Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 15 de septiembre #2
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15 de septiembre #2

Mientras en el escenario comenzaba un número cómico, con su música ridícula y todo, intenté sonreír al pasar junto a varias mesas con hombres que buscaban llamar la atención de cualquier bailarina.

Yo no estaba para tonterías y me apartaba cuando tendían las manos para atraerme hacia ellos y entablar conversación.

Tenía una misión que cumplir. Mi actitud era la de Macbeth: «Lo mejor sería acabar con esto rápidamente».

Sin embargo, por muy decidida que estuviera, no vi a ningún hombre con una corbata Aston verde y una rosa blanca. Por no hablar de una cicatriz.

Me abrí paso entre las mesas delanteras entre frases como: «¡Buen espectáculo, buen espectáculo!». Mientras me dirigía hacia la parte de atrás, me topé con un grupo de jóvenes que ya se había apropiado de tres bailarinas para su diversión.

—¡Ahí hay otra!

—¡Llámala!

—No está tan mal.

(¡Era la segunda vez en la misma noche que alguien decía que no estaba tan mal! A duras penas podría interpretarse como un cumplido).

Un patán que no paraba de reírse en otra mesa dio un paso atrás tan rápido que casi me tiró al suelo.

—¡Cuidado! —grité cuando escapé por poco de que me derribara.

El joven se volvió. Sonrió. Y me encontré cara a cara con nada más y nada menos que mi primo, lord Damian Spencer.

¡Damian!

¡Quien se suponía que estaba persiguiendo a alguna belleza italiana!

—Perdóname —masculló—. ¿Estás ocupada? Estamos buscando a una más…

—Tengo una cita —grazné.

Entonces los ojos se le enfocaron bajo la neblina de la borrachera.

—No puede ser… ¿Emma? No. Espera. ¿Cómo te llamas?

—Jane.

Y, esquivándole, pasé a su lado a toda prisa.

Fue entonces cuando vislumbré una pitillera cubierta de esmeraldas; seguí con la mirada los dedos enguantados del hombre que se llevaba un cigarrillo a la boca y lo encendía.

Una rosa blanca. Una corbata Aston verde. Una cicatriz en la mejilla izquierda.

Parecía una persona horrible.

Sus acompañantes eran menos amenazantes, pero solo un poco.

No había mujeres en su mesa.

Me sudaban las palmas y me tragué el nudo de nervios que se me había formado en la garganta mientras intentaba pensar en la mejor forma de abordar la situación.

Me abrí paso entre unas cuantas bailarinas y me acerqué por detrás.

Tras agacharme, le susurré al oído lo que pensé que tal vez diría una bailarina:

—Disculpe, jefe.

Fue, sin lugar a duda, el momento más humillante de mi vida.

Las palabras, que pretendían evocar una vida dura en los barrios marginales, sonaron extremadamente refinadas, como si estuviera a punto de preguntarle si la exposición de jardinería continuaría el próximo verano.

No podría haber quedado más claro que estaba fuera de mi elemento.

El hombre debió de pensar lo mismo, porque volvió la cabeza con brusquedad y me miró como si me hubieran salido alas.

—¿Puedo ayudarte de alguna manera? —preguntó con una voz ronca, cargada de sospecha.

Le puse la mano en el hombro.

—Solo charlando un rato, supongo.

Sus acompañantes sonrieron con sorna. Y él —con el rostro curtido y el cabello aceitado— levantó la mano hacia mi muñeca y la apartó.

—Vete, cariño. Siento decepcionarte.

Tardé unos instantes en darme cuenta de que me había quitado la pulsera en ese único movimiento.

—No se preocupe por mí —dije—. Si le soy sincera, preferiría estar en casa con una buena taza de té y estudiando las teorías de Euclides.

Entonces toda la mesa se me quedó mirando, así que les dediqué una sonrisa cortés antes de alejarme con paso tranquilo y chocar de lleno con la espalda de un hombre que acababa de levantarse.

Hablando de Euclides, fue una geometría bastante inoportuna.

—Mis disculpas —dijo él.

—La culpa es mía —respondí.

Y entonces se dio la vuelta.

Nos miramos a los ojos.

A él se le abrieron como platos.

—¿Pero qué…?

Acababa de toparme con el duque de Islington.

Ante el desastre que se avecinaba, intenté salir corriendo, pero unos dedos férreos me agarraron del brazo y tiraron de mí hasta que quedamos cara a cara.

—¿Qué está haciendo aquí? Respóndame.

—¡No es asunto suyo!

—Ahora sí que lo es, maldita sea.

—Islington…

Pero no me dejó articular ni una palabra más.

—¿Qué lleva puesto? ¿Cómo…? Venga. Nos vamos.

—Islington, no necesito…

Pero me apretó el brazo con más fuerza, como si fuera una niña, y empezó a llevarme casi a rastras hacia el borde de la abarrotada sala.

—No monte un escándalo —le susurré.

—Si sigue sonriendo como la necia que es, nadie le dará importancia.

—¿Que nadie le dará importancia a que el duque de Islington se lleve a una bailarina a la fuerza? ¿De verdad cree que eso no dará que hablar?

Frunció el ceño —una imagen imponente que contemplar— y, en lugar de dirigirse hacia la salida habitual, giró, conmigo a la zaga, hacia la puerta que daba a los bastidores.

—Sé dónde está el escenario —dije con tono cortante.

—Me preocupa más si sabe dónde está su sentido común.

—Me lo he dejado en la última mesa, con Euclides.

—¿Qué? —preguntó con brusquedad.

Habíamos franqueado la puerta del escenario y, sin prestar atención ni a las miradas curiosas ni a las risas mal disimuladas del resto de las patitas, un Islington muy decidido se negó a detenerse hasta que encontró la salida y me sacó al aire húmedo del callejón trasero.

—Mi carruaje está esperando a la vuelta de la esquina —declaró mientras seguía tirando de mí y yo medio saltaba, medio me caía.

—Islington, tengo un cabriolé…

—Ni una palabra, señorita Lion. Ni una sola palabra. Todavía no.

Entonces, al darse cuenta de que su carruaje esperaba en una calle muy transitada, frenó en seco, frunció el ceño, me soltó el brazo, se quitó la chaqueta del esmoquin y me la echó por los hombros.

—Parece…

—¿Una verdadera chica pato?

Aquello no calmó la furia de Islington.

—¿Le parece gracioso? —espetó.

No era una pregunta. Era una condena.

La verdad es que sí me parecía un poco gracioso.

Salimos a la calle y allí estaba el carruaje de Islington. Su cochero nos vio, se mostró más que sorprendido al ver al duque con una bailarina y se dispuso a bajar. Pero Islington lo detuvo con un gesto.

—A Lapis Lazuli House, en St. Crispian’s —ordenó.

A continuación, abrió él mismo la puerta del carruaje y me ayudó a medio lanzó hacia el interior.

Estaba más que indignada, así que me enderecé y me ajusté la chaqueta sobre los hombros. Islington se sentó a mi lado y el carruaje comenzó a moverse.

—No había ninguna necesidad de que hiciera todo eso, Islington. Tenía mi propio cabriolé esperando. De hecho, estaba a punto de marcharme cuando me ha visto.

—No ha sido ninguna molestia —respondió con frialdad y mirando al frente. Aquel hombre era la furia personificada—. No puedo ni imaginarme…

—Pues no lo haga —repliqué—. ¡No tenía derecho a entrometerse!

—¿De verdad?

—¡De verdad!

Entonces se dignó mirarme.

—¿Tiene la menor idea de lo que su padre me habría hecho si la hubiera dejado en ese lugar?

Resoplé.

—¿Qué derecho tiene a invocar al fantasma de mi padre? ¡No sabía que le hubiera dejado a cargo de mi bienestar moral!

—No habría podido dormir tranquilo.

—Bueno, pues ahora seré yo la que no pueda dormir, porque me he dejado el abrigo largo en el camerino. ¡Y le he robado los pájaros a Marge!

Me llevé la mano al pelo y confirmé que todo seguía en su sitio a pesar de mi dramatismo.

—Mañana pasaré a recoger su abrigo —respondió él furibundo. Luego, al cabo de varios minutos de lo que solo puede describirse como un silencio amenazante, reanudó su ataque—. ¿Qué hacía en un lugar así? ¿Acaso… ha aceptado un trabajo como bailarina?

—¡No! Por supuesto que no. Estaba ahí con un propósito muy concreto y ya lo he cumplido.

—¿Y cuál era ese propósito?

—¡No es asunto suyo!

—¡Descarada insolente! ¿Acaso no tiene ningún sentido del decoro? ¿Está intentando que la maten?

Qué absurdo.

Me eché a reír a carcajadas.

—¿Se acuerda de hace dos semanas, cuando Pierce, usted y yo estuvimos hablando junto a la fuente hasta altas horas de la madrugada? ¡Aquel día no se habló de decoro!

—Ahí estaba a salvo. Y, dado que acabábamos de salir de casa de lady Trewartha, su reputación también lo estaba. Bailar en The Drunken Duck es un asunto muy distinto.

—Se lo repito, Islington, lo tenía todo bajo control.

—Y entonces la injusticia de sus acusaciones unilaterales me vino de golpe a la mente—.

¿Qué hacía usted allí? —No respondió, solo apretó la mandíbula y se mostró tremendamente molesto.

Así que añadí—: Está siendo un poquito hipócrita esta noche, ¿no le parece?

—Estaba allí porque mi primo y heredero, el joven más estúpido del imperio, no para de meterse en líos.

Sabedor de que seguro que se gastaría una gran parte de su asignación en unas mesas de juego para las que no tiene aptitud, intentaba llamarle la atención de una forma discreta y severa antes de que pasara otra ruinosa noche en el club.

Una razón de peso, lo admito. Sin embargo, la mía era igual de noble.

—Está hecho todo un ángel de la guarda, Islington. Debería reconocerme el mismo mérito.

Entonces volvió a lanzarme la severa y redundante pregunta:

—¿Qué hacía allí?

—¡No tengo por qué decírselo!

Y así continuó la discusión.

Cuando el carruaje llegó a Whereabouts Lane, golpeé el techo y el cochero detuvo los caballos.

—Gracias por su innecesaria caballerosidad, Islington. Seguiré sola hasta mi casa. Su chaqueta.

Y me la quité y se la tiré antes de apearme. Estuve a punto de torcerme el tobillo cuando la estúpida bota se me enganchó en un adoquín.

—Deje que la acompañe hasta la puerta —insistió.

—Puedo arreglármelas sola.

Y empecé a caminar por la calle con toda mi magnificencia.

Pero a los Islington, al parecer, no se les disuade fácilmente.

Al menos no al que me ha tocado a mí.

Había salido del carruaje y me estaba siguiendo por Whereabouts.

—No puede participar en ese tipo de espectáculos, Emma.

—Sí puedo.

—No creo que…

—¡Ni siquiera sabe lo que estaba haciendo!

—¿Me equivoco al suponer que es la mujer que ha estado a punto de caerse del escenario?

—¡Ha sido a propósito!