Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 15 de septiembre #3
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15 de septiembre #3

(No había sido a propósito).

(Él no tiene por qué enterarse nunca).

—¿Qué demonios se le puede haber pasado por la cabeza? ¿Ha bebido?

—¡Por supuesto que no!

No puede decirse que fuera una batalla de Titanes, pero imagino que Zeus y los suyos habrían huido.

Discutimos sin parar durante todo el camino hasta Lapis Lazuli House, donde, de manera inesperada, vimos nada menos que al Joven Hawkes caminando por el otro lado de Whereabouts, con un libro bajo el brazo y las manos en los bolsillos.

Aquello era una broma cósmica en su máxima expresión.

Noté que se me sonrojaba la cara y, al darme cuenta de que no iba cubierta con la chaqueta de Islington, me sentí algo incómoda más avergonzada de lo que creo haberlo estado en toda mi vida.

Hawkes levantó la vista, nos vio a Islington y a mí allí parados, torció la boca hacia un lado y luego se acercó poco a poco con una expresión indescifrable.

—Hola —saludó mientras desviaba la mirada de Islington a mí.

—Hawkes —dijo Islington en tono enérgico.

—Buenas noches —respondí con el mismo entusiasmo.

Hawkes no hizo ningún comentario sobre mi aspecto ni sobre la evidente irritación de Islington.

No estoy al tanto del grado de amistad que existe entre los dos hombres, pero parecen conocerse bastante bien.

Islington dijo:

—Nos pilla al final de una odisea.

En el mismo preciso instante, yo dije:

—Esto no es lo que parece.

Parecíamos dos escolares a los que acaban de sorprender.

Hawkes se cambió el libro de debajo de un brazo al otro. Luego, con las manos de nuevo en los bolsillos, echó los hombros hacia delante como para resguardarse de un viento invisible.

—Lo que parece es que la señorita Lion ha participado en algún tipo de espectáculo de baile y que a Islington no le ha gustado la idea. —A continuación, nos miró a ambos con una expresión solemne en el rostro—. ¿He interpretado bien la situación?

A mí se me escapó la risa por la nariz e Islington me lanzó una mirada furiosa.

El Joven Hawkes no se inmutó.

—Todos nos hallamos en circunstancias extrañas de vez en cuando.

—Sí, bueno, la señorita Lion se ha superado a sí misma esta noche, como puede ver.

—No soy una niña sujeta a su censura, Islington.

—Su comportamiento podría indicar lo contrario.

—Sacarme a la fuerza de The Drunken Duck no dice mucho a favor de su propia madurez.

Hawkes parpadeó.

—Islington se ha autoproclamado mi ángel de la guarda —le dije al Joven Hawkes—. Lo cual, sin duda, es una desgracia para todos nosotros.

—Alguien tiene que poner freno a los ridículos enredos que parece provocar. ¿Y si le hubiera pasado algo?

—¿Algo peor que usted?

Arqueó una ceja.

Me entraron ganas de pegarle un puñetazo. Muchas ganas.

Hawkes me miró a los ojos y luego dijo sin el menor atisbo de humor:

—Me gustan los pájaros.

Respiré hondo.

—¡Gracias!

Y entonces Islington me echó a los pies de los caballos. En sentido figurado.

Por muy tentadora que tal vez le hubiera resultado la acción literal.

—¿Ha escrito su sermón para mañana, Hawkes?

Quizá podría predicar algo pertinente para Emma, quien, esta noche, como usted mismo ha dicho, ha frecuentado un salón de baile.

No, permita que me corrija. No ha frecuentado un salón de baile.

¡Ha bailado en él! O lo ha intentado, para ser más exactos.

Su actuación ha sido de cariz cómico, eso se lo aseguro.

Mi mirada habría petrificado a los muertos.

Los Islington, sin embargo, parecen inmunes.

—Tenía mis razones —dije con los dientes apretados.

Entonces Hawkes comentó (sin ironía, debo señalar):

—Solemos tenerlas.

—Asómbrenos a ambos —me retó Islington.

No lo hice, a pesar de que las horquillas que me sujetaban el nido empezaban a resbalarse de forma desafortunada.

La situación estaba estancada.

Y se me estaba cayendo un nido de la cabeza.

Llegados a ese punto, decidí que Islington y yo íbamos a ser el uno la proverbial piedra en el zapato del otro.

Me mantuve firme.

Hawkes, al parecer, se había cansado de la escena que se desarrollaba ante él.

—Buenas noches, Islington. Señorita Lion.

Y pasó entre los dos y se alejó caminando por Whereabouts Lane hacia la oscuridad.

Harta de considerar que ya había hecho suficiente el ridículo por una noche, levanté la barbilla, volví a colocarme el nido de pájaros en lo alto del peinado delirante y dije con altivez:

—Siguiendo el ejemplo del Joven Hawkes, le deseo buenas noches, Islington.

—Buenas noches —respondió él—. Me alegro de que esté viva para ver cómo acaba el día.

Y nos separamos.

Agnes, bendita sea, estaba sentada en las escaleras delante de la puerta de mi buhardilla, dormida, con una vela a medio quemar.

—Agnes, querida —dije en voz baja—. ¿Qué estás haciendo?

Se frotó los ojos y bostezó:

—Ah, señorita Lion, sabía que necesitaría ayuda para quitarse el vestido. ¿Se ha divertido en la fiesta de disfraces?

Qué dulzura después del vinagre de Islington. Le di un beso en la mejilla.

A Agnes le gustaron tanto los pájaros que rescatamos de mi pelo que le dije que podía quedárselos para hacer un arreglo floral.

A Islington le estaría bien empleado que los colocara justo debajo de su retrato en la cocina.