Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 18 de septiembre
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18 de septiembre

Hoy han llegado diecisiete cartas para Pierce. Avergonzada, admito que se las he dejado en la cesta.

Más tarde

El primo Archibald ha vuelto a cenar en el comedor esta noche.

Me negué a irme cuando llegó.

La batalla estaba servida.

A decir verdad, ahora que el calor del verano ha pasado, preferiría que me subieran la bandeja a mi buhardilla.

Lo preferiría con creces.

Las noches en las que Pierce no me acompaña, claro está.

No obstante, eso sería ceder terreno.

Ya he dado grandes pasos en mi recuperación de Lapis La­zuli House de manos de su malvado señor feudal.

El Salón de Recibir es ahora de mi Uso Habitual.

¿El Gran Salón? Obviamente, es el Estudio de Pierce.

La Sala del Desayuno es un lugar maravilloso para esconderse, ya que Agnes y yo hemos mantenido en secreto que la uso.

Y guardo mi paraguas en el vestíbulo. Archibald sabe que ha perdido la primera planta.

Si insistiera, podría reclamar uno de los dormitorios de la cuarta. Sin embargo, me he acostumbrado a mi buhardilla.

Más que eso, me gusta.

Me gusta la comunicación que Pierce y yo mantenemos a través de la rendija de la pared.

Teobaldo entra y sale lo bastante a menudo como para hacerme compañía.

Y mis ventanas tienen vistas a los tejados de la ciudad.

Ya no me parece algo con lo que conformarme —confesión: hubo unas cuantas semanas abrasadoras en julio en las que solo era algo con lo que conformarse— y es el único lugar de la casa que no parece contaminado por Archibald.

Teniendo en cuenta que la última vez que lo visitó se cayó y se rompió una pierna, no creo que haya bises.

Todo esto para decir que sí, insistí en quedarme en el comedor para cenar. Y él también.

Recé con fervor para que nuestra comida se desarrollara en silencio.

En voz alta.

Recé en voz alta.

Cuando terminé de bendecir la mesa, vi que a Archibald le suponía un gran esfuerzo pronunciar el «amén». Al final lo hizo, pero deprisa, como si la precipitación con la que lo decía fuera una señal de desacuerdo.

Y, en menos de un minuto, el hombre ya se había lanzado a hablar.

—Veo que te pareces a tu padre en la forma en la que te vistes para cenar —afirmó con un resoplido.

—Mi padre trabajaba mucho mientras tú no hacías nada. ¿Estás seguro de que este es el rumbo que deseas que tome nuestra conversación? —respondí.

Eso me concedió tres minutos más.

Y entonces:

—Me has agriado toda la comida.

—¿Qué hay en la mesa que pueda haberse agriado, primo?

—Los guisantes.

—¿Pueden agriarse los guisantes? Si llevaran una salsa de nata, claro, pero ¿yendo solo acompañados de unas inofensivas zanahorias?

—Estar agriado es un estado del alma —respondió él.

—¿Te refieres al estado permanente de la tuya? —bromeé yo.

Me lanzó la cuchara.

Me agaché debajo de la mesa.

Fue entonces cuando se decidió que él tomaría la cena a las siete y media; yo la tomaría a las ocho.