14 de septiembre
Ha sido un día absolutamente maravilloso en todos los sentidos.
Archibald ha dedicado a dormir la mayor parte del tiempo y, el resto, lo ha pasado en sus habitaciones.
Parian ha estado remendando batines, lustrando zapatos y ayudando a Agnes a organizar la despensa.
Agnes ha celebrado la reorganización de la despensa horneando un bizcocho de vainilla.
¿Y en cuanto a mí? El clima exigía salir a dar un paseo.
Primero fui al Reed and Rite.
El Recaudo reveló que uno de los zapatos de Parian se había extraviado (es muy meticuloso con sus etiquetas).
Una ojeada a The Dalliance confirmó que todavía se imprimen libros en este mundo, a pesar del limitado poder adquisitivo de nuestra heroína.
Una visita a la casa de Saffronia March corroboró que aún no ha regresado de Italia.
Y luego mantuve una larga conversación con Primrose Hill.
Somos listas, las dos, y por lo general hablamos de todas las cosas importantes de mi vida.
Así ha sido el día.
Tan reconstituyente que casi había olvidado la nota de Jack, quien había amenazado con imponerme la carga de su presencia. Estaba en la cocina con Agnes antes de la cena cuando alguien llamó a la puerta.
Sonó como si no trajera nada bueno.
Agnes frunció el ceño.
—¿Espera a alguien, señorita?
—No —respondí—. Oh. Maldición. Sí, sí que espero a alguien. Aunque no es tanto un alguien como un algo: una amenaza con una sonrisa preciosa.
Perpleja, Agnes dijo:
—¿Quiere que abra? Creo que Parian ha salido.
La imagen de la inocente Agnes encontrándose cara a cara con Jack… Bueno, no soy una persona sin corazón. Mi noblesse oblige estuvo a la altura de las circunstancias.
—No —respondí—. Yo me encargaré. Por favor, no traigas té.
Al abrir la puerta delantera, vi una figura en el porche: algo colgado del brazo, el rostro a la sombra de la luz de la farola.
—Emma Lion.
—Jack.
—¿Va a dejarme entrar?
—En contra de mi voluntad.
Jack —un lobo de primera categoría— entró en el vestíbulo y se encaminó directamente al salón.
Lo seguí, cerré la puerta a mi espalda para evitar las miradas indiscretas y lo observé mientras tendía algo parecido a un vestido sobre el sofá. Había más volantes de los que podía contar, encaje blanco alrededor del corpiño y una sospechosa cantidad de terciopelo rojo.
También unas botas de tacón.
No presagiaba nada bueno.
En realidad, ni siquiera presagiaba.
Se burlaba.
Cuando Jack se volvió hacia mí, con las manos en los bolsillos, su satisfacción era evidente.
—Necesito que le entregue una cosa a un conocido mío —dijo—. Mañana por la noche.
—¿Un conocido suyo necesita un vestido de terciopelo rojo?
Jack esbozó una sonrisa insolente mientras se acercaba a la chimenea y se apoyaba en la repisa.
Pensé en responder con sutileza. Y fracasé.
—Ah, no, Jack. Ni en un millón de años. Estaría ridícula.
—Es lo que llevarán puesto todas las chicas.
—¿Cómo dice?
Le brillaron los ojos.
—Mi amigo estará en The Duck mañana por la noche.
—¿The Duck? —respondí.
—The Drunken Duck.
—¡Ay, Jack! ¿Me está pidiendo que…?
—Tranquilícese, bocadito de almendra. Aunque un nombre como El Pato Borracho no sea de lo más elegante, no es más que un salón de baile.
Y uno de los que tienen mejor reputación, por cierto.
Bastante habitual entre las élites londinenses.
Y no se lo estoy pidiendo, se lo estoy comunicando.
Me debe dos favores. Esto cuenta como el primero.
Me dejé caer en el sillón rosa y contemplé mi destino con ira.
Un dobladillo que me quedaría un desvergonzado palmo por encima del tobillo.
—Las botas están ahí —añadió Jack al mismo tiempo que señalaba aquellas monstruosidades de tacón—. Deberían ser de su talla. Y las medias, por supuesto. De seda.
De seda. Ay, madre mía.
El conjunto no era demasiado escandaloso.
Parecía escandaloso.
Era y es escandaloso.
Creo que es un poquito escandaloso. Al estilo joie de vivre .
Le dije a Jack que parecía más apropiado para París.
—Buen ojo. El diseño es parisino. Bien…
Se sacó algo del bolsillo y me lo lanzó. Titiló a la luz de la lámpara.
Lo que atrapé era una pulsera de rubíes y diamantes.
Auténtica.
Tras haber pasado el tiempo suficiente entre las amistades de mi tía, sé distinguir la realidad de la ficción en lo que a joyas se refiere. Sobre todo gracias a los maliciosos comentarios de tía Eugenia cuando identifica una falsificación.
—Cielos, fíjese en el tamaño de este rubí. —La temperatura de mis sospechas aumentó—. ¿Es robada? Jack, ¿es algo ilegal?
—¿Le pediría yo que hiciera algo ilegal? —preguntó con fingida inocencia.
Sí. Sí me lo pediría.
Pero, justo cuando abrí la boca, prosiguió:
—Lo único que tiene que hacer es ponerse esto en la muñeca derecha mañana por la noche. Basta con que se pasee entre el público en el momento oportuno. Y mi amigo se la quitará. Misión cumplida. Fácil.
¿Fácil? No lo creo.
—No voy a hacerlo, Jack. Debe de tener a alguna otra mujer que se encargue de hacer este tipo de cosas por usted.
—Me ha prohibido involucrar a Mary.
— Otras mujeres.
—No me fío de ellas —dijo al mismo tiempo que se encogía de hombros con desdén.
No Me sentí halagada.
Solo un poco.
—Hágalo usted —bufé.
—No pueden verme en la misma sala que a ese hombre. Cuestiones territoriales, reputaciones y esas cosas. Se supone que mantenemos una contienda.
A saber qué significa eso, pensé.
—Lo siento mucho, pero no puede ser —dije.
Sonó muy noble ese acto de plantarme con tanta virtud.
Jack enarcó una ceja.
—Tiene una amiga a punto de volver a casa, ¿no? La señorita Saffronia March. Y luego está el queridísimo y disoluto Damian Spencer, el hermano mayor de Arabella. Está metido en unos cuantos apuros que podrían empeorar mucho si las personas apropiadas ejercieran el tipo de presión equivocada.
Era ridículo, casi me estaba chantajeando.
Ojalá no hubiera accedido a ello. No me cuesta imaginar cómo pueden descubrirse las proezas de Damian, pero ¿cómo diablos sabe Jack que soy amiga de Saffronia March?
Me moría de ganas de preguntárselo. Sin embargo, citando a tía Eugenia: «Cuando uno sabe que su ignorancia no es precisamente halagadora, es mejor no hacer alarde de ella».
Me conformé con mantenerme firme.
—Mi gente, Jack.
—Sí, su gente es intocable —concedió—. Lo único que tiene que hacer es ir a The Duck, cruzar la sala con una sonrisa y darle a un hombre su pulsera de rubíes. La deuda estará medio pagada.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
Esperaba que fuera Agnes, pero la voz que se oyó a continuación era la de Pierce.
—¿Emma?
—¿Sí?
Abrió la puerta; luego se detuvo.
—Disculpe. No sabía que tenía visita.
Jack lo miró como una serpiente hambrienta.
—No nos conocemos.
—¡Y no van a conocerse! —afirmé mientras me levantaba de un salto y cruzaba la estancia—. Lo siento, Niall, pero, por su propio bien…
—De acuerdo —dijo Pierce en un tono bastante despreocupado y sin quitarle ojo a Jack—. Agnes, lo crea o no, ha venido a buscarme y me ha pedido que le diga que ya tiene la cena lista.
Lo empujé hacia el pasillo y medio cerré la puerta detrás de mí.
—¿Eso ha hecho? ¡Qué raro! Bien por ti, Agnes. Siento que le haya enviado como mensajero.
Pierce desvió la mirada hacia el salón.
—¿Puede que Agnes supiera que tenía usted visita y no estuviera segura de lo que debía hacer?
—Nada. —Sonreí con desesperación—. No hay que hacer nada. ¿Ha cenado?
—En cierto modo.
—Lo cual significa que no. ¿Me acompaña? Agnes ha hecho pastel de carne. Iré a buscarle dentro de un momento.
Tras un único gesto de asentimiento y recorriéndome el rostro con la mirada, Pierce regresó a su estudio.
Al volver al salón, vi que Jack había encendido un cigarrillo y estaba de pie junto a la ventana, con una cortina abierta.
—¡Jack! Le va a ver alguien.
—¿Y eso es un problema? —preguntó, como si fuera del todo razonable que una joven estuviera a solas en una habitación con un estafador y un cigarrillo encendido.
Así que le dije:
—Cuando esto termine, será un alivio librarme de usted.
—Me echaría de menos, señorita Lion.
—Dudoso.
—Probable.
—¿Tiene que decirme algo más? —pregunté con una ceja arqueada.
—Solo que mañana por la noche esté vestida a las nueve. Vendrá un cabriolé a recogerla. Fíjese en que el caballo tenga una pata blanca.
—Qué enigmático.
—Y hágase algo elaborado en el pelo. Ya sabe cómo lo llevan las chicas últimamente.
Dicho esto, pasó junto a mí, me guiñó un ojo y salió por la puerta delantera antes de que me diera tiempo a disipar el humo.
Por supuesto, escondí el disfraz en los recovecos más profundos de la buhardilla antes de llamar a Pierce para cenar.
Él tuvo la cortesía de no preguntarme por mi extraña cita.
Yo tuve la descortesía de no darle explicaciones.