Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 15 de septiembre
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15 de septiembre

Empiezo a creer que el cielo y el infierno están conspirando. Muy probablemente en mi contra.

Por regla general, ni se me revuelve el estómago ni se me forman nudos en él. No, qué va; mi culpa se manifiesta de otras formas.

Esta noche ha sido una excepción. Me he encontrado fatal durante toda la aventura.

Aunque quizá no sea tanto culpa como miedo escénico. Es difícil saberlo.

Ojalá él no hubiera…

Bueno, no tendría que haber interferido de ningún modo. Esperaba la más absoluta anonimia en el salón de baile. ¿Quién se cree que es?

El vestido y el corsé que lo acompañaba no me dejaron más opción que meter a Agnes en el ajo.

—Tira tan fuerte como te atrevas, Agnes —susurré—. La cintura parece peligrosamente ajustada.

—¿Desea ponerse ese vestido tan ridículo, señorita?

—Sí, Agnes.

—Pero… parecerá una chica en un salón de baile.

Seré una chica en un salón de baile, Agnes, pensé.

—Es una velada de disfraces con amigos, Agnes —dije.

—¡Ah! Mi madre dice que la reina hace esas cosas.

Mi sonrisa fue tan falsa como el jade de imitación cuando respondí:

—Sí, seré idéntica a la reina.

Eso satisfizo a la pobre muchacha, que tiró con todas sus fuerzas.

Puede que Agnes sea pequeña, pero es capaz de apretar un corsé como la mejor.

Ni que decir tiene que, cuando me cubrí con mi viejo abrigo largo, me lo abroché hasta la barbilla.

En cuanto llegó el cabriolé —con una raya blanca en la pata del caballo—, salí corriendo por la puerta con las ridículas botas de tacón mientras Agnes me deseaba que disfrutara de la velada.

El cochero no se volvió para mirarme cuando entré: era un hombre desgarbado con el sombrero calado hasta los ojos.

Me acomodé en un rincón y respiré hondo para armarme de valor.

—Van a tener que arreglarle el pelo, y a Marge le va a tocar maquillarla.

Di un respingo.

La voz iba acompañada del resplandor de un cigarrillo. Pasó medio segundo antes de que la silueta oscura de Jack tomara forma en la esquina opuesta a la mía cuando los ojos se me acostumbraron a la luz.

—Este es, sin duda, el más ridículo de los episodios —afirmé. Y era cierto—. Tendría que ser una escena de una novela desesperada.

Sonrió, el blanco de sus dientes reflejó la luz de una farola al pasar, y preguntó:

—¿Soy el héroe o el villano?

Me mordí el labio y miré por la ventana con aire malicioso.

Jack dejó escapar una risa grave en la oscuridad. Lo cual, en mi humilde opinión, zanjó la cuestión.

—El villano —dije.

Lanzó el cigarrillo por la ventanilla abierta. Como parecía una estrella fugaz, pedí el deseo de volver a Lapis Lazuli sana y salva.

—¿La tiene?

Suponiendo que el «la» se refería a la pulsera, levanté la mano para que viera el resplandor que me rodeaba la muñeca.

—¿Estamos involucrados en algún tipo de espionaje, Jack?

—El espionaje es para los patriotas, querida. Mis preocupaciones no son tan pro patria mori .

Eso podría habérselo dicho yo. Podría haberle dicho muchas cosas. Con la espada de doble filo de la retrospección, me planteo si debería haberlo hecho. En ese momento, me limité a dedicarle una expresión que había ensayado en Bournemouth (y de la que estoy bastante orgullosa).

A la que él respondió:

—Inesperadamente feroz, señorita Lion.

Jack me dio unas instrucciones sencillas.

—Después del número de baile principal, las chicas bajarán y se dispersarán entre el público: sonrisas, risas, coqueteos inofensivos.

Debe buscar a un hombre de cuarenta y cinco años con una cicatriz larga en la mejilla izquierda, una corbata Ascot verde oscuro al cuello y una rosa blanca en la solapa.

Y con esmeraldas en la pitillera. Acérquese a él, sonría, sea amable.

Él le quitará la pulsera de la muñeca. Entonces será libre de irse.

Este mismo coche la estará esperando en el callejón trasero.

Claro. Sencillo. Ah, cuando llegue, pregunte por Marge.

Y Jack se apeó del cabriolé. Abrió la puerta mientras aún estábamos en marcha y desapareció.

He aceptado su naturaleza depredadora; sin embargo, debo admitir que también es un poco mago.

No tardaron mucho en dejarme en The Drunken Duck.

(He ahí una frase que jamás pensé que escribiría).

El coche se detuvo en el callejón y me dirigí a la puerta trasera.

Levanté la mano, dudé y, tras decidir que me sentiría mucho más cómoda una vez que la pulsera se encontrara lejos de mi persona, llamé a la puerta. Con aire severo. De desaprobación.

Debía de tener aspecto de estar tan obstinadamente perdida como me sentía, porque la mujer que abrió la puerta —una mujer con un conjunto amarillo y rosa— dijo:

—¿Qué quieres, patita?

—Busco a Marge.

Me miró de arriba abajo.

—Muy bien, pasa.

Era un laberinto de mala iluminación y trajes baratos, y desde el fondo del pasillo me llegaban música, vítores y el tipo de groserías que enviarían a tía Eugenia a una muerte prematura.

No, debo rectificar.

El tipo de groserías que harían que tía Eugenia me enviara a mí a una muerte prematura.

Marge estaba en una sala llena de disfraces y chicas y, cuando me vio, frunció los labios.

—¿Eres la esposa esporádica de Jack?

—¡Perdona! —fue la única respuesta que se me ocurrió dar—. Jack ha sido mi marido una sola y única vez. No creo que merezca la palabra «esporádica».

—Sí, sí. Siéntate, bonita. Tenemos que hacer que parezcas una de las chicas.

Oh, cielos. Vaya si lo hizo.

Tras quitarme el abrigo —«Mucho mejor», murmuró Marge—, me peinaron, rizaron, cepillaron y tiraron del pelo en todas las direcciones, y luego me lo amontonaron en lo alto de la cabeza en un recogido tremendamente exagerado.

Cuando empezaba a albergar la esperanza de que la tortura hubiera terminado, Marge me dijo:

—Esta noche las chicas llevan los pájaros. Allá vamos.

Y sacó un nido y dos pájaros falsos. Para ponérmelos en el pelo.

Cerré los ojos e intenté recitar un salmo.

No se me ocurrió ninguno.

Fue entonces cuando abordó el problema de mi rostro.

Colorete, algo alrededor de los ojos, los labios pintados más allá de todo pensamiento virtuoso.

—No estás tan mal una vez que te arreglas un poco, cariño.

Sin duda, el epitafio de mi futura lápida.

Emma M. Lion

RIP

No estaba tan mal una vez que se arreglaba

—No tengo que bailar, ¿verdad?

—Eso depende de qué hayas venido a hacer.

—Se supone que tengo que mezclarme con el público después de la actuación y…, eh…, bueno, encargarme de unos asuntos para Jack.

—Entonces no bailes, cielo. Espera entre bastidores hasta que las chicas terminen el número. Ya te unirás después. Tú sonríe. Es lo único que tienes que hacer.

Un plan sensato.

Era difícil que algo saliera mal.

O eso pensé yo.

Una vez que Marge me declaró «una verdadera chica pato», me llevaron entre bastidores, donde me vi rodeada de patitas (algunas lo bastante mayores como para llamarlas gallinas) que susurraban sobre esto y aquello, sobre los pretendientes que las esperaban, lo que planeaban hacer en su día libre, etcétera.

Entonces comenzó la música, se alzó el telón y allá que fueron, bailando como…

Bueno, desde luego no era un vals. Agarrándome la pulsera de rubíes de la muñeca derecha con la mano izquierda, me apoyé en un poste para mirar.

—No te habrás vuelto tímida, ¿eh, patita? —dijo la voz de un viejo tramoyista a mi espalda.

—No, yo…

Pero, antes de que pudiera explicarle que no pensaba lanzar patadas al aire por nadie, me empujó hacia la pista.

En primera fila y justo en el centro.

Fue un momento de petrificación absoluta.

Allí estaba yo, luchando por no caerme, parpadeando para protegerme de las luces.

Que conste y que se sepa que las candilejas son enemigas cegadoras.

Cuando tuve el buen juicio de darme la vuelta y salir corriendo, choqué de frente con una de las bailarinas y casi nos caímos las dos al suelo.

Hubo risas, más de las que me habría gustado.

Y así hice lo único que se me ocurrió.

Me volví, sonreí e hice una reverencia.

Solo para verme embestida por una bailarina que intentaba seguir la coreografía.

Me caí de bruces.

La única salvación cruda realidad que lo hizo soportable fue que el público me consideraba el alivio cómico.

Cómico para ellos. No un gran alivio para mí.

Cuando volví a ponerme en pie, intenté hacer unos pasos de vals para esconderme detrás del grupo de chicas. Pero, mientras avanzaba dando saltitos, ellas —todas lanzándome miradas asesinas— formaron una fila y supe lo que se avecinaba.

El temido cancán de tiempos pasados.

¡No! ¡Desde luego que no! Eché a correr a ciegas, tropecé hasta el borde del escenario mientras agitaba los brazos en un intento por retrasar lo que parecía inevitable y estuve a punto de desplomarme en los brazos de un hombre sentado en la mesa que tenía delante.

El público contuvo el aliento al unísono, y yo, negándome a aceptar tal destino, concentré todos mis esfuerzos y energía en enderezarme. Lo cual logré. Un gran alivio.

Después de dedicarle una sonrisa deslumbrante a mi público, pretendía hacer una reverencia digna, pero el tacón de una bota se me enganchó con el de la otra y me hizo salir despedida hacia atrás dando tumbos.

Y aquí es donde la historia se vuelve confusa, pues lo único que recuerdo es una serie de empujones seguida de una formidable caída hacia los bastidores.

Desde el montón de terciopelo rojo en el que me hallaba, me pareció oír aplausos.

Tras recuperarme, me puse de pie y cojeé hasta la sombra más oscura que pude encontrar.

No pasó mucho tiempo antes de que la música alcanzara un espantoso crescendo , las chicas acabaran con un «¡Uh, uh!

» y la actuación llegara a su fin. Tras varias reverencias, mis compañeras patitas se desperdigaron entre el público.

Con una mueca y después de asegurarme de que mi nido seguía en su sitio, salí por una puerta lateral que daba a la galería.