. Tengo sus cifras preparadas. Las revisaremos dentro de un momento.

Me ayudó a acomodarme en la silla y luego él hizo lo propio.

—¿Le sirvo? —pregunté.

—Por favor. Para mí sin azúcar.

Una vez que estuvimos preparados para el refrigerio (¿cuáles son exactamente los parámetros de un refrigerio? ¿El té entra dentro de la categoría de refrigerio?), el señor Penury carraspeó.

—Para ser una mujer que ya no habla, expresa mucho sin decir nada cuando está… descontenta, digamos. Sobre todo conmigo.

Apreté los labios con fuerza, incapaz de contener la media sonrisa que se me dibujaba en el rostro. Me encantan los giros inesperados, y las confesiones matrimoniales de tu banquero entran en esa categoría.

—Mi esposa lo pasó bien con usted y con su amiga, la señorita Bairrage, cuando nos encontramos en el parque. Me di cuenta de que se pasó toda la tarde pensando en ustedes dos, así que, cuando me indicó que le gustaría saber más, le conté su historia a grandes rasgos.

Bebió un sorbo de té, incómodo.

—Aquí debo revelarle que he traicionado su confidencialidad, pero no su confianza, señorita Lion. Mi esposa insistió en conocer los detalles y, como no solo es callada, sino también discreta, compartí con ella el infame modo en el que se vio sumida en tales apuros económicos.

La revelación fue incómoda, pero no podía reprochárselo.

Eso no es cierto y lo elimino del acta.

Podía reprochárselo.

Y se lo reprocho.

Le reprocho su papel en todo el asunto.

Por muy considerado que fuera el detalle del té.

En cuanto a que se lo haya contado a la señora Penury, creo que su silencio es digno de confianza. Mi vergüenza es, probablemente, la única consecuencia de su indiscreción.

Es algo con lo que vivo bastante a menudo.

Y entonces comenzó un torpe intento de reparar el daño según los criterios de su esposa.

—Se disgustó mucho conmigo cuando… Eh… A lo que me refiero es a que…

Verá, mi esposa cree que debería haber… Ella es muy…

Teniendo en cuenta toda la situación, cree que podría y debería haber hecho más para localizarla y asegurarme de que entendía lo que el señor Flat estaba haciendo con la renta de la casa.

Que debería haber prestado más atención a la disminución de los fondos.

Que debería haber averiguado si usted disponía de algún otro dinero.

Me escribió una carta muy larga al respecto.

La tercera en todos los años que han pasado desde que dejó de hablar.

Señorita Lion… —me miró—, cuando mi esposa escribe, le hago caso.

—En ese acto reside la sabiduría —dije.

De forma más cáustica de lo que pretendía.

—Sí, bueno. Ella la ha invitado a este té en señal de su solidaridad de hermana (las flores son para usted) e insiste en que su estabilidad financiera debería ser la preocupación más acuciante de este banco.

Está claro que no entiende cómo funcionan las instituciones…

—Entonces se detuvo, se llevó la servilleta a las comisuras de la boca y continuó—: Mi esposa tiene razón en que mi negligencia, aunque no ilegal, fue irreflexiva e irresponsable.

Me comprometo a ayudarla a recuperar la solvencia. Bien, ¿comenzamos?

Hacía tiempo que la sonrisa forzada se me había esfumado del rostro, así que me limité a asentir con la cabeza.

Fue al abrir mi expediente cuando el señor Penury del Banco hizo acto de presencia. Frunció el ceño. La boca se le convirtió en una línea apretada y majestuosa. Se sacó las gafas del bolsillo, se las puso y se aclaró la garganta mientras repasaba las cifras con voz severa.

—Bien, señorita Lion. La última vez que estuvo aquí, le mencioné dos cosas.

Una, que debía aprovechar cualquier oportunidad, incluida la fortuna de sus familiares, para ahorrar todo lo posible.

Dos, que debía considerar qué trabajo podría aceptar.

Antes de sumar el sueldo que ganó trabajando como acompañante de la hermana del señor Flat, tenía en sus cuentas lo necesario para cubrir los gastos de un año.

Tras sumar ese sueldo, ahora tiene los gastos de dos años.

¿Sigue su inquilino en su casa? No se ha marchado, ¿verdad?

—Pues, eh… No, señor Banco. Quiero decir, Penury.

Señor Penury. Mi inquilino sigue en casa, y tengo más noticias en ese sentido.

—Saqué el grueso sobre de mi ridículo—. Le he alquilado mi salón grande como estudio para hacer retratos.

En este sobre encontrará su alquiler tanto del apartamento como del estudio hasta finales de año.

El señor Penury tomó el sobre y contó los billetes moviendo la lengua de la mejilla izquierda a la derecha mientras lo sopesaba.

—Bien hecho, señorita Lion. ¡Bien hecho! Le ha cobrado una buena cifra. Me alegro de que se mantuviera firme en su precio y no cediese. Diría incluso que ha salido ganando.

—¿De verdad? Bueno, Pierce… Es decir, fue el propio señor Pierce quien sugirió la cifra. Dijo que era justa.

—Lo es. A su favor. Bien, bien.

Y anotó unos cuantos números en una hoja de papel en blanco.

Yo oscilaba entre querer estrangular a Pierce y querer santificarlo.

—Bien, ¿ha conseguido ahorrar algo desde la última vez que la vi? —preguntó el señor Penury a continuación.

Le entregué mi tarrito.

Contó las monedas y depositó la mayoría junto al sobre. Me devolvió el puñadito restante.

—No supone una gran diferencia, pero todo ayuda. ¿Sigue aún el presupuesto que le marqué?

—Pues… Bueno, sí. Es decir, sigo pagando las cuentas mensuales con los fondos que quedaban en Lapis Lazuli House —expliqué—.

No creo que nos hayamos pasado demasiado.

Sin embargo, hubo un incidente con un gato, y ahora el señor Flat se está recuperando de una pierna fracturada.

Tuve que pagar al médico. En cuanto al único otro gasto digno de mención, supongo que debería hablar con mi cocinera.

Puede que nos hayamos excedido, algo que corregiré.

Los duques no necesitan tres postres, por muy distinguidos que sean.

El señor Penury juntó las cejas.

—¿La está cortejando un duque?

Rompí a reír.

—¡Uy, no, señor Penury! No está cortejándome. ¿Acosándome? Bastante. ¿Sermoneándome? Sí. ¿Fastidiándome? Sin duda alguna.

Penury dejó escapar un suspiro de pesar.

—Qué lástima. Un matrimonio ventajoso resolvería todo esto y más. ¿Está buscando casarse? Es su plan más sensato.

Entonces me tocó a mí soltar un suspiro. Uno cargado de algo un poco más afilado que el pesar.

—Señor Penury, creo que lo mejor es dar por hecho que debo encontrar un modo de conservar Lapis Lazuli House como femme sole .

Aunque la Ley de Propiedad de las Mujeres Casadas se aprobara el año pasado (causando una enorme conmoción en el corazón de los hombres de todo el país) y eso signifique que, en caso de matrimonio, la propiedad de Lapis Lazuli House seguiría siendo mía, creo que es prudente no casarme con un hombre por dinero, no sea que la necesidad me nuble el juicio y me encuentre atada a un necio.

Creo que su esposa, de hallarse aquí presente, estaría de acuerdo.

El ceño de Penury se hizo aún más profundo. Juntó la yema de los dedos de ambas manos a la altura de la cintura.

—En eso tiene razón. Sin embargo, si apareciera el hombre adecuado, y el dinero se parece más al amor de lo que uno podría suponer en un principio, no le dé la espalda a la oportunidad de ser feliz por el mero hecho de que él tenga los medios para salvarla.

Era lo más fiscalmente romántico que había oído en mi vida.

—De acuerdo —respondí.

Mi mente estaba de acuerdo.

¿Mi corazón? Bueno. Mi corazón piensa que Saffronia March ha tenido un éxito tremendo en su carrera de solterona (al fin y al cabo, tiene treinta y seis años) con tanto viajar de un lado para otro por Europa pintando a condes italianos.

—¿Tiene motivos para creer que su inquilino (el señor Pierce, ¿no?) pretende quedarse más allá de fin de año?

—¡Por supuesto! —respondí con una certeza rotunda.

Qué pregunta tan absurda me había hecho. ¿Por qué no iba a quedarse Niall? ¿Por qué tendría Niall Pierce siquiera la menor necesidad de marcharse?

Qué perspectiva tan triste.

No me gusta pensar en ella.

—Bien —continuó Penury—. Eso nos deja la cuestión de qué trabajo podría hacer usted para complementar el alquiler del señor Pierce.

Mi mirada vacía no se debía solo a la falta de entusiasmo por la idea, sino a un vívido recuerdo de mis tristes años en Bournemouth. Pero Emma M. Lion mantuvo la compostura decorosamente firme y no recurrió a un episodio amargo delante de su banquero.

No, eso lo reservaré para una noche amarga.

Sola. En un puente.

Mirando con desesperación el agua de más abajo. Retorciéndome las manos y preguntándome cómo había quedado mi vida reducida a algo así. O cualquier otra cosa igual de trágica. No es que vea el tirarme al Támesis como una solución viable a mis males.

Para eso tenemos el té.

Y así le respondí:

—Una pregunta que he descuidado responder, ya que no tengo ni idea de para qué tipo de trabajo estoy capacitada.

Penury cogió una larga bocanada de aire y se recostó contra el respaldo de la silla.

—Fue acompañante de la hermana del señor Flat. ¿Consideraría volver a hacer ese tipo de trabajo?

—No.

—¿No?

—No, señor Penury, no volveré a considerar ese tipo de trabajo nunca jamás.

—Entiendo. ¿Por qué no elabora una lista de sus logros, de cualquier habilidad especial que tenga?

Yo me encargaré de hacer averiguaciones por mi cuenta.

Dispone de algo de tiempo ahora que ha alquilado el salón, pero, a principios del año que viene, tendrá que estar trabajando en algo, señorita Lion.

Asentí con más convicción de la que sentía.

—Intente recortar su presupuesto. Como sea. Tiene otro reto por delante.

Terminamos la reunión y, antes de que me marchara, el señor Penury del Banco se levantó y empezó a maltratar las flores para intentar envolver los tallos en papel.

Al darme cuenta de que el señor Penury del Parque no iba a volver durante la visita, me hice cargo de la tarea con elegancia y salí del banco con las flores en la mano y mis escasas habilidades en la mente.

Al llegar a casa hace un momento, he encontrado una nota entre las flores.

Señorita Lion:

Los hombres insensatos llevan años malgastando el dinero de las mujeres. Y nuestro sistema financiero suele concederles el derecho de hacerlo. Espero que haya disfrutado del té y que el señor Penury le haya sido de ayuda.

Rebecca Penury