Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 16 de septiembre
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16 de septiembre

Acabo de volver de la iglesia. Es muy posible que haya sido el sermón más satisfactorio de mi vida.

Al despertarme por la mañana y verme un tenue rastro de colorete en las mejillas, pensé que tal vez me conviniera rendir culto en el anonimato de mi buhardilla. Sin embargo, no deseaba que Islington creyera que me ausentaba por vergüenza.

Me vestí con recato, me recogí el pelo en un moño elegante y sin duda decoroso y subí por la Diagonal hasta la iglesia con la confianza de una puritana.

La capilla comenzaba a llenarse de los feligreses habituales.

(Aunque me fijé en que el banco de atrás estaba sin duda desprovisto de cualquier número de Réprobos).

Tras saludar de manera piadosa a algunos de mis vecinos, me senté en mi fila habitual. Ni demasiado cerca de la parte delantera ni demasiado al fondo. La señal de un alma equilibrada. No habían pasado más de tres o cuatro minutos cuando alguien se sentó a mi lado con gran determinación.

Islington. Bien vestido, con la mirada clavada al frente.

—No recuerdo haberle visto antes aquí — pregunté lo acusé a modo de saludo—. ¿Es usted un hombre que frecuenta la iglesia?

—Lo soy cuando me interesa —respondió—. Por lo general, escucho desde el despacho de Hawkes. ¿Es usted una mujer que frecuenta la iglesia?

—Casi todos los domingos.

Lo dije en el tono más piadoso que fui capaz de emplear.

—Y todavía sigue esperando a que surta efecto, por lo que veo.

Estuve a punto de pellizcarlo.

Cuando el Joven Hawkes se puso en pie, Islington y yo nos cruzamos de brazos y nos preparamos.

Hawkes carraspeó.

Según recuerdo, este es el relato más fiel de lo que se dijo:

—Las historias bíblicas a menudo nos parecen lejanas en estos tiempos modernos.

Eso les resta la intensidad y la emoción de la conexión personal y las sustituye por el sabio consuelo del mero observador.

Hay ocasiones en las que la comodidad de tal perspectiva nos coloca en una posición de desventaja.

Por eso, de vez en cuando, resulta útil situar ese contexto a la luz de una comparación contemporánea.

Tomemos como ejemplo a la mujer sorprendida en adulterio.

¿Y si no hubiera muerto hace tiempo, sino que estuviese viva y residiendo en Londres?

¿Y si fuera bailarina en The Drunken Duck…

—se oyó una oleada de murmullos confusos— y, en lugar de a un fariseo que busca sorprender a Cristo en una situación indefendible, nos imagináramos a un hombre influyente de nuestros días, cuya posición da peso a sus opiniones?

Un conde o… un duque. Consideremos ahora la situación.

El…, eh…, duque ha condenado a esta mujer y la ha llevado a rendir cuentas ante Dios y la comunidad por sus pecados.

»¿Y con qué nos encontramos? Con que Cristo traza una línea con el dedo en el polvo de la calle y luego invita a quien esté libre de pecado a lanzar la primera piedra.

Se hace un silencio incómodo e inesperado.

Uno a uno, quienes la acusaban dejan a la mujer para que se dirija a su Señor en privado.

Él ajustará cuentas con ella. Él hablará de los asuntos relacionados con The Drunken Duck.

»Pero, a efectos de lo que nos ocupa hoy, no nos detendremos en el Señor Jesús y la bailarina.

Confío en que Él se ocupará de ella y le ofrecerá el consejo necesario, tal como se recoge en el capítulo ocho del Evangelio de Juan.

Centrémonos, en cambio, en el hombre influyente.

Aquel al que se le concedió permiso para apedrear a nuestra bailarina (ya fuera de forma literal o simbólica) solo si él mismo estaba libre pecado.

Sigamos a este hombre cuando se aleja de la polvorienta plaza de Jerusalén y recorre las callejuelas que conducen a su cómoda casa, a su situación privilegiada.

Cristo no designó a este hombre para que fuera el juez de nuestra bailarina.

No, le pidió que mirara hacia dentro, a su propio corazón.

Este duque que deseaba denunciar la paja en el ojo ajeno no ha visto la viga en el suyo. Este hombre somos todos nosotros.

»En un esfuerzo por contribuir a nuestro propio progreso espiritual, he seleccionado cincuenta y tres versículos de las Escrituras de los que nosotros, el proverbial duque, podríamos aprender personalmente; una forma de mirar hacia dentro en lugar de señalar. ¿Empezamos?

Y eso fue lo que hizo.

El Joven Hawkes repasó cincuenta y tres versículos sobre todos los temas, desde la hipocresía del sepulcro blanqueado hasta el momento en el que el Antiguo Testamento asegura que el Señor mira el corazón, y no se detuvo hasta haber comentado todos y cada uno de los que había entre medias.

Yo estaba emocionadísima y mi sonrisa se hacía más amplia con cada comentario.

Islington permanecía tan callado como las estatuas mudas del Areópago.

Y, cuando todo terminó, cuando se cantó el himno y el servicio concluyó, me volví hacia Islington y lo vi sentado con la espalda rígida, los brazos cruzados y mirando al frente sin parpadear.

Al cabo de un rato, respiró honda y lentamente, cerró los ojos y, entonces —justo cuando me preparaba para un segundo ataque verbal—, comenzó a reírse con tal estruendo que todos los que quedaban en la capilla se volvieron para mirarlo.

Islington no retomó su acusación, ni bíblica ni de ningún otro tipo.

Al salir de la capilla, me pidió disculpas.

Unas disculpas sinceras. No a medias.

Dijo las palabras auténticas.

—Le pido disculpas, señorita Lion.

—Bien hecho —repliqué.

—Me pasé de la raya.

—Así es. Se pasó más de dos o tres rayas, me temo.

Entonces él —el duque de los hombros rectos y el humor distante— apartó la mirada de mí y dijo:

—Temía por su seguridad. Y no pude… Es decir, podría haber expresado mi preocupación de una manera más diplomática.

Sus ojos de color avellana seguían mostrando ciertos sentimientos residuales de la noche anterior. Pero, cuando me miró de nuevo a la cara, ahí había otro recuerdo. Un pensamiento ajeno a mí, podría jurarlo.

Como si no fuera solo a Emma M. Lion a quien le estuviera diciendo que tuviera más cuidado, sino a otra persona.

Vi más allá de la fachada de su porte ducal, y fue un momento demasiado largo como para resultar cómodo. Pero había captado el rastro de algún recuerdo del pasado. Y aquel hombre, tan acostumbrado a ser el único árbitro en el juego del sabueso y el conejo, se dio cuenta de ello.

Le cambió la expresión.

—Supongo que no va a contarme qué hacía allí.

—No, no es probable.

—¿Hacemos un trato, entonces? —preguntó.

—¿Qué tipo de trato?

—Yo me volveré a leer los cincuenta y tres versículos completos si usted se lee el capítulo ocho del Evangelio de Juan.

—Ay, Islington. —Suspiré—. Ya me he propuesto no volver a pecar. Aunque, si supiera lo que estaba haciendo, entendería que estaba justificado.

—¿Qué estaba haciendo?

Sonreí.

—¿Té, Islington?

—Me temo que mi madrina me ha invitado a lo mismo. ¿Podría acompañarla otro día?

—Si trae a este yo contrito, será bienvenido cuando quiera.

Abrió la boca para decir algo, se lo pensó mejor y se puso el sombrero.

—Hasta nuestro próximo…, eh…, encuentro inesperado.

¡Vaya!

Más tarde

Llevo toda la tarde pensando en Islington.

Y en lo que puede que haya vislumbrado bajo el control de sus emociones.

Me supone un misterio.

Y de esos tengo unos cuantos.

Madre mía.

Esto requiere de un recuento.

Misterios en el año de 1883

¡EMMA M. LION EXIGE RESPUESTAS!

Islington, el duque de

¿Por qué perdió su admirable control por culpa de mi estúpida aventura?

¿En quién estaba pensando cuando lo hizo?

Niall Pierce

¿De dónde es y quién es su gente?

¿Por qué se fue a Estados Unidos?

¿Cómo se hirió la pierna?

¿Por qué tiene tantos fantasmas?

(Aparte de por las consecuencias obvias de su profesión).

El Joven Hawkes

¿Por qué parece que nunca duerme?

Más tarde

Un lacayo acaba de traerme mi abrigo largo, gastado y raído.

Lo he aceptado con toda la dignidad que he sido capaz de reunir.