Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 8 de septiembre
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8 de septiembre

Todavía es temprano.

Estoy acurrucada en la cama con mi diario y mi Shakespeare, cuidando de que la pluma no me manche el camisón de tinta. Todo está en silencio, salvo por los ruidos del repartidor de leche a lo largo del callejón. Acabo de leer los versos pronunciados por Octavio César en Antonio y Cleopatra :

Se acerca el tiempo de la paz universal. Si el día nos es propicio, en las tres ramas del mundo lucirá libre un único olivo.

Me encanta ese verso: «las tres ramas del mundo».

Y ahora que tía Eugenia y Arabella han abandonado Londres, declaro que este es el tiempo de mi paz universal.

Excepto por el primo Archibald.

(Siempre excepto por el primo Archibald).

¿Y en cuanto a quién me hará compañía cuando me haya saciado de dicha y soledad?

Está Mary, por supuesto. Cuando el trabajo no la tenga demasiado ocupada.

Saffronia March regresará de Italia en cualquier momento.

Y Pierce está aquí al lado.

Estos últimos días —mientras el primo Archibald descansa en sus habitaciones—, Pierce ha dejado la puerta de su estudio entreabierta. Hemos vivido sin más formalidad que: «¿Nos tomamos una taza de té?».

Y así hemos tomado té. Casi todos los días.

Por las noches también se está creando una rutina distendida. Quizá «rutina» sea una palabra demasiado generosa, pero se ha sentado a cenar conmigo tres veces desde que empezó el mes.

Qué palabras tan maravillosas.

«Tres veces».

Pierce sale la mayoría de las noches. Es algo que no alcanzo a entender, puesto que la pierna lesionada ya suele causarle molestias a la hora del té.

Anoche le pregunté si tenía muchos amigos en Londres o si pertenecía a algún club.

Pierce se recostó en su silla, se encogió de hombros con indiferencia y respondió:

—A veces amigos. A veces clientes. A veces clientes potenciales. —Su sonrisa afilada fue como el borde de una botella rota—. A veces Emma Lion, tan extraña como es.

—¡Extraña!

—Es un cumplido.

—Ah, ¿sí?

—Sí —insistió en tono tranquilo.

—¿Cómo es posible? —insistí desafiante.

—Lo extraño es bueno.

—Ah, ¿sí? —repetí.

Pierce negó con la cabeza una sola vez.

—Lo extraño es ese momento inesperado que se queda contigo, que te hace volver a pensar en él. Lo extraño es memorable y cautivador.

Arqueé una ceja.

—«Extraño» significa raro o peculiar.

—Quizá tengamos un diccionario interno distinto.

—Sin duda alguna.

Él se rio. Y luego lo hice yo.

Sí.

Septiembre me vendrá muy bien.